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“El guapo del ‘900”: Enrique Santos Discépolo y Enrique Cadícamo

Isaac Otero | isaac-otero

Crónicas de la Emigración | 17 de junio de 2019

Ahondando más en la figura del “guapo del ‘900”, éste, si algo no deseaba, era quedar “enfangado” por un crimen que perjudicase sobremanera su propia imagen. “En ese caso, el ‘guapo’ acabaría en la cárcel, y no era cosa de andar dejando viudas e hijos desamparados. Además, el celibato –en opinión común entre la gente de cuchillo– era garantía de eficacia. La ausencia de un amor o una familia le impediría titubear en medio de un combate”, nos explica el gran escritor y musicólogo Horacio Salas en su señera obra El tango (estudio preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

El inefable compositor tanguero y porteño por excelencia –el incomensurable Enrique Santos Discépolo, ‘Discepolín’– nos legó aquel estado del “guapo” mediante los versos del tango Malevaje: “Ayer de miedo a matar,/ en vez de pelear/ me puse a correr…/ Me vi a la sombra o finao,/ pensé en no verte y temblé;/ si yo –que nunca aflojé–/ de noche angustiao/ me encierro a llorar…/ ¡Decí por Dios qué me has dao,/ que estoy tan cambiao…/ no sé más quién soy!”.

Era frecuente que, a medida que la vida empezaba a mostrarle monotonía debido a la inacción, el “guapo” perseguía “revalidar” su imagen en barrios ajenos. Casi a la madrugada, aparecía en aquel reducto otro “cuchillero” bien afamado, listo para desafiarlo. En esas circunstancias, muy escasas, uno de los dos quedaría muerto. ¡Así era la ley! “Salvo excepciones, como ocurrió en cierta topada entre dos personajes de renombre: ‘El Maceta’ y ‘El Títere’, que de puro ‘sobradores’ de coraje, y acaso por vagancia propia de los grandes, decidieron olvidarse por una vez las dagas y jugarse el cartel a una partida de ‘truco’ que el tiempo y un poema de Enrique Cadícamo hicieron legendaria”, nos recuerda el poeta y ensayista Horacio Salas.

Si evocamos el poema de Cadícamo, veremos cómo, ya hacia el final, ‘El Maceta’ –quien hacía de dueño de casa en un turbio cafetín frente al Abasto– le cantó “envido” a su oponente llegado de “Villa Crespo”. A lo cual, ‘El Títere’ le respondió con énfasis: “¡falta envido!”. Entre tanto le disparaba un tiro al piso, justo entre las piernas. No se inmutó el rival. Su sola respuesta fue solicitarle con un aire indiferente: “¿Y…? ¡Cante, compañero!”. El arrojo ante su provocadora bravuconada conmocionó al desafiante, quien soltó las barajas y abrazó al otro “guapo”, en tanto los parroquianos “aflojaban” la tensión con un aliviador aplauso. Y asegura la leyenda que, desde esa noche, en más de una ocasión, “fue dable verlos juntos, inclusive espalda con espalda, enfrentando a algún grupo que pretendía cercarlos”.

El “guapo” no era sino un “compadre”: tales sustantivos diríamos que son sinónimos. El personaje asentía ante ese apelativo. Lo que sí le enojaba era el mote –en grado diminutivo– de “compadrito”. Pero mucho peor todavía el despectivo “compadrón”, el cual, en caso de ser empleado, podría “provocar un incidente”. Recordemos que el vocablo “compadre” no es sino un antiguo tratamiento equivalente a “amigo” o “camarada”. Bien examinado, este sustantivo designa al “padrino” de un niño en relación con los padres del mismo. Por extensión, se lo utilizó como sinónimo de “gaucho” o paisano, primeramente. Después, como llamar “cuñao” a un amigo.

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