RETORNADA, VIVE EN LA RESIDENCIA DE LA TERCERA EDAD DE CAMPOLONGO (PONTEVEDRA)

Esther Edreira: “Yo aprendí todo en Argentina; me hice una gran dama allí, pero siempre quise volver”

| 1 de agosto de 2021, 22:49
11.Esther Edreira
Esther Edreira, en uno de los salones de la residencia pontevedresa en la que reside, el pasado día 27.

Argentina y, principalmente, la ciudad de Buenos Aires, acogió en la primera mitad del siglo pasado a miles de gallegos de ambos sexos que entonces salían hacia el Cono Sur americano en busca de una garantía de supervivencia que Galicia les negaba. Esther Edreira Teijeiro se cuenta entre ellos. Natural de Vilaboa, en Culleredo (A Coruña), en 1958 –a la edad de 18 años–, partió en barco con rumbo al país austral junto a sus padres y cuatro de sus hermanos, porque “allí había trabajo y aquí [en Galicia] no había nada”, relata. 

Embarcaron el 17 de diciembre con rumbo a Buenos Aires y arribaron al puerto de esa capital un 27 de enero, cree recordar. Se fueron en pleno invierno –en su caso, con un traje de chaqueta de abrigo que le estuvo de más al llegar, por esto del cambio de estación–, y con un montón de maletas, y hasta con un colchón, y la máquina de coser con la que su madre les confeccionaba la ropa. 

Allá les esperaban sus tres hermanos mayores y, durante unos meses, vivieron entre 12 o 13 personas en un único apartamento, hasta que sus padres comenzaron a construirse su propia casa. Ese fue su primer trabajo, peón de albañil, ayudando a sus familiares a levantar la vivienda.

Pero con el tiempo se ocupó en una empresa de jerseys y también trabajó de camarera y planchadora en un hospital. Hasta fue costurera y aún hoy se confecciona su propia ropa. “Este traje me lo hice yo”, comenta, durante la entrevista, a la que acudió bien acicalada, porque “a mí me gusta estar arreglada”.

Coqueta a su edad, detalla todos y cada uno de los recuerdos que se le vienen a la mente sobre su llegada a Argentina, incluido aquel episodio en el que se sintió intimidada como mujer por un vigilante del puerto que tampoco tuvo reparos en proponerle un soborno con la contrapartida de cejar en su deber de revisarles las maletas.

Se casó con un “pontevedrés hermoso” y tuvo un hijo que hoy en día trabaja de carpintero en Galicia, a donde retornó ella con su esposo hace ocho años. 

Hoy viuda –su marido sufrió un ictus estando en Buenos Aires y en Galicia enfermó con la llegada del invierno–, después de un tiempo en la residencia de A Estrada, vive en la residencia de la Tercera Edad de Campolongo, en Pontevedra, donde se encuentra muy a gusto.

“Estoy contenta de retornar a Galicia, y cuando alguien me dice que me vuelva a Argentina, yo le contesto que esta es mi tierra, igual que la suya”.

Esther define a Argentina como un país “muy generoso” que entonces abría las puertas a los gallegos que llegaban casi sin nada. Pero “los políticos lo echaron abajo”, comenta como con pena y en un tono de secretismo, quizá influenciada por el miedo que las dictaduras en el país austral infundió en la población. 

Pero, “yo me hice una gran dama allí”, “allí lo aprendí todo, terminé primaria y estudié corte y confección”, porque “yendo por el mundo aprendes mucho”. “Yo me fijaba cómo hablaba la gente y cómo se expresaba”, asegura, y esa fue para ella más que una escuela.

 

“Aconsejo a los jóvenes que no se vayan”

No obstante, a los jóvenes les aconseja que “no se vayan”, que no abandonen Galicia, porque abandonar la tierra es muy duro. “Yo siempre quise volver”, asegura.

Junto a su esposo, se alejó de Argentina en 2012 movida, sobre todo, por la inseguridad que se respira en el país. “Tenía miedo por la noche”, dice, por lo que se vio obligada a “enrejar la casa toda”.

Aunque su vida cambió con la pandemia, en Pontevedra todo es mucho más tranquilo y seguro. La residencia que le acoge y que se puede costear gracias al programa de ayudas que la Consellería de Política Social desarrolla en favor de los gallegos retornados, cuenta con actividades de todo tipo para que los residentes se sientan estimulados y ocupados, pero lo que a Esther más le gusta es “salir a la calle y hablar con la gente de la calle”.

Del trato en la residencia, “¡Yo qué le puedo decir! Es demasiado lo que hacen y lo valoro muchísimo”.

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