Opinión

‘Pero yo sé…’, la voz de Azucena Maizani y Enrique Delfino

Isaac Otero | 10 de julio de 2017

Azucena Maizani, nacida en 1900 y extinta en 1970, fue “bautizada” por un ingenioso periodista como la “Ñata Gaucha”, cuando comenzaban las denominadas “revistas especializadas”. Azucena Maizani no tuvo ningún recelo en contarle al compositor y tangófilo Francisco García Jiménez sus humildes orígenes en una cama numerada del hospital ‘Rivadavia’. “Azucena… La noche del 23 de julio de 1923 nació de veras iluminada por las candilejas del viejo escenario del ‘Nacional’ de la calle Corrientes, al entonar el tango Padre nuestro, obra de Delfino y Vaccarezza, en el sainete de éste A mí no me hablen de penas”, escribe el inefable Francisco García Jiménez en su tan deleitoso como pedagógico ensayo cuyo título es Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

“Estaba allí cantando, con todos los derechos –agrega García Jiménez–, ya que ella misma era la encarnación de la protagonista de aquel Maldito tango que corría por los mundos con machacona letra: ‘En un taller feliz yo trabajaba…”. ¿Quién podría olvidarse de aquellas tristes estrofas y poemas del inconmensurable poeta Evaristo Carriego? Eran los “talleres” y “modistillas” de los suburbios y barrios porteños de Almagro, Palermo, San Juan y Boedo antiguo… Evoquemos, por ejemplo, la vocecita de Raquel Meller. “Como Raquel, salió Azucena del taller para cantar al pueblo. Las dos, hijas de las circunstancias –proseguimos leyendo en las evocadoras páginas de García Jiménez–. Aquélla, en un barracón barcelonés del ‘Paralelo’. Y le bastó para volar a la gloria parisiense del ‘Olympia’, la voz pequeñita y dulzona, que sabía sofisticarlo todo”. En cuanto a Azucena, se ofreció de “partiquita” en el teatro ‘Apolo’, cuando Enrique Delfino casualmente la oyó cantar y se la llevó al ‘Nacional’, a fin de que le estrenara su Padre nuestro

“Pero yo sé que metido, / vivís penando un querer,/ que querés hallar olvido/ cambiando tanta mujer”. Andanzas y desventuras de los tangos –igual que éste de la Maizani– con similares vericuetos a la propia vida humana. “Llegando la noche/ recién te levantas”… Y su nombre surgió bien alto en el “trocén” de Buenos Aires. Estrenó ese tango Pero yo sé… en 1928 durante una temporada del teatro ‘Astral’, de la llamada “calle sin sueño”, Corrientes. Era “el reinado ubicuo de la cancionista favorita –continúa Francisco García Jiménez–. De las ovaciones del ‘Porteño’, que rebotaban en un par de esquinas ‘clásicas’, Esmeralda y Suipacha, ella iba a buscar similares trofeos en el centenar de metros impares (en numeración y tradición ciudadanas) que se tienden desde el cruce de Paraná al de Montevideo”.

¡Ah “Ñata Caucha”! De generosa mano y corazón, cuarenta años cantando. Y “sus ojos se cerraron” –como en el célebre tango– una noche de noviembre de 1962 en un festival apoteósico en el mismo teatro ‘Astral’ de sus gloriosas noches, al término de la década de 1920. Aplausos, besos, flores. Ella se sintió impulsada a vestir el ropaje masculino para autentificarlo. Aquello, sin embargo, estaba ausente del comercio fonográfico.

¡Amargo destino de la Maizani! ¿Dónde se hallan aquellos discos que nos devuelvan los triunfos canoros de Azucena? He ahí la flor de la copla porteña en “compás de dos por cuatro”. Ineluctable destino de las hojas secas de los otoños de todos los tiempos. 

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