“Los exiliados gallegos en Argentina no eran cualquier cosa, eran gente muy importante”

| 11 Junio 2012 - 09:04 h.
 Isaac Díaz Pardo, durante la entrevista concedida a 'Galicia en el Mundo'.
Isaac Díaz Pardo, durante la entrevista concedida a 'Galicia en el Mundo'.

En noviembre de 2008, y coincidiendo con el traslado a Galicia de los restos mortales de Ramón Suárez Picallo, Isaac Díaz Pardo concedía una entrevista a ‘Galicia en el Mundo’ para hablar de su vinculación con los intelectuales gallegos que pasaron buena parte de su vida en el exilio en Latinoamérica, debido a las circunstancias políticas que vivió España desde el primer tercio del siglo XX y hasta la Transición con motivo de la Guerra Civil y el periodo franquista. Díaz Pardo, muy vinculado con hombres tan sobresalientes como Luis Seoane, Rafael Dieste, Lorenzo Varela, Antonio Baltar, Blanco Amor, Luis Tobío, Vilanova, Arturo Cuadrado, Laxeiro, Neira Vilas o Núñez Búa rememoró la contribución de este grupo de intelectuales –que se vieron obligados a recalar en países como Argentina, Uruguay, México, Cuba o Venezuela– a la ‘causa’ gallega que él tanto defendió.


Con los años aprendió, sobre todo, a estarse callado, pero cuando se le pregunta por asuntos comprometidos de la actualidad no escurre el bulto, si acaso, titubea unos segundos, el tiempo que necesita para formarse una opinión a la hora de pronunciarse sobre el derecho al voto de los nietos de emigrantes y exiliados. Otra cosa es cuando se refiere a las exhumaciones de cadáveres de la etapa franquista. Ahí lo tiene claro. “En España había un déficit de condena de los regímenes dictatoriales”, responde, contundente, porque la sinceridad no exige vericuetos e Isaac Díaz Pardo es de los que ha visto a algunos de los suyos morir a manos de los que luego resultarían vencedores. Otros han tenido que exiliarse y consumir sus últimos días lejos de su patria, como Suárez Picallo, cuyos restos mortales fueron trasladados a Galicia el pasado octubre después de 44 años descansando en Argentina. Pero él no es el único, otros intelectuales gallegos han tenido que exiliarse para escapar de la lista de cadáveres que ahora pretende ‘resucitar’ el juez Garzón. Díaz Pardo es la memoria viva de todos ellos, porque con ellos convivió y para todos tiene palabras de respeto y admiración. Porque “esa gente no era cualquier cosa”, dice.


Llegar a viejos es un lujo porque, dicen, la experiencia es la mejor escuela. Pero, qué se aprende en ocho décadas de vida; qué ha aprendido Isaac Díaz Pardo. “Aprendí a estarme callado”, responde, de forma escueta y con una sonrisa entre pícaro y expectante al percatarse de que tiene delante a alguien que se ha desplazado cien kilómetros para entrevistarlo. “Pero yo le voy a contestar”, reacciona al instante. –¡Menos mal!–. Entonces, ¿qué tiene de bueno tanto silencio? “...Porque las cosas no tienen mucha solución”, añade, con un gesto ligeramente resignado.
Claro, esto lo dice Díaz Pardo desde su ‘atalaya’ de los 88 años, pero de joven no pensaba así; de joven, aunque disciplinado –“El hambre obliga a uno a ser disciplinado”–, también fue un poco rebelde, hasta el punto de que en sus años ‘mozos’ llegó incluso a participar en el destrozo a pedradas de la farmacia del jefe de Falange en Galicia. Eso sucedió después de que los falangistas apuñalaran a un compañero al que tuvieron que llevar herido a un hospital. “Me tuve que esconder en casa de un tío en A Coruña y estuve procesado por eso hasta el año 1945, porque me echaban toda la culpa a mí. Yo tiré piedras, claro que tiré piedras, pero todos lo hicimos”.
Cuesta, lo cierto es que cuesta imaginarse a Díaz Pardo participando en la revolución. Su imagen es la de un hombre ‘poquita cosa’ –bajito y delgado– y de carácter afable. Pero se ve que en eso de la revolución influye el “factor años”, como él mismo reconoce. “Hoy no voy a hacer ninguna revolución, pero entonces soñábamos con modificar las cosas y, de hecho, a los 16 años creíamos que íbamos a cambiar el mundo”.
Y para muestra, otra anécdota. La década de los 30 eran años convulsos en España. Díaz Pardo estaba a punto de cumplir los 16 cuando estalló la Guera Civil. En ese momento ya pertenecía a las Juventudes Unificadas –organización juvenil que se creó en marzo del 36 como resultado de la fusión de las juventudes comunistas del PCE y del PSOE– y ¡cosas también de la edad!, llegó a caer en la insolencia de llamar reaccionarios a los ‘galleguistas’, encabezados por Castelao y compañía, entre los que se encontraba su padre. “¡Coño có rapaz!”, dice que fue la reacción de Castelao al improperio.
Pero, lo que no pasó de una simple anécdota de juventud todavía le remuerde en la conciencia porque, de los que estaban allí aquel día, dos de ellos fueron inmolados: su padre y Ángel Casal, –alcalde de Santiago–, y Castelao murió en el exilio. “Y yo, imbécil de mí, llamándoles reaccionarios a estos”, se lamenta.
Díaz Pardo pasó su infancia y juventud rodeado de intelectuales gallegos que, tras la Guerra Civil, optaron por el exilio como única salida para sobreponerse a la derrota por la fuerza de los valores que pretendían impulsar. Suárez Picallo, cuyos restos mortales fueron trasladados el mes pasado desde Argentina a Galicia, era uno de ellos. Lo conoció siendo joven porque era amigo de su padre y con él coincidió en su etapa en Argentina –quizá la “la más importante” de su vida, reconoce–.
A Argentina viajó Díaz Pardo por primera vez en 1955 y, una vez allí, pudo mezclarse con lo más granado de la intelectualidad gallega: Castelao, Luis Seoane, Rafael Dieste, Lorenzo Varela, Antonio Baltar, Blanco Amor, Luis Tobío, Vilanova, Arturo Cuadrado, Laxeiro, Neira Vilas (“el único que queda de este grupo”, dice) y Núñez Búa. A algunos de ellos ya los había tratado en Galicia antes de la guerra. Era un grupo de doce personas, todas ellas “muy preparadas” y con un hondo sentimiento de ‘galeguidade’, pero una ‘galeguidade’ distinta a la que proclamaban los emigrantes, porque, para Díaz Pardo, no se debe confundir entre emigrante y exiliado.
 “Dentro de los emigrantes hay gentes excepcionales, pero, en general, va a la emigración lo peor de cada casa, y que no se ofenda nadie, pero, en general, es así”.
Sin embargo, “los intelectuales exiliados eran otra cosa –reconoce– no estaban en Argentina para hacerse ricos; estas gentes sacrificaban su vida para demostrar que no querían vivir en el país de Franco”.
Por eso, exiliados y emigrantes gallegos no se entremezclaban, más bien, llevaban vidas paralelas. Y así, mientras los primeros establecían relación entre ellos y también con intelectuales llegados de otras partes; los segundos se agrupaban en torno a las sociedades gallegas que se crearon en Argentina. Y era en esas sociedades donde “conservaban su añoranza de sus cosas, se vestían de gallegos y hacían sus fiestas típicas”.
 “Cuando yo llego a Buenos Aires había 450 sociedades gallegas” en el país integradas por personas “sin cultura ninguna”, pero con “una gran conciencia” de la realidad, porque “se daban cuenta de que el no haber estudiado les impedía a ellos acceder a grandes cosas”. En cambio, los italianos, que tenían una colectividad muy importante, “mayor que la gallega y que la española, incluso, llegaban más formados” y podían aspirar a más. Y esa es la razón, apunta Díaz Pardo, por la cual la emigración gallega en América se preocupó de que hubiera escuelas rurales en Galicia y de que sus hijos y las gentes del pueblo pudieran tener otra educación. “Ahí hay un mérito”, dice, por eso, está a favor de que ahora se corresponda con ellos, porque, además, “las remesas que enviaban aquí” en su momento “eran muy importantes”, hasta el punto que un ministro de Franco reconoció que eran esas remesas lo que “estaba sosteniendo el país”. Y, “si los emigrantes estuvieron ayudando, lógicamente, si se les ayuda ahora a ellos, no se hace nada de más”, defiende.
El viaje que Díaz Pardo realizó a Argentina tenía un objetivo concreto. Allá se fue para ponerse en contacto con los exiliados intelectuales y, al mismo tiempo, montar una fábrica de cerámicas.
Pese a las distancias, la comunicación que mantenía con estos exiliados era frecuente. Incluso antes de partir ya colaboraba en la revista ‘Galicia Emigrante’, que dirigía Luis Seoane.
Pero para él “fue una satisfacción conectar con esta gente” una vez llegado a Buenos Aires. “Ellos fueron las raíces del ‘Laboratorio de Formas’, que dio lugar a la recuperación de ‘Sargadelos’ y ‘Edicións do Castro”.
A todos los recuerda con especial respeto y admiración, porque “eran gente muy importante”. Y de todos, con el que más empatizó fue con Luis Seoane, del que dice: “Era un hombre completísimo, tenía una formación grande... era un hombre verdaderamente excepcional”. De él destaca su “gran concepto artístico de las cosas” y también que “era el más moderno de todos”. Dice, además, que escribía fenomenal y que este abogado de carrera “tenía un gran sentido de la historia”.
Nacido en Argentina –era hijo de emigrantes gallegos– Luis Seoane se instaló en Galicia siendo joven, porque quería conocer sus raíces, y el primer despacho laboral que hubo en Galicia lo montaron él y Suárez Picallo. Durante la Guerra Civil, pudo salvar su vida en España por ser argentino, “si no, no lo hubiese contado”.
Pero, cómo vivían estos exiliados, cuáles eran sus ocupaciones. “Cada uno hacía lo que podía. Luis Seoane llevaba la revista ‘Galicia’ del Centro Gallego, era pintor, escribía, era periodista y abogado; Rafael Dieste también escribía; Lorenzo Varela estaba en ‘La Razón’, era un periodista muy importante. Cada uno vivía como podía”.
Con todo, lo más doloroso para toda aquella gente era tener que vivir –y también morir– en el exilio, “que fue muy duro para todos ellos”, dice Díaz Pardo, quien recuerda: Con el tiempo “se iban acomodando” a vivir en esa situación, pero “nunca floreciendo demasiado, porque estaban viviendo en una patria que no era la de ellos y esto es muy heroico”.
Las reuniones de este grupo de intelectuales “se hacían de vez en cuando, en el ‘Café Tortoni’, por ejemplo, pero, a veces, en la fábrica que montamos en Magdalena, una población a 100 kilómetros de Buenos Aires”.
Toda la actividad desplegada en Argentina durante el tiempo que Díaz Pardo permaneció en el país tuvo continuidad en Galicia. “Cuando volvimos, lo primero que se hizo, en el año 1963, fue ‘Edicións do Castro’, luego, en 1970, se inauguró la planta circular de Sargadelos y el ‘Museo Carlos Maside’, y fueron ocurriendo más cosas”
Los intelectuales que se habían quedado en Galicia, como es el caso de Francisco Fernández del Riego, Otero Pedrayo, Álvaro Gil o Ramón Piñeiro, entre otros, se integraron en el proyecto argentino, que no consistía en otra cosa que en sentar las bases para recuperar la memoria histórica de Galicia, dice el artista gallego.
Qué parte del éxito de sus empresas se debió a su relación con estos intelectuales no podría calibrarlo, pero “estas empresas se hicieron todas por autofinanciación, aquí no se recibió jamás un real de la Administración. Hubo un sentido de la economía de las cosas, de realidad; si los banqueros [de hoy en día] hubiesen hecho lo mismo no hubiese pasado lo que está pasando ahora”, comenta.
Recién cumplidos los 88 años, y después de obtener importantes reconocimientos como artista y una larga trayectoria como empresario, Isaac Díaz Pardo todavía no tiene claro cuál es su verdadera vocación. No sabe si es más artista que empresario o viceversa, porque “son dos cosas que van unidas”. Lo que sí tiene claro es una cosa: “Yo me dediqué más bien a templar gaitas y a limpiar mierdas”.
También tiene claro que los proyectos hay que sacarlos adelante, y en esa lucha está inmerso. Su objetivo ahora consiste en salvar el ‘Laboratorio de Formas’. Esa es su gran batalla a estas alturas de vida, porque detrás están los que “quieren destruir todo lo que tenía un significado de recuperación de la memoria histórica de Galicia”.

“Los nietos viven la ‘galeguidade’ de un modo intenso y deben tener la nacionalidad”
El sentimiento de ‘galeguidade’ está todavía muy vivo entre los descendientes de emigrantes y exiliados gallegos, según reconoce Isaac Díaz Pardo, quien percibe que “los nietos viven la ‘galeguidade’ de un modo intenso”.
Pero, a la hora de pronunciarse sobre la reciente disputa entre los partidos gallegos a propósito de quién tiene derecho a la nacionalidad en función de lo recogido en la disposición adicional de la Ley de la Memoria Histórica, y consciente de la polémica suscitada al respecto, el artista gallego titubea un poco antes de contestar. “No sé, no podría decirle quién tiene razón”. Después de unos segundos de reflexión, continúa hablando. “Por mí, hacerlos a todos”, lo que implica que está a favor de que se les conceda la nacionalidad tanto a los nietos de emigrantes como de los exiliados, porque “muchos vienen [a Galicia] y terminan consiguiendo incorporarse como si fueran ciudadanos de aquí”.
En cuanto a votar, “eso sería otra cosa”, porque un descendiente de emigrante siempre va a estar buscando sus raíces, pero para tener derecho a votar en un país es fundamental que las gentes que vayan a ejercer ese derecho tengan un conocimiento de la realidad del mismo “para mejorarlo”, dice, y “un nieto de un emigrante y un exiliado que no tienen vinculación ninguna” con España “no tiene sentido que voten”, defiende.
Claro que, también es cierto que “la gente, a veces, vota sin saber lo que vota, porque no hay bastante cultura para saber qué es lo que nos conviene”, concluye.

“Cuando éramos jóvenes, el comunismo era una cosa, ahora soy ‘conservador libertario”
De comunista a ‘conservador libertario’. Esa ha sido la evolución política de Isaac Díaz Pardo desde su juventud. ¿Y cómo se entiende eso? Pues, “conservador, porque hay que conservar las raíces, y libertario..., porque conviene que exista libertad”, explica. La aclaración engancha. “Pero se me tienen unido gentes como Aznar”, –responde raudo–, quien, en cierta ocasión, “me dijo que eso estaba muy bien”. Pero la cosa no acaba ahí. También Fraga le había dicho lo mismo al principio de la transición. “Eso está muy bien, eso también lo era Quevedo”, fueron las palabras del presidente fundador del PP al escucharlo.
Claro que la manera que tiene Díaz Pardo de interpretar el término ‘conservador’ no tiene nada que ver con la de los que hoy en día se consideran conservadores, “que no conservan nada, porque conservadores eran los banqueros, las gentes de derechas, y ¡mire lo que hicieron,! pero, en cambio, es importante ser conservador de las raíces de las cosas, pero de las raíces éticas”.
–Y lo de comunista, ¿cómo fue que se quedó en el olvido?
–“Bueno, cuando éramos jóvenes el comunismo era una cosa, el comunismo entonces suponía como una superación de la justicia, pero claro, esa es la idea fundamental”. “Por qué éramos comunistas”, se pregunta, y responde: “Para mejorar las cosas, pero luego se vio que las cosas no eran así, porque las gentes que no tenían nada, cuando tenían algo hacían lo mismo que los otros. Entonces ahí se ve que el comunismo no tenía... Pero todavía sigue surgiendo la idea de la justicia”.
–O sea, que ya no quedan comunistas!
–“Lo que hay en muchas personas que se dicen comunistas –aunque en el fondo no creen ya en el comunismo–, es ese sentimiento por el que fueron comunistas, que es el principio de justicia. Por ejemplo, una de las personas que se cree que es el único comunista del mundo es mi amigo Alonso Montero, pero no lo es. Ni creo que sea del partido ni nada, pero él presume de que sí, que ni Ferrín ni nadie, que sólo él, pero en el fondo, lo único que se conserva del comunismo es un sentido ético de las cosas, de dignidad y justicia”.

“En España había un déficit de condena a los regímenes dictatoriales”
Las exhumaciones de cadáveres de la etapa franquista que promueve el juez Baltasar Garzón están más que justificadas para Isaac Díaz Pardo. Él tiene deudas pendientes con el régimen, no en vano le tiene que reprochar el asesinato de su padre, pero no es precisamente eso lo que busca. No pretende personalizar, ni mucho menos, unos hechos históricos como los que se vivieron en España durante la Guerra Civil y la dictadura, pero sí reconoce que en el país “había un déficit de condena de los regímenes dictatoriales”, porque, “hay que darse cuenta de que en Europa estos regímenes fueron liquidados en cinco años”. “Incluso –dice– nuestros hermanos los portugueses tuvieron la Revolución de los Claveles y allí no quedó ninguno” de los dictadores. En cambio, en España, apunta Díaz Pardo, “no hubo absolutamente nada. Quedan los mismos, no les pasó nada, murió Franco y no les pasó nada. Quedó el Rey, tuvimos que apoyarlo; los republicanos tuvimos que apoyar al Rey porque si no la cosa hubiese sido peor. Entonces el franquismo quedó como estaba. Cambiaron de nombre, se llamaron demócratas y después de treinta y tantos años, siguen”.
Por eso, cree que lo que está haciendo Garzón “es lo que hicieron todos los demás países: acabar de una vez con el viejo régimen”, defiende, y añade: “Pero vamos a ver si no acaban antes con él”.
De sus declaraciones se desprende que no entiende la postura de los fiscales, que “dicen que ya prescribió” todo lo ocurrido. Pero “eso no es así”, dice Díaz Pardo, porque “en sus manos [el juez] tiene [una lista con] 150.000 señores que los machacaron después de la guerra y eso no es un crimen cualquiera; eso es una persecución de unas ideas para la exterminación”.
–¿Y no cree qué muchos de esos que siguen después de treinta y tantos años también han podido evolucionar?
–“Muchos sí han cambiado, otros murieron y... ya cambiaron de todo, pero hay mucha nostalgia [del régimen]; hay mucho nostálgico. Ese mismo fiscal es un nostálgico, no quiere que se toquen [los muertos] porque el hecho de desenterrar a la gente... A mi padre me lo mataron, yo no me preocupé nunca de nada, pero la gente tiene derecho” a recuperar los cuerpos de sus muertos.
Díaz Pardo no se preocupó de recuperar los restos de su padre porque no tiene necesidad de que a sus muertos se le coloque encima una placa. Más bien, él es partidario de que, una vez sin vida, el cuerpo esté en contacto con la tierra, porque “la muerte es simplemente devolverle a la tierra los materiales que nos prestó para vivir”. Así de claro lo tiene, y dice que tras la muerte, “afortunadamente no queda nada, no hay cielo para ninguno”, porque “los muertos son unos huesos, un poco de calcio”. Por eso, cuando le llegue su hora quiere ser enterrado en un agujero, sin caja ni nada, porque “¿para qué desaprovechar la madera?”.

Londres y París, los otros escenarios de acogida de intelectuales
Los destrozos –en el más amplio sentido de la palabra– que causó la Guerra Civil Española no le permitieron a Isaac Díaz Pardo ser arquitecto. “Quedamos arruinados del todo”, dice. Pero él pudo estudiar Bellas Artes en Madrid porque era “lo más económico”. Después de tiempo colaborando en el taller de su padre “algo sabía de dibujar”, dice y “era muy disciplinado”. Y, “aunque no quiere decir que eso sea bueno...tuve éxito en las cosas; me iba bien como pintor”.
Su buen nombre –“Mi nombre entonces sonaba”– y su afán por aprender le llevaron hasta Londres una vez terminada la Guerra Mundial, y allí pudo entrar en contacto con los españoles exiliados. “Vi que aquello era otro mundo distinto. Allí conocí a Luis Cernuda y a una serie de gente importante, como Luis Torner, miembro del ‘Seminario de Estudios Gallegos’. También en Francia, donde los refugiados se aglutinaban en torno a la editorial ‘Ruedo Ibérico’ –publicación que surgió en el país galo en 1961 para contrarrestar la justificación franquista del régimen–, Díaz Pardo estableció relación con los exiliados españoles que se habían refugiado en París, donde, además, de en Buenos Aires y México, los exiliados también tuvieron “mucha fuerza”.
Pese a las oportunidades que se le abrieron en España por su buen hacer –“En el país de los ciegos, el tuerto es el rey”–, Díaz Pardo nunca quiso sacar ‘tajada’ del régimen franquista, y cuenta que su afinidad con un amigo del arquitecto Pedro Muguruza –afín al bando franquista– le colocó en una situación incómoda de la que prefirió escapar para no tener que desplegar su arte en función de los intereses del momento. Por eso se esfumó cuando escuchó: “Muguruza dice que te debías incorporar” a algún proyecto “Entonces, yo me dije: Hay que escapar de aquí enseguida. Y me dediqué a otra cosa”, porque Isaac Díaz Pardo odia los oportunismos.

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