EMILIA HERNÁNDEZ PEDRERO Y FERNANDO MIGUEL FERNÁNDEZ ANALIZAN LA SITUACIÓN INDIVIDUAL Y COLECTIVA

Españoles en Holanda se preocupan por los emigrantes de primera generación

| 01 Abril 2011 - 12:22 h.
 Emilia Hernández Pedrero, natural de Zamora, y Fernando Miguel Fernández, de Valladolid, se dedican a ahondar en los aspectos sociales de la emigración española en los Países Bajos.
Emilia Hernández Pedrero, natural de Zamora, y Fernando Miguel Fernández, de Valladolid, se dedican a ahondar en los aspectos sociales de la emigración española en los Países Bajos.

La calidad de la asistencia social para los emigrantes españoles residentes en Holanda es una de las principales preocupaciones de Emilia Hernández Pedrero, consejera general por los Países Bajos en el Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior desde hace ocho años; una preocupación compartida por su marido, el psicólogo Fernando Miguel Fernández, también miembro del CRE. Ambos investigan y se esfuerzan por conocer en profundidad la situación individual y colectiva de los españoles en el país neerlandés, especialmente de los de la primera generación, para ayudar a mejorarla.

¿Hasta cuándo una persona es emigrante? A raíz de una petición de la Cruz Roja para que escribiesen textos para los paneles de la exposición ‘Aprender a mirar de cerca’, Emilia Hernández y Fernando Miguel realizaron un ensayo, en el que trataron de buscar respuesta a la pregunta de “hasta cuándo una persona es inmigrante”. Para ello, entrevistaron a españoles y españolas de diferentes edades y currículo.
Según los autores, la respuesta requiere dos perspectivas: la de la sociedad de acogida y sus instituciones y la del propio emigrante.
La visión de la sociedad de acogida influiría en la creación de una imagen real o estereotipada del extranjero, “del otro”, dando lugar a “categorías sociales” que marginan a la persona y al colectivo. Según el ensayo, mientras los problemas que surjan de esa marginación se definan como fenómenos exclusivos de los diferentes grupos de extranjeros, éstos no serán aceptados como ciudadanos de plenos derechos.
Desde la perspectiva individual del emigrante, dependería de si éste acepta o no “las etiquetas” creadas por la sociedad de acogida y de la medida en que se identifique con esas categorías que le encasillan como extranjero, o de que sepa recrear una propia identidad que no pueda ser encasillada.

Sentirse aceptado como ciudadano de plenos derechos
A través de ese trabajo, Hernández y Miguel llegaron a la conclusión de que las personas de procedencia extranjera podrían dejar de sentirse inmigrantes en un país en el momento en que se sintiesen aceptados como ciudadanos con los mismos derechos que la población autóctona, lo que dependería, en gran parte, de la sociedad receptora y de sus políticas de acogida.
Según ambos expertos, los españoles de la primera y la segunda generación suelen considerarse integrados en la sociedad holandesa. A partir de la entrada de España en la UE habrían comenzado a ser “invisibles”, invisibilidad que les habría ayudado a escaparse de esa imagen negativa y problematizada de los extranjeros en Holanda, sobre todo de los de origen islámico.
Por otro lado, eso no querría decir que no se tropezasen con obstáculos semejantes a los de otros grupos étnicos, como dificultad de acceso a los servicios públicos, problemas para desenvolverse en la lengua del país, para poder solucionar de forma autónoma trámites burocráticos, problemas de soledad y aislamiento en la vejez o conflicto en cuanto a la decisión de retornar o quedarse en el país de emigración, entre otros inconvenientes.

Poca participación social de los mayores
Aunque las necesidades de los inmigrantes españoles mayores residentes en Holanda son semejantes a las de los mayores holandeses, se sienten limitados en las posibilidades de participación en la sociedad, y no por falta de voluntad de integrarse, sino más bien por razones económicas y la lentitud del proceso de interculturalización de las instituciones.
Según el estudio mencionado, “los ancianos inmigrantes son considerados como una generación perdida, en la cual no vale la pena invertir para integrarlos en la sociedad, para mejorar su participación, su calidad de vida”.
Los autores del estudio creen que es falsa la idea de que los extranjeros mayores nunca habrían querido integrarse ni aprender la lengua, ya que antes no se les habían ofrecido clases de lengua ni programas de integración. Sería igualmente falso el que tampoco ahora, ya jubilados y con el tiempo suficiente, les faltase el interés y la capacidad para hacerlo, y citan la experiencia del ‘Hogar del Pensionista de Eindhoven’, donde un grupo de mayores aprende el holandés según un método adaptado a las necesidades de la persona mayor, desarrollado por la universidad de Amsterdam y Forum, que demuestra lo contrario, pues se constata que les gusta  aprender y que, además, disfrutan aprendiendo.

Las asociaciones siguen siendo el vínculo con sus raíces
Para los emigrantes mayores, las asociaciones siguen siendo el vínculo con sus raíces, un lugar donde pueden hablar en su lengua con otras personas con las que comparten la experiencia común de la emigración y donde pueden encontrar amistades, apoyo y asesoramiento.
Pero también las asociaciones envejecen, y mientras los directivos mayores se sienten cansados, tras treinta años o más trabajando por mantenerlas, no llega el relevo deseado, ya que los jóvenes no se sienten responsables de continuar su labor y no participan. A esto habría que añadir que los ayuntamientos cierran locales y formulan nuevas exigencias, a las que cada vez les resulta más difícil dar respuesta.
Cuando ya los mayores tienen problemas de movilidad para desplazarse a dichas asociaciones, o viven en pueblos apartados, pierden los contactos sociales. Este sería el caso, sobre todo, de personas viudas o solteras, personas que trabajaron en oficios duros, como en los altos hornos o en el puerto de Rotterdam y que tienen problemas de salud a causa del trabajo realizado y que, con frecuencia, también tienen problemas psíquicos; mayores que tampoco piensan retornar por la vergüenza de no tener los medios necesarios, “esa gente, al desconocer la lengua y el funcionamiento de las instituciones holandesas, se quedan aislados”, dice Emilia Hernández, y esos serían, principalmente, los casos que tratan de detectar para poder ayudarles y que “se nos escapan de las manos”, comenta.

Paralelismo en la experiencia migratoria
Emilia Hernández Pedrero y Fernando Miguel Fernández se conocieron a través del trabajo. Ella, hija de emigrantes castellanos procedentes de Zamora, llegó a Holanda en 1962, cuando todavía no había cumplido los dos años de edad. Desde la infancia estuvo en contacto con las asociaciones de españoles en el país neerlandés, y desde los diecisiete años apoyó su labor en favor de los emigrantes desde el voluntariado. “Vi el ejemplo en casa”, dice, refiriéndose a su implicación, ya que su padre siempre estuvo relacionado con el asociacionismo, participando en las comisiones de padres, que se preocupaban por la educación bilingüe y bicultural de sus hijos, un objetivo que lograron en la mayoría de los casos.
Al terminar los estudios en la Academia Social de Horst, realizó posgrados en management, política y ciencias empresariales, trabajando posteriormente en gestión multicultural de recursos humanos y en comunicación intercultural.
De su rica experiencia profesional y de voluntariado, cabe destacar que ha sido directora del Instituto de Asuntos Multiculturales ‘Multiple Choise in Beverwijk’; miembro de la directiva de IDEA, un centro de emancipación e interculturalidad orientado a la mujer, y presidente de la Federación de Asociaciones de Emigrantes Españoles en Holanda, FAEEH.
En la actualidad es funcionaria en Doenja Dienstverlernig, una organización del área de bienestar de Utrecht, donde trabaja en la sección de calidad de la asistencia social y en proyectos prácticos de cohesión social entre holandeses y extranjeros.
Siempre comprometida con los temas sociales, es también miembro de ‘Saluti’, un órgano asesor sobre interculturalidad del ayuntamiento de esa ciudad holandesa, y creadora de ‘Metafrase’, una institución que ofrece entrenamiento y asesoramiento a personas y organizaciones.
También su marido, Fernando Miguel Fernández, se dedica a la investigación social en el ámbito de las migraciones, trabajo que realiza desde hace veinticinco años. Y también él llegó con dos años a Holanda en 1962, procedente de la provincia de Valladolid, un curioso paralelismo.
En la actualidad trabaja como psicólogo en Utrecht, donde mantiene su propio gabinete. Al mismo tiempo, es asesor en temas de interculturalidad, integración y mayores en el Instituto Nacional de Desarrollo Multicultural ‘Forum’ de los Países Bajos y miembro del Consejero de Residentes Españoles (CRE).
El psicólogo ha realizado diferentes investigaciones sobre discriminación laboral, exclusión social de los ancianos españoles en Europa y sobre diálogo intergeneracional. Ha ayudado a crear también una red de psicólogos de habla hispana.
Miguel es autor de diferentes publicaciones en español y neerlandés, entre ellas, ‘Españoles en Holanda de dos en dos: hacía un diálogo intergeneracional’, una publicación de la FAEEH, editada en 2008, realizada por él y bajo su dirección, con la colaboración de Montsé Escudé Comerma. Para este trabajo realizaron entrevistas a emigrantes españoles de la primera y la segunda generación, con el fin de conocer su grado de integración en la sociedad holandesa, sus posibles problemas identitarios, su relación con las asociaciones y las diferencias en la percepción de esos temas entre ambas generaciones.
El objetivo de ese trabajo era, a partir del informe final, encauzar las políticas de los gobiernos español y holandés a mejorar la situación del colectivo español en Holanda.

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