Opinión

Aunque la posmodernidad que se quiere imperante, orientada desde los grandes centros multinacionales de decisión a través de los omnipotentes medios masivos de comunicación, nos ha sumergido hoy en su marea indiferenciada, en una aldea planetaria de supermercados, pantallas y aeropuertos casi indistintos y hasta intercambiables, donde encontramos siempre las mismas ofertas, los mismos valores, es posible que en los entresijos de nuestra sociedad todavía aniden rescoldos de aquella agresividad disfrazada de nacionalismo que, en el fondo, desde un punto de vista digamos freudiano, sólo ocultaba acaso la conciencia de una fragilidad. Y de tal manera evidente que afectaba por igual, en sus momentos de apogeo, a los más diversos sectores.
Si en 1925 Macedonio Fernández supo poner de manifiesto, bajo su habitual manto de humor, en uno de sus legendarios brindis, la dualidad para él sanamente incompatible que percibía entre el vanguardismo y el fascismo del padre del futurismo, F. T. Marinetti, durante el Congreso Internacional del Pen Club, que en 1936 reunió en Buenos Aires a algunas figuras descollantes de la intelectualidad europea de ese momento, como Jacques Maritain, Giuseppe Ungaretti y Jules Supervielle, otra circunstancia antípoda pero no menos significativa se vivió alrededor de la presencia de Henri Michaux, sin duda uno de los artistas más originales y menos complacientes del siglo pasado.
Pues bien, a raíz de la aparición de un texto del gran poeta, él mismo belga vergonzante, titulado Un pueblo y un hombre y que sólo se publicó en la revista Mesures, en 1936, el cual no por casualidad comenzaba diciendo: “País poco poblado, 48 cabezas por kilómetro cuadrado, 21 de vacas, 3 de ovejas, 13 de caballos, 11 o 12 perteneciendo ya sea a hombres, ya sea a mujeres”, se produjo un malentendido de tal magnitud –por considerar que rozaba los valores sacrosantos de la nacionalidad— que un periodista creyó necesario salir al cruce en ‘La Nación’ del 7 de marzo de 1938. Como Jean Paulhan le escribió entonces a Étiemble, Michaux se sintió “amenazado de linchamiento en Argentina”. Según Borges, todo se debió “a que no tomó para nada en serio” a nuestro país, con lo que “fueron muchos quienes lo acusaron de ingratitud y blasfemia”.
Lo que no se supo (o acaso no se podía) percibir, por lo general, fue que el tono acre y sarcástico pero siempre de algún modo metafórico cuando no metafísico que Michaux utiliza en esas páginas, eran y serían algo permanente en su trayectoria y que, como vimos, no perdonaba ni a su propio país de nacimiento ni a él mismo.
El hombre aludido en el título no es otro que Michaux, y nuestro país se convierte en un espejo donde reflejar sus propias inquietudes. ¿Pero cómo iban a digerir los envalentonados patrioteros de esa época que Michaux asegurara impávidamente: “Nada que ver en Argentina”? Después de todo, algo similar había ocurrido en 1929, cuando José Ortega y Gasset publicó dos ensayos: La pampa, promesas y El hombre a la defensiva, también dedicados a nuestro país.
En carta dirigida el 23 de marzo de 1936 a Angélica Ocampo, hermana de Victoria, Michaux no dejó de manifestar su sorpresa: “Hay que decir verdaderamente que estamos en una sucia época nacionalista para que también los argentinos se encuentren atrapados en ese ridículo sentimiento colectivo”. Pero no todos los escritores argentinos participaban por supuesto de un criterio semejante. Y no es casual que sea el mismísimo, en más de un sentido paradigmático, Roberto Arlt quien venga hoy a prestarnos su propio testimonio alrededor del tema que convoca estas páginas.
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