Opinión

El ‘tano’ Genaro, Ricardo Luis Brignolo y el tango ‘Chiqué’

Isaac Otero | 04 de enero de 2016

El danzarín del tango dice en la letrilla con la que alardea: “Para bailar soy como un trompo”. “De acuerdo. Pero el grande e indiscutible trompo es el propio tango. Tiene piolín por metros y metros”, agrega el inconmensurable poeta y compositor Francisco García Jiménez en su magna obra titulada Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. El ‘tano’ Genaro está trenzado al pionero concurso de orquestas típicas del ‘cabaret’ cuyo nombre era ‘Armenonville’. Por entonces el piano era el admirado por el público, sin que le fuese tampoco a la zaga el bandoneón del artista Genaro Spósito a lo largo de la ‘intrahistoria’ general del tango. Un maestro sin vocación para la pedagogía, puesto que se lo enseñó “de oído” tan sólo a dos o tres discípulos. Citaremos a Ricardo Luis Brignolo –nacido en 1892 para fallecer en 1954–, el autor del tango Chiqué. Y otro aventajado alumno fue Anselmo Aieta.

Ricardo Luis Brignolo, vástago de Buenos Aires, entrelazó dos polos diferenciados: su apasionamiento musical y el cumplimiento de una página encaminada a eternizarse entre las más bellas de la melodía porteña. Evoquemos por un instante la genial conjunción de las calles Suárez y Necochea, envidiada esquina del tango en las postrimerías de la primera década del 1900. Y diez años más tarde, la pública y sencilla ‘academia’ de baile donde actúa como ejecutante. Antes, el tango para “oír”. El tango para “bailar”, después. Tras la primigenia “andanza del arrabal”, devino “el trocén” de Buenos Aires, la victoriosa diana de sus devoradoras luces nocturnas.

El gran Brignolo, a sus dieciocho años, era colocador de azulejos en una empresa constructora, cuando un sábado por la noche se apropincuó al cruce boquense y escuchó, extasiado, en el cafetín, los acordes del bandoneonista Genaro, en compañía del negro Haroldo Phillips, quien con sus veloces dedos de ébano dibujaba una sinfonía de color y sonido en los mágicos marfiles del piano. Brignolo se aproximó a Genaro durante una pausa. Le dijo que anhelaba aprender el arte del bandoneón. El ‘tano’, modesto y simpático, se rió mientras le respondía: “Yo no soy maestro, che. En todo caso, andá a verlo al viejo Chiappe”. “Sí… Pero, ¿quién me va a enseñar a tocarlo de esa manera linda que lo toca usté… sino usté mismo?”. El ‘tano’ Genaro no fue capaz de negarse y aceptó enseñarle. Durante esa época dirigía la orquesta del ‘Bar Iglesias’ el gran Genaro –con Roberto Firpo en el piano– y salvó una ausencia suya por enfermedad, enviando en reemplazo al aplicadísimo alumno Ricardo Luis Brignolo.

Desde los palquitos con orquesta, en perímetros de diversos barrios, Ricardo avanzó hasta ser llamado para tocar en la academia de tango ‘La Olla Popular’, de la calle Sarmiento, entre Cerrito y Libertad. Salón con mujeres contratadas para formar parejas. ¿Su nombre? Imitación y parodia de las verdaderas ‘ollas’ que fueron traídas a la Argentina a causa de la crisis de la primera gran guerra mundial de 1914 a 1918. ¡Terrible anuncio de la siguiente ‘Villa Desocupación’ y de las sucesivas ‘Villas Miseria’! El plato de sopa y a diez centavos la pieza, con un tango “requebrado y resentado” con la bailarina circunstancial. Brignolo le oye a una bailarina francesa: “No hagás ‘chiqué”. Este modismo parisino quería decir “no hagás tanta afectación” o “no te mandés la parte”. Escribió un tango algo pretencioso y lo bautizó Chiqué, una vieja gloria instrumental.

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