Fábulas de la luna: poesía y misterio entre los incas
“Al eclipse de la luna, viéndola ir negreciendo, decían que enfermaba la luna, y que si acababa de oscurecerse, había de morir y caerse del cielo, y cogerlos a todos debajo y matarlos, y que se había de acabar el mundo. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la luna, tocaban trompetas, cornetas, caracolas, atabales y atambores, y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido; ataban los perros grandes y chicos, dábanse muchos palos para que ahullasen y llamasen la luna, que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la luna era aficionada a los perros por cierto servicio que le habían hecho, y que oyéndolos llorar habría lástima de ellos, y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba”, leemos en el texto de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, libro publicado en Lisboa en 1609; la segunda (la Historia general del Perú), vería la luz póstumamente en la andaluza Córdoba, en 1617.
Colmada de ternura y fantasía, las concepciones del asombro cósmico se reflejan en la vida y costumbres de la civilización incaica. Cuando se refiere a las “manchas” de la luna, expresa que era otra fábula más sencilla que la de los perros. “Se podía añadir –asevera el Inca Garcilaso– que la gentilidad antigua inventó y compuso a Diana, haciéndola cazadora”. Mas existe otra que cuenta cómo una zorra se enamoró de la luna por verla tan hermosa. Con el fin de hurtarla, subió al cielo, y cuando quiso echar mano de ella, la luna se abrazó a la zorra, pegándosela a sí misma. Causa, por ello, de aquellas “manchas”.
Así, pues, los incas veneraban a la luna, hasta el extremo de que obligaban a los muchachos, y aun niños, a llorar y dar grandes voces y gritos, llamándola Mama Quilla, esto es, madre-luna, rogándole que no se muriese, porque, si no, perecerían todos. Mujeres y hombres hacían de idéntico modo. “Había un ruido y una confusión tan grande que no se puede encarecer”, agrega el Inca Garcilaso. En lo que concierne al eclipse grande o pequeño, los incas juzgaban que no era sino la “enfermedad de la luna”. En caso de que fuese total, concebían que la luna estaba muerta; por momentos temían la caída de la luna, muriéndose ellos. Verdaderamente, el efecto no era sino “llorar y plañir”, como gente que “veía al ojo la muerte de todos y acabarse el mundo”.
Los incas, no obstante, cuando veían que la luna iba paulatinamente volviendo a recuperar su luz, afirmaban que “convalecía” de su enfermedad, pues el Pachacamác –que era el sustento del Universo– le había concedido salud. A la diosa le suplicaban que no muriese, porque, en caso contrario, perecería el mundo. Y cuando acababa de estar del “todo clara”, le expresaban la “norabuena de su salud”, además de “muchas gracias” por no haberse caído.
Música y canto, poesía y misterio que el Inca Garcilaso evoca, fiel escribano: “que yo veía con propios ojos”. Los indios collas tañían algunas consonancias con unos instrumentos hechos con “cañutos de cañas, cuatro o cinco cañutos a la par; cada cañuto tenía un punto más alto que el otro, a manera de órganos”. “Cuando yo salí del Perú –añade el Inca Garcilaso–, que fue en 1560, dejé en el Cuzco cinco indios que tañían flautas diestrísimamente por cualquiera libro de canto de órgano que les pusiesen delante”.