Opinión

Cocina Gallega: El duende de Federico y las aguas del Sil

No hacen falta excusas para convocar a Federico, su Presencia. Pero lo cierto es que estoy escribiendo hoy, 5 de junio, día de su nacimiento en Fuente Vaqueros. Y fue inevitable pensar en el poeta, y sus lazos con Galicia. Pienso que solo la perspectiva de un poeta logra atrapar la imagen invisible, la que pocos ven de personas o paisajes, de hadas y espíritus traviesos. Tratándose de un país que oscila entre lo mágico y lo real con absoluta naturalidad, cuyos habitantes cruzan bancos de niebla cantando, ignoran la lluvia intensa y aman al mar como las gaviotas lo aman, la palabra de un poeta mayor se convierte en guía para descubrir rayos intensos de luz en la espesura de los bosques encantados que algunos caminamos, y otros imaginan como creados por una febril imaginación.

Cocina Gallega: El duende de Federico y las aguas del Sil

Federico García Lorca visitó por primera vez Galicia en 1916, cuando tenía 16 años. Un año después escribió en un artículo: “se comprende, viendo el paisaje de Galicia, el carácter triste de sus habitantes y su música, que dice de penas, de amores, de imposibles”. En 1932, inicia una gira con su compañía de teatro La Barraca, y vuelve. Monta su escenario en la Plaza de la Quintana, a la que llamó “plaza-butaca” y donde “hizo bailar a la luna”. Escribe “Madrigal á cibdá de Santiago”. La magia de Santiago de Compostela lo seduce completamente. Un episodio triste, el ahogamiento de uno de los tramoyistas de su grupo de teatro en el río Sil, lo induce a escribir “Noiturnio do adoescente morto”. En 1933 llega a Buenos Aires, donde es recibido de manera apoteósica. El contacto con la emigración inspira el poema “Cantiga do neno da tenda”. Su amigo Pérez Guerra da Cal, actor gallego (luego filólogo, poeta y escritor destacado), lo incita a escribir en gallego y lo ayuda a dar forma a los poemas; también le presenta a Eduardo Blanco Amor. En 1935, la Editorial Nós, fundada por Ángel Casal, edita los ‘Seis poemas galegos’, con prólogo de Eduardo Blanco Amor, que había recibido el manuscrito con letra manuscrita de Pérez Guerra. Blanco Amor revisa la ortografía, corrige algunos castellanismos y sugiere cambios de nombres en algunos títulos, atribución que, García Lorca, enfrascado en la creación de ‘Doña Rosita la soltera’, consiente. Curiosamente, Blanco amor “olvida” incluir la dedicatoria de Federico a su amigo Pérez Guerra en la ‘Cantiga do neno da tenda’. Unos meses después, en 1936, Federico García Lorca es asesinado; al día siguiente fusilan a su editor Ángel Casal. Nos legaron los maravillosos ‘Seis poemas galegos’, los únicos no escritos en castellano por Federico.

Cuando leí ‘Noitiurno do adoescente morto’, sus versos tristes, el dolor y el resentimiento contenido hacia el rio: “Imos silandeiros orela do vado / pra ver ô adolescente afogado. // Imos silandeiros veiriña do ar, / antes que ise río o leve pro mar. // Súa i-alma choraba, ferida e pequena / embaixo os arumes de pinos e d’herbas. // Agoa despenada baixaba da lúa / cobrindo de lirios a montana núa. // O vento deixaba camelias de soma / na lumieira murcha da súa triste boca. // ¡Vinde mozos loiros do monte e do prado / pra ver o adoescente afogado! // ¡Vinde xente escura do cume e do val / antes que ise río o leve pro mar! // O leve pro mar de curtiñas brancas / onde van e vên vellos bois de ágoa. // ¡Ay, cómo cantaban os albres do Sil / sobre a verde lúa, coma un tamboril! // ¡Mozos, imos, vinde, aixiña, chegar / porque xa ise río m’o leva pra o mar!”, no pude menos que recordar o remansiño del Sil, no Val de Quiroga, entre San Clodio y Espandariz. Cerca del Montefurado, donde el emperador Trajano mandó en el siglo II construir un túnel para desviar las aguas del Sil y así poder extraer más fácilmente el oro abundante de su cauce. En aquellas aguas cristalinas a 20 metros de mi casa natal, jugábamos los niños, las mujeres lavaban la ropa, todos nadaban y pescaban. Pero las historias de ahogamientos en sus aguas, en los remolinos traicioneros, abundaban, nos inspiraban temor reverencial. Tal vez por ello me impresionó, entre los ‘Seis poemas galegos’, particularmente el mencionado.

Claro que el infortunado jovencito de ‘La Barraca’ murió cuando fue a bañarse al Sil en el municipio de Puente Domingo Flórez, en El Bierzo. Sucede que el rio Sil nace en la cordillera cantábrica, cerca de Torre de Babia, en León. En la Edad Media, los reyes de León escogían la villa para descansar y alejarse de las intrigas de la corte. Se dice que cuando alguien buscaba al rey ausente, los ministros contestaban “está en Babia”; de allí el dicho para referirse a personas distraídas o “ausentes”. Y ya que hablamos de dichos populares, se dice que “el Sil lleva el agua, y el Miño la fama”. El Sil, efectivamente, aporta su enorme caudal de agua después de recorrer León, Lugo y Orense hasta llegar a la Ribeira Sacra y unirse al padre Miño en Los Peares, para desembocar en el Atlántico, y navegar, como tantos emigrantes, hacia América.

Un año después de la tragedia, Federico García Lorca, en declaraciones a la prensa en 1933, durante su estadía en Buenos Aires, decía: “A mi llegada a Galicia, las fuerzas formidables de Compostela y el paisaje se apoderaron de mí en forma tal que también me sentí poeta de la alta hierba, de la lluvia alta y pausada. Me sentí poeta gallego, y una imperiosa necesidad de hacer versos, su cantar me obligó a estudiar a Galicia y su dialecto o idioma, para lo maravilloso es igual”. Castelao escribió en Sempre en Galiza: “O noso idioma ten tal fermosura que un poeta andaluz como Garcia Lorca (poeta mártir), non foi quen de resistir o seu engado e compuxo poemas en galego”. Sin embargo, no es casual que a un andaluz le llamara la atención la cultura gallega, ya que debido a la repoblación y colonización con hombres y mujeres nativas del norte peninsular, al finalizar la llamada Reconquista, se encuentran muchas canciones antiguas, gallegas y asturianas, en Granada; muchos apellidos en Andalucía son de origen gallego. Este hecho lo mencionó el mismo poeta en una conferencia dictada en 1928 con el nombre de ‘Las nanas infantiles’.

Lo llamativo es que, hasta 1945, cuando Carlos Martínez-Barbeito lo revela en la revista madrileña ‘El Español’, y en 1948, cuando el mismísimo Blanco Amor lo confirma en ‘La Hora’ de Chile, el nombre de Guerra da Cal, no es mencionado como partícipe importante en la gestación de los ‘Seis poemas galegos’. El ferrolano Ernesto Pérez Guerra, tal su nombre real, vivió exiliado en Estados Unidos, y finalmente falleció en Lisboa en 1994, sin haber regresado a su patria, aunque trabajando, como filólogo y poeta, en la lírica galego-portuguesa (en 1954 publicó ‘Língua e estilo de Eça de Queirós’) que tanto fascinó en su momento a García Lorca. Tangencialmente, también tuvo una relación cercana y temprana con el río Sil, ya que tras el fallecimiento de su padre, pasó parte de su infancia en mi valle, a cargo de su familia en Quiroga. No es improbable, entonces, que se haya bañado en las aguas de ese río rumoroso, ya sin el oro que atrajo a los romanos, pero con los mismos duendes y la misma música, las mismas ansias de libertad del poeta granadino que no dudó en afirmar: “un poeta siempre es revolucionario”. Ian Gibson, en entrevista a una empleada de la familia Lorca, deja constancia de una tortilla que esta señora, a pedido de la madre del poeta, lleva a la cárcel un día antes de su trágico final. ¿Sería este plato típico de Granada?

Tortilla de Sacromonte

Ingredientes: 6 huevos, 150 grs de sesos de cordero, 100 grs de criadillas de cordero, 50 grs de jamón serrano picado, 50 grs de chorizo picado, 50 grs de guisantes, 1 diente de ajo, perejil picado, 3 cucharadas de pan rallado, sal, pimienta, aceite de oliva.

Preparación: Lavar los sesos y las criadillas, blanquear en agua con sal y vinagre 10 minutos. En una sartén sofreír el ajo picado, el jamón y el chorizo. Incorporar los sesos y las criadillas, y los guisantes al sofrito. Remover y cocinar todo junto 10 minutos. En un bol grande batir los huevos, añadir el pan rallado, el perejil, sal y pimienta. Mezclar el contenido de la sartén con los huevos. Calentar una sartén con un poco de aceite y verter la mezcla. Cocinar a fuego medio. Darle vuelta y cocinar del otro lado hasta que esté cuajada pero jugosa por dentro.