Opinión

Espejo de la vida

| 10 de septiembre de 2010
Parece cierto: un dibujo de Shakespeare hallado en Londres, es su verdadero rostro, y no las copias engañosas vistas hasta ahora.
Las pinceladas datarían de 1610, cuando el dramaturgo tenía 46 años. La pintura, sobre un fondo azul, lo muestra elegante y sin el célebre arete en la orejuela.
Se matiza que si un hombre leyera a lo largo de su vida solamente la tragedia de ‘Hamlet’, hallaría en el texto todo lo necesario sobre el ser humano, y si a la lectura se añade el libro de Víctor Hugo dedicado a la obra del inglés, conocería el alma del genio de Stratford.
Lo expresó el autor de ‘Nuestra Señora de París’: “¡Hamlet! Espantoso ser en lo incompleto. Serlo todo y no ser nada. Es príncipe y demagogo, sagaz y extravagante, profundo y frívolo, hombre y neutro (...) juega con cráneos humanos en un cementerio, aterra a su madre, venga a su padre, y termina con un gigantesco signo de interrogación el temeroso drama de la vida y de la muerte”.
De la mano de Shakespeare vamos de la luz a la sombra en un soplo, y en medio, se desnudan cada una de las connotaciones del perpetuo resentimiento nacido en lo más insondable de nuestras entrañas.
El Príncipe de Dinamarca existe, vive entre nosotros, y sigue siendo sombrío, temeroso, ambivalente y al mismo tiempo sarcástico.
Cuenta la Mitología grecolatina que Sísifo, rey de Corinto, famoso por su astucia, al morir fue castigado al infierno, y para no permitirle hacer uso de ninguna de sus tretas, debía empujar hasta la cima de una montaña una pesada piedra, pero ésta, antes de llegar a la cúspide, caía, por lo que Sísifo debía comenzar de nuevo.
Y en esto debe estar en estos instantes el propio ‘Hamlet’, delfín terrible, apocalíptico, fiduciario de las dos partes del Destino sin poder asumir cuál de ellas pudiera ser la verdadera.
Del literato favorito de la corte londinense se puede decir lo inimaginable. En sus comedias hay un mundo en miniatura. Nada se le escapó. De una manera u otra, nuestras pasiones, anhelos, enajenaciones y arrebatos, está agrupado en sus letras.
Harold Bloom, en ‘Cómo leer y por qué’, menciona un prefacio de Samuel Johnson retrato del personaje: “Éste es, pues, el mérito de Shakespeare: que sus dramas son el espejo de la vida; que aquel cuya mente ha quedado enmarañada siguiendo a los fantasmas alzados ante él por otros escritores pueda curarse de sus éxtasis delirantes leyendo sentimientos humanos en lenguaje humano, mediante escenas que permitirían a un ermitaño hacerse una opinión de los asuntos del mundo y a un confesor predecir el curso de las pasiones”.
¿Es Shakespeare el autor de las famosas obras? ¿El lienzo descubierto en Londres hace meses representa al verdadero William nacido en Stratford on Avon el año 1564? Ante ello una pregunta: ¿Importaría mucho?
En verdad nada mientras podamos seguir deleitándonos con esas magnas creaciones de las emociones humanas.
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca