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El Hálito de la Casa

Edmundo Moure | edmundo-moure

Crónicas de la Emigración | 13 de mayo de 2020

En 1983 regalé mi libro La Voz de la Casa –novela fragmentaria, según el maestro Filebo; texto memorialista, según Hernán Ortega– al poeta Jorge Teillier, en el casino o refugio etílico “López Velarde”, de la Sociedad de Escritores de Chile… Refugio es más apropiado, porque allí nos protegíamos de las ignominias de la calle –que eran muchas– durante aquella “larga noche de piedra” de los 80’, cuando ser poeta era casi tan peligroso como pasar por terrorista.

En 1983 regalé mi libro La Voz de la Casa –novela fragmentaria, según el maestro Filebo; texto memorialista, según Hernán Ortega– al poeta Jorge Teillier, en el casino o refugio etílico “López Velarde”, de la Sociedad de Escritores de Chile… Refugio es más apropiado, porque allí nos protegíamos de las ignominias de la calle –que eran muchas– durante aquella “larga noche de piedra” de los 80’, cuando ser poeta era casi tan peligroso como pasar por terrorista. En este cobijo, hace cinco años, con la fraternal acogida de Antonia Cabezas, iniciamos las “tertulias abiertas”, cada lunes, entre las 19 y las 21:30 horas, recibiendo un grupo creciente de huéspedes de las palabras, eucaristía que debimos suspender, hasta nuevo aviso, en octubre de 2019.

Vuelvo a retomar el hilo de la memoria remota. Jorge Teillier recibió el obsequio con su habitual cortesía y respeto por la palabra impresa de sus pares de oficio, sobre todo si se trataba de escribas menos reconocidos que él, o simplemente de bisoños aprendices de las letras.

Un mes más tarde, en el mismo lugar y con semejantes vinos sobre la mesa, nuestro gran poeta de los lares me regaló una breve novela, del escritor estadounidense, –contemporáneo de Faulkner, pero con escasa fama mediática y menos reconocimiento oficial– William Goyen, cuyo título, traducido al castellano, es La Casa del Aliento, que yo interpreto, en libre traducción, como ‘El Hálito de la Casa’. Con este libro, auténtico poema en prosa, Jorge gratificaba, de manera tácita, mi trabajo literario, inserto en la “poética del espacio”, élan vital y estético de quienes nos inspiramos en la casa de la infancia, en los sagrados lugares de la pequeña patria, en esa morada intemporal de los sueños que uno quisiera rescatar del País de Nunca Jamás, territorio de los primeros anhelos, simbolizados en la Casa que perdimos una vez y para siempre. Un año antes, desde su exilio en Aix-en-Provence, el poeta Efraín Barquero, quien este martes 5 de mayo de 2020 cumplirá 89 años, me había enviado La Poética del Espacio, de Gastón Bachelard, desde donde extraigo y relaciono algunos de sus certeros juicios:

 

Cuando se sueña en la casa natal, en la profundidad extrema del ensueño, se participa de este calor primero, de esta materia bien templada del paraíso material. En este ambiente viven los seres protectores… Nuestros ensueños nos vuelven a ella. Y el poeta sabe muy bien que la casa sostiene a la infancia inmóvil ‘en sus brazos’…

…Claro que, gracias a la casa, un gran número de nuestros recuerdos tienen albergue, y si esa casa se complica un poco, si tiene sótano y buhardilla, rincones y corredores, nuestros recuerdos hallan refugios cada vez más caracterizados. Volvemos a ellos toda la vida en nuestros ensueños…

 

Efraín Barquero nos habla de eso en su poema:

 

                                               LA CASA

 

Tan honda que parece, tan oscura

Cuesta encontrar el frente, el corredor.

Donde estaba la puerta hay una piedra.

Donde estaba la cama hay una noria.

Preguntar por dónde y cuándo fue,

Esa es la casa que tuvimos.

Volver muy tarde, esa es la hora

de penetrar en el destiempo.

Entramos en nosotros y en ella,

Para nacer y amar, para morir.

Por eso la casa es recordada

como una instancia sola con una sola puerta.

 

Cuántas habitaciones ha tenido,

todas como salidas de la misma.

Oscuras piezas donde no sé

quienes están aún despiertos.

Porque es de noche cuando retorno.

Y hay otros seres en mi mesa.

En mi cama alguien vigila.

 

En la cocina se apaga el fuego.

Todos me miran sin comprender.

Y yo mismo soy todos los rostros.

Todos los gestos que no me hacen.

Todos los vasos que no me sirven.

 

Goyen, Tellier, Barquero y yo éramos habitantes de los mismos espacios e intentábamos reconstruir con palabras aquellos muros de argamasa o madera derruidos por el tiempo, pero susceptibles de ser alzados de nuevo con estos adobes o maderos verbales con los que todo poeta construye su mundo para derrotar el polvo de las penurias y conjurar la ceniza del olvido.

Leí la bella pieza lírica y lárica de Goyen, esa misma noche, robando al sueño momentos que aún acostumbro a hurtar, porque llegará en breve el tiempo de dormir sin sobresalto alguno, desprovisto de palabras... Volví a leer La Casa del Aliento, un par de veces más, con igual fascinación y encantamiento. Es un verdadero poema en prosa, de principio a fin; una historia sencilla y honda de quien regresa –más bien intenta regresar- al reino perdido, en un pueblecito miserable del sur de Texas, enfrentándose a las ruinas físicas de la casa, a la decrepitud de los anhelos perdidos y al deterioro de los seres que aún deambulan por sus callejuelas llenas de moho, espectros que se balancean en mecedoras apolilladas, viendo pasar a los fantasmas de sus vecinos.

 

Y, en el límpido silencio de los crepúsculos recuerdo, sobre todo, una voz que resonaba en ti Charity, como resuena la voz en el fondo de una cisterna: -Swimma… Swimma… vuelve antes de que anochezca-. Era mi tía que llamaba a Sue Emma, mi prima, su hija (ninguna voz que grite ese nombre podrá traer jamás a Sue Emma a esta espléndida casa abandonada; y la noche cae. Pero Sue Emma bailando, moviendo las caderas en la noche, agitada por ritmos lascivos en las cenizas de su propia gloria, escuchará tal vez en sí misma un llamado que queda sin respuesta). Toda mi vida desde aquella época, no importa dónde y sin motivo alguno, me ha ocurrido con frecuencia oír en el crepúsculo una voz que llama: -Swimma… Swimma… vuelve antes de que anochezca- y quisiera que estuviéramos todavía todos reunidos en el pueblecito de Charity.

Recuerdo el pequeño bosque que nos diste, detrás de la casa. Los árboles tupidos golpeaban, latían, parloteaban, piaban allí, y en un viejo paredón crecía el liquen, parecido a lana de carneros viejos, muy viejos; un día que lo acariciaba sentí hasta qué punto tú podías ser vieja y reseca, carcomida hasta el fondo, oh Charity, y, como decía con razón mi tía, así eran también todos los que habitaban en ti. Pero, cuando veía casualmente un viejo roble verde mostrando alguna hojita brillante, comprendía que aún existía lo nuevo en el mundo, entendía el verdor que bullía en mí, y entonces empezaba a desear con pasión alguna cosa, algo más grande que la desesperación de mi tía, más grande que los sufrimientos de la abuela, mayor que todo el pueblo de Charity. Y de súbito, detrás de mí, muy cerca de la casa, la rueda hidráulica empezaba a gemir y al escuchar este llamado, yo regresaba.

 

Pude entender, quizá mejor, porque cada interpretación del lector se vuelve también otra escritura, los poemas de nuestro inolvidable Jorge Teillier referidos a la casa extraviada.

 

 

IMAGEN PARA UN ESTANQUE

Y así pasan las tardes:

silenciosas, como gastadas monedas

en manos de avaros.

Y yo escribo cartas que nunca envío

mientras los manzanos se extinguen

víctimas de sus propias llamas.

Hasta que de lejos

vienen las voces

de ventanas golpeadas por el viento

en las casas desiertas,

y pasan bueyes desenyugados

que van a beber al estero.

Entonces debo pedirle al tiempo

un recuerdo que no se deforme

en el turbio estanque de la memoria.

Y horas que sean

reflejos de sol

en el dedal de la hermana,

crepitar de la leña

quemándose en la chimenea

y claros guijarros

lanzados al río por un ciego.

 

Al final de una de mis vidas pasadas, extravié el libro de William Goyen; más bien quedó en el barco abandonado, entre las jarcias y velámenes rotos, junto a otros numerosos volúmenes. Yo intentaría, infructuosamente, su recuperación. Comencé a buscarlo en librerías de viejo, en inútil periplo y persistente derrota. Recorrí las principales librerías de Buenos Aires, hice encargos, formulé solicitudes por teléfono, a través de extemporáneas cartas manuscritas y repetidos mails de carácter telegráfico… Nada. La demolición, en este caso, era total. El hada maléfica del fuego había conseguido su propósito, agregando al purgatorio ejemplares sobre temas del imaginario popular gallego, a los que echaría –digo yo- unos puñados de azufre como exorcismo postrero, aunque jamás perdí la ilusión de recuperar los folios incinerados.

Otro poeta, argentino hijo de gallegos, llamado el Príncipe de Espenuca, aldea gallega de ultramar, Carlos Penelas, según filiación civil, ácrata, rebelde, fustigador verbal de tirios y troyanos, llegó a Chile, un día del verano de 2004, con el libro de William Goyen en bandolera, como quien trae una esmeralda con su jardín dibujado en el pétreo corazón, joya de palabras que volverá, una y otra vez, a proyectar sus destellos en la quietud inesperada de esta pandemia que cierra puertas al exterior, pero abre los viejos andeles de los libros.

 

 

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