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Miguel Ángel Asturias y sus ‘Leyendas de Guatemala’

Isaac Otero | isaac-otero

Isaac Otero | 16 de marzo de 2020

“Influido por el recuerdo de los relatos oídos durante su infancia, Miguel Ángel Asturias inicia la redacción de Leyendas de Guatemala. En esta reconstrucción, según el modelo mítico, se crea, en la ficción, un universo nuevo, en el cual los significados míticos obtienen en la narración nuevos significantes y los significantes míticos nuevos significados. Pero, a diferencia de lo que sucede en Hombres de maíz, en Leyendas de Guatemala se hace un ordenamiento nuevo, no como un medio de reflexión para plantear un análisis social, sino con el único afán de recrear (para recordar) el pasado”, escribe en el parágrafo titulado “La representación del pasado”, dentro del capítulo II Leyendas de Guatemala, la doctora en Literatura María del Carmen Varela Bran, a cuya autoría corresponde la obra Funcionalidad de las claves estéticas del realismo mágico en la novela hispanoamericana, Excma. Diputación de Pontevedra, 1995.

Pues, ciertamente, Asturias arranca del “surrealismo”, la “etnología”, el “psicoanálisis”, así como de las teorías de Marx y Engels, que le brindarán el paradigma de “sociedad tribal” –recuérdese El pensamiento salvaje, FCE. México, 1972, pp. 41-50, de Levi-Strauss– y, a la vez, un vasto conocimiento de la cultura indígena de Guatemala: los universos mitológicos que “previven” en los mitos y leyendas de Guatemala antigua, donde “perviven” las formas de vida originaria, que son su fuente prehispánica más destacada.

En el parágrafo titulado “Arqueología e historia” la profesora Varela Bran se adentra en el hombre primitivo, que no es sino “un ser sensorial” que aprende las cosas tal como son”, siempre valiéndose de los sentidos. El “ojo” y el “oído” son los dos sentidos primarios de la percepción, porque nos comunican con lo distante y con lo próximo. El “ojo” nos enlaza de modo directo con la visión (el “ojo” y su función) e, indirectamente, con el “sueño” (el órgano independiente de la función). “No tenía ojos. Tenía sueño”: son los sintagmas iniciales del segundo capítulo del “Primer Sol”, en el relato “Tres de cuatro soles” del premio Nobel Miguel Ángel Asturias, el escritor guatemalteco.

Así, pues, la representación visual y espacial que nos presenta la arqueología –en el primer relato cuyo título es “Guatemala”– nos expresa al “ojo” en su función. “Cuero de oro”, el narrador, se limita a “ver” e “interpretar” los signos de la cultura maya que le proporciona la arqueología. Esas “dos funciones” tal vez podrían significar “comprender” y “profundizar” e “interiorizar”. O dicho de otra manera, llevar a término el tránsito de la “sensación pura” a la “percepción conceptual”. A partir de los inicios, Asturias nos ubica en el mundo que va a narrar. Arranca de la Guatemala de su tiempo: “Esta ciudad de casas pintadas en medio de la Rosca de San Blas”. Para descender, empleando como medio la arqueología, hasta los orígenes de la ciudad de los conquistadores, al igual que al mundo tan polémico de la denominada “Conquista”: “En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de horizonte limpio y viejo vestido colonial, el espíritu religioso entristece el paisaje”. En el primer relato, el análisis de los “jeroglíficos” nos vincula con la arqueología así como también con la tradición ritual en Mesoamérica.

 

 

 

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