Opinión

Misiva in extremis

| 17 de febrero de 2010
Micaela Souto Portela (A Coruña, 12.02.1920-Puerto Williams, Chile, 10.02.2010), me hizo llegar esta carta póstuma, que entrego a mis fieles lectores. Después de un largo periplo, vital y geográfico, ha muerto esta magnífica gallega, escritora y periodista, en la villa más austral del mundo, Puerto Williams, Finisterre de Sudamérica. Algún día daremos a conocer sus numerosos escritos inéditos y notables estudios filológicos.

Benquerido Edmundo:
Te llegará ésta como postrera misiva, in extremis, según tu gusto por los latines, porque me ha costado mucho, no ya escribir sino dictar a mi amiga, Doris Bahamonde (verás qué linda letra tiene), dueña de la pensión que me provee del diario alimento, aunque en las últimas semanas sólo puedo tragar algo de sopa y un té de yerbas que sabe a todas las amarguras de la vida... Como el Manco de Lepanto, a quien tanto queremos tú y yo, en estas horas finales siento que “llevo sobre mi vida el deseo que tengo de vivir”, pues aunque no le temo a la Parca, preferiría no tener cita con ella, pero el momento está escrito y es ineludible su sino, aunque Álvaro el Fabulador nos diga que “procuren un lonxe i un ningures os camiños onde morrer” (1).
He decidido testar. Como sabes, no tengo descendencia viva y sólo tú eres mi heredero espiritual y afectivo, por lo que recibirás todos mis bienes, es decir, cuarenta y siete libros, de diversos autores y estudiosos, sobre el tema del imaginario popular: creencias, cosmogonías, supersticiones, hábitos, refranero, narrativa oral, la mayoría de ellos relativos a Galicia y Portugal, unos pocos de esa España que tú y yo amamos a la manera de Antonio Machado… Vas a recibir una caja, vía correo marítimo, exceptuando naufragio o desastre natural, con el remitente de Doris, para que no te pille desprevenido y vayas a devolverla, pensando que ella –Doris– no figura en tu agenda de mujeres conocidas… Pondremos “por pagar en destino”, porque muero sin blanca y no quisiera perjudicar, más aún, a la buena de Doris, esta chilota que ha sido para mí una amiga o una verdadera hija, si me apuran más.
Iba a dejarte también algo más de doce mil euros, porque cuando salí la última vez de Galicia, allá por noviembre del 75, cuando murió en su cama el Gran Sátrapa, tenía en mi cuenta de ahorros de la Caixa algo así como doscientas mil pesetas, pero al producirse la reconversión a esta rarísima moneda que llaman euro, mi dinero pareció esfumarse, y diez años más tarde recibí una carta de la entidad financiera en que se me comunicaba una deuda insoluta, por intereses no sé de qué (jamás he solicitado empréstitos ni créditos de ninguna especie), ascendiente a trescientos treinta y tres euros… Edmundo, no quiero cruzar el río y dejar en esta ribera una deuda pecuniaria (las otras ya no hay tiempo de pagarlas y en el Pasivo de los Sueños Incumplidos quedarán), por lo tanto, te dejo el encargo de saldarla con la Caixa (te darán facilidades, seguro, y con los ingresos provenientes de tus extraordinarias crónicas, podrás borrar de la usurera memoria el rojo cifrado de mi nombre)…
Creo que uno de los grandes errores históricos de España fue acogerse al anodino euro y dejar en el olvido la peseta, pues ésta es quizá uno de los más señeros símbolos de “lo español”, esa rara esencia que muchos buscan en el toreo –de ruedo o de salón–, en el cuplé y el fandango, en el flamenco y en el cante jondo, en la Iglesia inquisitorial de Cristo Rey o en la Semana Santa de Sevilla… Ciento treinta y cuatro años (1868-2002) vivió con nosotros y para nosotros, Doña Peseta, con su hijo el Duro, su niña la Pela, y el nieto Real, hasta que llegaron los post modernistas, vástagos de Ortega y Gasset, para reflotar la viejísima idea de Europa (que es griega, como casi todas las ideas)… Como siempre, los únicos astutos y avisados han sido los hijos de la Pérfida Albión, que recogen los beneficios y ventajas europeos pero no renuncian a la identidad magnífica de su Libra Esterlina, con sus raras y complicadas fracciones del Chelín y el Penique, amancebadas con la Guinea… Sabes bien que la Esterlina es un tipo de aleación argentífera, que sirvió de apellido al símbolo del poder victoriano…
Cómo nos parecemos tú y yo, caro Edmundo, en la dispersión compulsiva del lenguaje, yéndonos por las ramas, apostillándolo todo, glosando donde no hay que glosar, en resumen, buscándole la quinta pata al gato, aunque felinos los hay de más de cuatro extremidades, sobre todo en estos tiempos de falaces confusiones.
En la tarde de este 4 de febrero de 2010 llueve intensamente en Puerto Williams, con vientos huracanados que bordean los cien kilómetros por hora… Contemplo el paisaje desde mi lecho. Cuando sienta que mis últimas fuerzas flaquean, cuando el hálito de mi alma pugne por volar con el último suspiro, quizá pueda decir a Doris, en palabras de Rosalía: “Abre la ventana; quiero ver el mar”.
Hubiese deseado ser cremada, como bendito acto de purificación, pero no será posible en esta húmeda latitud del fin del mundo. Seré enterrada en el pequeño cementerio local, con mis pies enfilados hacia el Noroeste, como si la brújula del alma señalara el rumbo de mi amada Galiza.
Edmundo querido, me despido de ti con un simple “deica logo”, o mejor con este postrer “aburiño” que tanto gustaba a tu señor padre.
Agarimos.
Micaela

(1) Procuren un lejos
y un “ninguna parte” los
caminos donde morir.
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