Opinión

Firpo y Arolas: la noche del tango ‘Fuegos artificiales’

Isaac Otero | 25 de mayo de 2015

​Cuando finalizaba el año 1913, la feliz vida porteña conservaba su reinado en el célebre ‘Armenonville’ del barrio de Palermo. Las ‘cañitas voladoras’ surcaban el cielo de Buenos Aires mientras la música invadía el ‘cabaret’ de la Avenida Alvear y Tagle. Desde el piano Roberto Firpo dirigía el ‘cuarteto del tango’ con diversidad de ritmos, para que jamás declinase el baile. Todo ello antes de las ‘jazz-band’ y de las cabriolas de los bailes tropicales. Aún no existían visos de ‘tamboreros’ y ‘maraqueros’ de la conga, el ‘cha-cha-cha’ y el ‘merequetengue’. El ‘cuarteto de tangos’ se hallaba por entonces vibrando en la elegancia del ‘smoking’, cuello palomita y moño negro. Aquel vestuario de ‘etiqueta’ exigía graves ‘morlacos’ para el bolsillo de los artistas de la orquesta. Como decía el maestro Aieta, cuando Arolas tocaba en el café de una esquina del barrio de San Telmo, él tenía dieciséis años y el fervor del bandoneón. Desde un rincón del café miraba, hipnotizado, los dedos del ‘tigre’ barraquero recorriendo las botonaduras. “En cada tregua –relataba Aieta– , Arolas correspondía al convite de alguna mesa y, al bajar del palquito, llevaba detrás al ‘pibe’ Anselmo.

“Eduardo Arolas debutó en el ‘Armenonville”… y pudo comprarse un ‘smoking’ de verdad y , no simulado, con trozos de reluciente seda en las solapas de su saco negro, con alfileres escondidos en el reverso de la tela. En la noche navideña, Firpo y Arolas componían un tanto en colaboración. ‘¡Fuegos artificiales!’ Así exclamó Firmo. ‘¡Lindo nombre para el tango!’, repitió Arolas”, nos cuenta el poeta y ensayista Francisco García Jiménez en su obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. Firpo con su pulgar derecho recorría el teclado de arriba abajo en ululante acorde. El arco de Roccatagliata volaba hacia las octavas, en tanto que Arolas realizaba con el fuelle una síncopa petardista, que estallaba con hondos ecos en la caja del contrabajo del “morocho Thompson”.

“Vea… vea… vea…/ el barrilete cómo colea…!” En aquellas ejecuciones del ‘cuarteto de tangos’ de antaño, a veces, para evitar la reiterada tristeza del tango y contagiarse del humor de la clientela nocturna, se escuchaban también los ‘pizzicatos’ y los paisajes silbados y el frote rítmico de conchillas estriadas, mechando, asimismo, pregones y coros callejeros. ¡Y cómo no! También concertantes jocosos, como aquel del viejo juego de prendas del ‘Gran Bonete’.

Siempre dispuestos a ufanarse con el barullo de los veinte años en el corazón, Firpo y Arolas amenizaban y congeniaban con el público, ávido de entusiasmo y simpatía junto a las aguas del Riachuelo y más allá del Río de la Plata. Tras aquella época de la bullanga, el compás tanguero del ‘cuarteto’ retornó a su primigenio sendero. “Tuvieron vida fugaz las chácharas sonoras del ‘Vea… vea…’ y ‘El Gran Bonete’. Pero quedó firme ese tango del binomio, porque era tango de verdad”, señala el recordado García Jiménez . Y prosigue: “Y como si en la perduración llevase implícito el signo de un tiempo, Fuegos artificiales suena siempre en las orquestas con su ley de origen. El piano, los violines aguijando la cuerda prima, los bandoneones petardeando y al abismal contrabajo cayendo las estrellas de la cohetería chispera”. 

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