Opinión

Testimonio de luces y sombras (y II)

“¿Cuáles serán las conclusiones de nuestro peregrinaje? No lo sabemos. Vamos a descubrir nuestra propia verdad, con nuestra desinteresada y a la vez cruel parcialidad. Si fuéramos comunistas, nuestra tarea sería fácil y las conclusiones, conocidas de antemano; deformaríamos consciente e inconscientemente todos los hechos para someterlos a la disciplina del marxismo y a la fe ingenua y fecunda de los hombres de acción.
Testimonio de luces y sombras (y II)
“¿Cuáles serán las conclusiones de nuestro peregrinaje? No lo sabemos. Vamos a descubrir nuestra propia verdad, con nuestra desinteresada y a la vez cruel parcialidad. Si fuéramos comunistas, nuestra tarea sería fácil y las conclusiones, conocidas de antemano; deformaríamos consciente e inconscientemente todos los hechos para someterlos a la disciplina del marxismo y a la fe ingenua y fecunda de los hombres de acción. ¿Acaso todo –ay– con un poco de buena voluntad, no llega a explicarse por el factor económico? Vivimos al final de una civilización y, como ha ocurrido siempre, el materialismo es proclamado la clave de todos los misterios. El mundo se convierte en una máquina y la explicación de todas las cosas se vuelve una competencia entre la dialéctica y el ingenio. Si fuéramos anticomunistas, nos sería igualmente fácil denigrar todo el esfuerzo soviético, poniendo de relieve el lado grotesco y los tanteos infantiles y a menudo sanguinarios de toda idea que se esfuerza, implacable y torpemente, en convertirse en realidad.
“Nuestra tarea es mucho más ardua e ingrata. No somos ingenuos que creen en la felicidad; ni débiles que, al primer choque, se desploman sobre el suelo, desamparados; ni escépticos que contemplan desde la cima de sus espíritus burlones y estériles, el esfuerzo sangriento de la humanidad en marcha. Creyendo en la lucha, sin ilusiones, nos hemos armado contra la decepción. Sólo los románticos simplistas descubren en la clase proletaria nada más que virtudes; nosotros, al contrario, sabemos que esa clase, que lleva dentro de sí todos los gérmenes del porvenir, es aún torpe, ignorante, sin conciencia neta de sus deberes, atiborrada por dogmas verdaderos, pero groseramente elaborados… La lucha es, a menudo, motivada por los viles instintos del estómago y del bajo vientre; la sed de goces materiales aguijonea con frecuencia su carne y los empuja al combate. Pero esas son trampas que el demonio de cada época arma para obtener sus fines, esos que sobrepasan siempre los deseos de los combatientes. Si los bajos instintos de la masa no fueran excitados, su fervor por el combate sería morigerado y la ascensión de la humanidad se haría más lenta y comprometida. La masa, al precipitarse para saciar sus instintos sirve, a su pesar, a una finalidad superior.
“Así como el voraz insecto, removiendo los pétalos se precipita sobre la miel que se halla, como vórtice del deseo, en el fondo de la flor. La hambrienta mariposa cree que no hace sino saciar su apetito, pues la miel no tendría otra misión que llenarle su vientre. Pero mientras come y se hincha, su cuerpo, sus patas y sus antenas están salpicados de polen amarillo, y cuanto más le acucia el hambre y se hunde y se remueve, más polen se amontona sobre él. Y cuando se marcha y viola otras flores, transporta consigo ese polvillo misterioso, y sin saberlo ni quererlo, fecunda todo un jardín. Tal es el santo destino de las satisfacciones materiales. ¿Cuál es nuestro deber? Colaborar en esa obra superior a nosotros mismos, conscientemente. Ser los insectos que comen y beben sabiendo por qué. Ver las aspiraciones de la masa y no sentirnos disgustados por ella.
“Afrontando así el ideal y la misión de los bajos instintos, nos corresponde también, según creemos, revelar sin temor a rebajarla, toda la verdad. Conscientes del universal egoísmo y del materialismo de nuestra época, sabemos que el recién nacido comienza a parecerse a su época: su hambre exige de comer. Como todo organismo apegado a la tierra, tiene necesidad de comer y de beber, de acaparar el mayor espacio posible sobre el mundo entero. Pero así como el recién nacido no ha tenido nunca sed de ideal antes de nacer, nadie le sentirá mañana cuando se halle ahíto de pan.
“Igual que el pequeño Dionisios, ríe, gime y danza por exceso de fuerza. Pero su risa se ve pronto ahogada por las potencias enemigas que acechan en todas partes y se encarnizan en matarlo. Hemos oído su risa y sus llantos; nos dirigimos a través de nuestra angustia hacia él. Lo que le otorgamos como presente no es incienso ni oro, sino nuestras inquietudes y nuestros problemas llenos de amor.
“El momento que atravesamos es tan grave, que toda mentira sería un acto deshonroso. Cada cual tiene el deber de decir su verdad y de ocupar su puesto en la gran batalla inminente. Si fuera dado al hombre captar toda la verdad –su núcleo incandescente y su vibrante nebulosidad– en palabras, nuestro verbo sería rudo, visionario, cegador… Lo que hoy se hace en Rusia conscientemente es pálido e incierto en comparación con lo que estalla en lo inconsciente sin que los jefes lo sepan ni lo quieran. Vagamente nosotros adivinamos que gigantescos hechos se siembran sobre ese campo inmenso y fecundo de los mujiks. Desgraciadamente vivimos muy poco y apenas si tenemos tiempo para adivinar –y eso es un destello demasiado fugaz– la curva que brota y se proyecta desde el efímero punto de nuestra ruta.
“¡…Corazones ardientes y puros de todos los países, uníos! ¡Ajustemos nuestros ceñidores y pongámonos en marcha! ¡Moscú nos llama!”.

Hasta aquí las palabras y las invocaciones ardorosas de Kazantzakis para animar, desde el meollo discursivo de su texto, la peregrinación que había nacido en su juventud temprana, allá, en la pequeña isla henchida de mies y aceitunas, en Creta. Después de la muerte de su amado compañero Panait Istrati, también a él le acometería la decepción, el desencanto de una nueva utopía. No obstante, hasta el final de su existencia, el cretense iba a buscar la brasa incandescente de la ilusión, simbolizándola en una suerte de combate incansable con Dios, para desentrañar sus inasibles enigmas.
Quizá haciendo suyo, como nosotros ahora mismo, el reclamo de un poeta galaico que imprecaba: “Mejor no despertar, Señor, si has borrado la Utopía de la faz de la Tierra”.
Seguimos soñando para despertar unidos al Ideal, con la fuerza y la porfía con que se cierran nuestros brazos sobre el cuerpo anhelante del ser amado…

Testimonio de luces y sombras (y II)