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Mi amigo albañil

Edmundo Moure | edmundo-moure

Crónicas de la Emigración | 26 de agosto de 2019

Voy a contarte en secreto

quién soy yo,

así, en voz alta,

me dirás quién eres,

quiero saber quién eres

cuánto ganas,

en qué taller trabajas…

 

Pablo Neruda (Oda al Hombre Sencillo)

Es bella la palabra albañil; proviene del árabe: ‘al-banní’ (el constructor), en la versión dialectal andalusí, gentilicio y habla de ese edén terrenal que los moros llamaron Al-Andalus y que abarcó cuatro quintas partes de la Península Ibérica, dominio arábigo de ocho siglos cuyo rastro lingüístico alcanza a un dieciocho por ciento de las palabras consignadas en el Castellano (‘español’, según resabios imperiales y arrestos globalizadores).

Raúl es mi amigo albañil, compañero de trabajo en la empresa constructora donde sirvo como contador o contable. También los árabes introdujeron en España, entre numerosos aportes técnicos, científicos, filosóficos, artísticos y culturales, el concepto de la partida doble, el debe y el haber que concilian la balanza dual de toda administración financiera y mercantil, péndulo también del éxito o el fracaso en los negocios.

Solemos almorzar –Raúl y yo– en un sencillo restaurante llamado El Parralino, gentilicio vinoso de Parral, la villa del centro sur de Chile donde naciera, el 12 de julio de 1904, el poeta Pablo Neruda, nuestro Nobel de 1971. Raúl posee el gracejo ladino y picaresco del trabajador manual chileno, con su sello rural impreso por las migraciones del campo a la ciudad, exhibiendo un léxico antiguo y pintoresco.

- Tú eres escritor, pero te ganas el pan con la contabilidad, ¿por qué?

- Porque es muy difícil, por no decir imposible, subsistir en Chile de lo que escribes, menos si no eres ni serás un best seller… o super ventas.

- Ya. O sea que esta cuestión de escribir es un puro ‘jobi’ no más…

- No, amigo, nunca un hobby, porque así llaman a las aficiones de fin de semana, como jugar tenis o coleccionar estampillas. No, esto de la palabra literaria es para mí una pasión, un oficio de vivir, como decía Cesare Pavese.

- Ah, te voy entendiendo. Entonces, lo que te llena es escribir y lo que te hace sudar obligado es llevar las cuentas, hacer balances, declarar impuestos… y todo ese rollo latero.

- Así es.

- Bueno, a mí me pasa lo mismo. Tú sabes que yo trabajo hace más de cuarenta años como albañil y conozco casi todos los rubros de la construcción, pero mi verdadera vocación, donde me siento identificado y se me pasan las horas volando, es como yesero…

- ¿Cómo así?

- El trabajo del yeso, huevón, en sus diversas aplicaciones; es muy re bonito, uno goza como el artista que toca la guitarra, por ejemplo. Porque trabajar el yeso es un arte. Para empezar, tienes que conocer el material, por su textura y olor; te das cuenta altiro si es yeso de primera, de segunda o de tercera. Enseguida, el agua con que preparas la mezcla tiene que estar blandita, sin muchas sales ni mucho cloro, porque la pasta se agruma y la pared acusa las fallas, como la cara de una mina bonita si se llenara de espinillas, por ponerte un ejemplo, claro…

Raúl ríe, mostrando sus desnudos colmillos bajo los hirsutos bigotes al estilo mexicano y alza la copa, instando a entrechocarla con la mía, como si nuestros oficios se unieran en el antiguo brindis de los afanes humanos.

- Bueno, claro que es lindo escribir… Cuando yo estaba enamorando a mi mujer, hace como un siglo atrás, le copié en una esquela unos versos del comunista Neruda… Sí, ese que tanto te gusta, ja ja ja… Pero ella me cachó altiro, porque es letrada, no como yo, que apenas firmo, y me dijo –me acuerdo clarito–, si vas a empezar con mentiras, mejor cortamos aquí la relación. Nunca más le escribí nada.

- ¿Y cuáles eran esos versos?

- No me acuerdo muy bien, pero parece que era algo así como: “me gusta cuando no hablas, porque estás en otra parte”…

- “Me gustas cuando callas/ porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos/ y mi voz no te toca…”

- Eso mismo. Puta que tienes buena memoria. ¡Salud por eso, amigo escritor!

 

Ayer Marisol me preguntó si había terminado la tercera de mis crónicas sobre el Winnipeg, ahora que van a cumplirse, el 3 de septiembre, ochenta años de su feliz y glorioso arribo al puerto de Valparaíso.

- Sí –le dije–, está concluida.

- ¿Y cómo te quedó?

- Como una pared enyesada a la perfección, sin fisuras, ni globos ni imperfecciones; tersa como el rostro de Minha Senhor.

¿De dónde sacaste esa curiosa –por no decir extraña– analogía?

-Me la enseñó Raúl, mi amigo albañil.

 

 

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