Opinión

Los pájaros de Buenos Aires, evocando a Guillermo E. Hudson

En la Argentina, el mundo de la Pampa, al decir de Morand y Keyserling, vive, extasiado, el cielo y la luz; el color, inexorablemente variado, si bien siempre orante y humilde. “América es el Continente de los pájaros”, dejó escrito el británico Guillermo E. Hudson, el autor de El Ombú, Allá lejos y hace tiempo, y Mansiones verdes. Mas la ciudad de Buenos Aires, con su febril crecimiento, fue, en alguna medida, cerrando la hermosa simpatía por el campo abierto y la plena Naturaleza. “Hay en Buenos Aires más pájaros enjaulados que en libertad. Si Hudson, que describió y catalogó las distintas especies de pájaros, hubiera quedado entre nosotros, no habría escrito tampoco Pájaros en Londres”, señala el ensayista y escritor Ezequiel Martínez Estrada en su excelente obra La cabeza de Goliat. Microscopia de Buenos Aires, Ediciones de la ‘Revista de Occidente’, en ‘Cimas de América’, colección dirigida por Eduardo Caballero Calderón, Madrid, 1970.
Los pájaros de Buenos Aires, evocando a Guillermo E. Hudson

Verdad es que Buenos Aires fue “la ciudad de los emigrantes”. Guillermo Hudson y Head tan sólo vieron gaviotas que se alimentaban de los despojos de los celebérrimos “mataderos” o barahúnda del Alto de San Telmo. El narrador Hudson en el capítulo ‘El desierto de las pampas’ –perteneciente a su obra El naturalista en el Plata– exclamó: “¡Qué lamentaciones, si una destrucción súbita se abatiera sobre los tesoros artísticos reunidos en la “Galería Nacional”, sobre los mármoles del “Museo Británico” y el contenido de la “Biblioteca Real”! Y no obstante, ¡cómo dejamos de proteger las obras maestras de la Naturaleza!”.

La metrópoli de Buenos Aires nos ofrece escasas especies de pájaros, pues en las plazas predomina el gorrión. Multitudes polícromas de aves se movían –época de las migraciones– como, según Hudson, “olas de un mar de plumas”. En las pajarerías de la ciudad el loro continúa siendo el que atrae la simpatía de las gentes. “Las pajarerías –nos recuerda Guillermo Hudson– son la parodia grotesca de la cosmópolis, al igual que el loro lo es de la palabra”. El gran dramaturgo griego, el irónico y satírico poeta Aristófanes oyó a Las Aves –en su obra de idéntico título– de este modo: “Ciegos humanos, semejantes a la hora ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales, que privados de alas, pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños mentirosos, escuchad a las aves, seres inmortales y eternos, aéreos exentos de vejez y ocupados siempre en pensamientos perdurables”.

Indudablemente, el gorrión, como en todas las grandes urbes, es el “ciudadano dominante”. Bien de mañana, llegan, con sus gárrulos himnos libertarios, a las casas; entran con sus sonidos estridentes, diseñando proteicos arabescos. Hudson los observó minuciosamente, pleno de cariño, porque no era horticultor. ¿La paloma? Es, desde luego, el ave de la ciudad, amén de la golondrina. “Una paloma abre sus alas en el escudo apócrifo de la ciudad, sobre navíos anclados en un mar de plata espumosa –escribe el prosista Martínez Estrada–. La golondrina corresponde al alma. El Congreso Eucarístico reivindicó al águila negra de Garay que empuña la roja cruz de Calatrava y ostenta corona en su cabeza”.

Por el año 1932 llegaron a Buenos Aires millares de golondrinas. Un insólito suceso, semejante a la nevada de 1919, cuando Buenos Aires se engalanó de novia, amaneciendo con sus velos y azahares.