Ancud y Castro, las poblaciones de Chiloé
Acá, en Ancud, se percibe, diferenciándose de la población de Castro, que el ser humano ha venido de otro lugar. Se transparenta el “español”. Excepto la frecuencia lluviosa así como las casas de madera, la ciudad de Ancud bien pudiera estar fuera de Chiloé, aunque, eso sí, sin cambiar de espíritu. En Castro, no obstante, ya se observan casas anchas, simpáticos muchachos, de baja estatura, una pizca rechonchos, mas de generosas espaldas, dotados de una vivísima charla, tanto que, desde el primer instante, nos interrogamos qué rara lengua hablan estas gentes, porque no la podemos entender.
En los alrededores de la ciudad de Castro se columbran colinas cultivadas y breves ensenadas. Los lanchones llegan cargados de sacos de “papas”, esto es, de patatas. Porque, ciertamente, Chiloé es, por excelencia, “la tierra de las buenas papas”, pues por ellas vive y de ellas se alimenta. La ciudad de Castro exhibe, de este lado, un campestre paisaje; del otro, uno marino, con su fiordo azul engalanado de velas. He ahí, sobre las domingueras embarcaciones, a las bellas mujeres, vestidas de alegres colores. Las carretas de Chiloé parecieran botes: unas artesas de madera –las “narrias”–, de fondo plano y suave, que se deslizan a través de los caminos y lodazales. Una yunta de bueyes anima con fuerza este insólito vehículo. Si vamos al archipiélago de Calbuco, reconoceremos esos “peloponesos” –evocando la geografía de Grecia–, con casitas blancas y una iglesia de elevado campanario, además de no pocos techos rojos que semejasen emerger del mar. Vemos el archipiélago de Quinchao, cuyo paisaje en poco difiere de la Isla Grande, si bien con mayor umbría.
“En Quemchi, más al norte, hay unos como malecones hechos con empalizadas. Sostienen un camino iluminado con faroles de parafina que se reflejan en el agua glauca. Hay en Quemchi un ambiente de puerto pesquero, perdido en algún rincón del Báltico. Como él se encuentran tantos otros siguiendo la costa o navegando entre los archipiélagos”, escribe emocionadamente el geógrafo e historiador chileno Benjamín Subercaseaux en su clarividente libro Chile o una loca geografía, Editorial Universitaria, 6ª edición, Santiago de Chile, abril de 1988.
Ahora bien, en las islas Chauques –o allá lejos, en el grupo “Desertores”, próximo al continente– las aldeas se volatilizan como por ensalmo, y los “chilenos” también. Vemos a los pescadores indígenas con sus aisladas casuchas, al igual que fragmentos perdidos de la primigenia población de estas inéditas regiones. Así, pues, Chiloé y sus islas reflejan sobre todo un refugio de una vida que debió de existir en los canales australes, aun cuando el severo frío y la adversa influencia de cazadores y loberos fueron recortando esta parte más abrigada y favorecedora. “Así como Magallanes es el centro hacia donde convergen las actividades esporádicas de esas inmensas soledades que van desde Natales hasta el ‘Beagle’ –nos recuerda el admirado Benjamín Subercaseaux–, Chiloé, acá en el norte, es también un centro de actividad para esos puestos avanzados que se llaman: Yelcho, Palena, Cisnes y Aysén. Hasta la lejana Melinka explota más confiadamente sus cipreses y alerces mirando a Chiloé, su hermana mayor”.
Entre la Isla Grande de Chiloé y el continente existe un “pequeño mar interior” que nos regala varios nombres, según la región que acarician sus aguas. Al norte, “la bahía de Puerto Montt”.