Opinión

Perros y gatos en la metrópoli de Buenos Aires

Desde las postrimerías de 1700 hasta comienzos de 1900 la pelea ‘anticanina’ en la metrópoli de Buenos Aires presentó perfiles épicos. “Los perros cimarrones –escribió el Padre Cattaneo en 1730– cubren todas las campañas circunvecinas y viven en cuevas subterráneas que trabajan para ellos mismos, y cuya embocadura parece un cementerio por la cantidad de huesos que la rodean”. Evoco ahora a esas personas que son llamadas a “pasear a los perros” por plazas y plazas de la ciudad de Buenos Aires. Son perros asidos al extremo de una cadena. Seguramente que esos sirvientes albergarán ideas y sentimientos “subversivos” o, cuando menos, “asimétricos” respecto de los cánones ciudadanos.
Perros y gatos en la metrópoli de Buenos Aires

A través de las curiosas páginas de la obra El lazarillo de ciegos caminantes (1773) de ‘Concolorcovo’, sabemos que “todos los perros, que son muchísimos, sin distinción de amos, están tan gordos que apenas se pueden mover, y los ratones salen de noche por las calles a tomar el fresco, en competentes destacamentos, porque en la casa más pobre les sobra la carne, y también se mantienen de huevos y pollos que entran con mucha abundancia de los vecinos pagos”. “La edad de oro de los perros ‘porteños’ puede situarse hacia el 1750, que es también la época en que la invasión de ratas motivó reiteradas procesiones a los santos protectores de la ciudad”, señala el ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada en su excelente estudio La cabeza de Goliat. Microscopia de Buenos Aires, Ediciones de la ‘Revista de Occidente’, colección ‘Cimas de América’, dirigida por Eduardo Caballero Calderón, Madrid, 1970.

No sería baladí recordar que el “Procurador General” de Buenos Aires organizó una campaña contra los perros con propósitos comerciales, pues entendía que sus pieles “eran muy buenas para cordobanes y pudieran ser útiles enviándoselas a España”. El historiador Martínez Estrada escribe que –en el último tercio del siglo XIX– se encomendaba a los presos la captura de los perros errantes. De la cárcel salían con lazos y palos para llevar a término semejante “cacería”. “El espectáculo más desagradable y repugnante”, atestigua el Dr. José Antonio Wilde en su Buenos Aires desde setenta años atrás. Cuando salían con grilletes, impetrando compasión, es que iban a pedir limosna a los transeúntes. A decir verdad, los dos trabajos más humillantes para el hombre los llevaban a cabo ellos: perseguir al amigo y mendigar.

Nocivos recuerdos los de aquellos ciudadanos, cuando, de un solo movimiento, los metían en una jaula, recorriendo los barrios suburbanos. Claro que no podían faltar los chicos anunciando la llegada de los cazadores. En la retaguardia, marchaban dos agentes del Escuadrón, exhibiendo sus largos sables brillantes así como el altivo gesto de jinetes de una escolta de mariscales. “Pronto asomaban –continúa Ezequiel Martínez Estraba– rostros furibundos por las ventanas y las cancelas, porque el bajo pueblo siempre fue adverso a los abusos del fuerte contra el débil”.

Los gatos, en cambio, poseen su “zona de residencia y vagabundeo” en las obras en construcción, en algunas plazas, azoteas y donde algo que debiera estar dentro de las casas ha quedado a la intemperie. El gato que, según el cuento de Kipling, “el que anda siempre solo”. Fueron los gatos descritos por Guillermo E. Hudson. Gatos de Rilke o Anatole France o Charles Baudelaire…