El alumbrado y otras evocaciones del viejo Montevideo
“Figurémonos una población en tinieblas, con más huecos, zanjas, albañales, estorbos y desperfectos que otra cosa; en que para salir de noche, era preciso hacerlo con linterna, para evitar tropezones y caídas, por cuanto uno que otro farolito en la puerta de alguna esquina, que desaparecía al toque de ánimas, en que todo se cerraba, no suplía la necesidad de alumbrado en las calles. Se hacía indispensable alumbrado público siquiera en la calle principal de San Pedro y en una que otra de lo más poblado”, escribe el narrador y periodista Isidoro de María en su fiel Montevideo antiguo (selección), Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1965.
Recordemos que en 1975 el Cabildo de Montevideo acordó establecerlo, “sacando a remate el ramo”. Maciel –el nombrado “Padre de los pobres”– lo asentó en sociedad junto con don Juan de Molina. Desde entonces se creó el impuesto de alumbrado, fijándose “real y medio” por puerta. Los faroles, de forma ovalada, altos, con largos pescantes de fierro. Mas, ¿cómo se hacía el alumbrado? Con velas de sebo, denominadas “de baño”, de dos tercios de largo, según el arancel del Cabildo. Se fabricaban en el establecimiento de velería de Maciel, sito en la calle de San Miguel, continuo a la plazuela, por entonces, de San Francisco. “Don Manuel Otero, maestro armero, herrero y cerrajero, contrató el ramo de herrería. Don Gregorio Antonio Márquez, farolero, contrató los faroles, y Don José Mateo Yarza la provisión de velas”, precisa el escritor y cronista Isidoro de María.
El hecho es que las “botijuelas” de aceite hacían entonces el oficio de “candilejas”. El Cabildo quería alumbrar las murallas. No habiéndolas encontrado en cantidad suficiente, se mandó llevar a cabo 155 tinas de barro cocido a los alfareros de Buenos Aires, en lugar de las 280 candilejas que se necesitaban. Costaron pues, aquellas tinas “nada menos que 327 pesos”. Don Jaime Alsina fue el encargado de “trabajarlas” en Buenos Aires, pasando la cuenta de su costo al Cabildo, con la fecha de “Buenos Aires, mayo, 2 de 1808” y la firma de Jaime Alsina.
“Una vez allá por el año 1812, cuando se juró la Constitución de Cádiz –expresa el cronista De María–, aparecieron sobre la azotea del Cabildo, unas luminarias transparentes sobre fondo blanco, ideadas por el Padre Arrieta, dispuestas en doce letras grandes colocadas delante de las candilejas, formando este letrero: ‘Viva Fernando’. Eso fue objeto de gran novedad, un prodigio en aquel tiempo”.
Asimismo, a comienzos de este siglo XIX, el gobernador Bustamante y Guerra “hizo sentir” la necesidad de procederse a la “compostura” de las calles y calzadas con postes en sus pertenencias, a fin de impedir el daño causado por las carretas en las aceras y edificios. El Cabildo, en efecto, puso en ejecución la idea y se empezó, desde 1802 o 1803, a poner postes de madera en las aceras, destinándose, sobre todo, a las esquinas los “cañones viejos del Parque” para postes. “Allá en el año de gracia de 1769 –cuando las vacas valían ‘siete reales’, y los novillos ‘nueve’–, de este lado del Santa Lucía, adquirió, por carambola, el Ayuntamiento de Montevideo, en ‘60 pesos’, un reloj de campana, que había pertenecido a los Padres expulsos de la Compañía de Jesús”, agrega Isidoro de María.