Opinión

La Basílica de Santa María de Pontevedra y Filgueira Valverde

| 23 de agosto de 2010
Editado por la “Fundación Pedro Barrié de la Maza” e impreso en “Artes Gráficas Galicia” de Vigo en 1991, tengo a la vista el documentado e imprescindible libro La Basílica de Santa María la Mayor de Pontevedra escrito por el ya fallecido polígrafo y profesor pontevedrés Don Xosé Filgueira Valverde, Director Emérito del Museo de Pontevedra. “Na memoria dos meus egrexios ‘mestres’ gratuítos Sampedro Folgar e Pérez Constanti, ós que tanto deben a miña formación e este libro” leemos en la página destinada a sus dedicatarios. La Iglesia de Santa María la Mayor se eleva sobre un alcor, divisando el paisaje de la esplendente Ría y la confluencia de los ríos Alba y Lérez. Conviene recordar que el hallazgo de un hacha de piedra tallada manifiesta un remoto poblamiento. Asimismo algunos restos de cerámica nos ofrecen la posibilidad de que hubiera sido un “castro”. Y una inscripción romana, un tanto dudosa –“Aram et Sedilia”–, permitió al arqueólogo e historiador Casto Sampedro Folgar intuir un espacio dedicado al culto de Hércules que se perpetúa en diversos puntos de esta obra del siglo XVI al igual que en la consabida insignia del “Gremio de Mareantes”.
La feligresía tiene como sustancia el “arrabaldo” de la Moureira: el de pescadores, marinos y calafates de ribera. Otra de las agrupaciones es la de  “Santiaguiño do Burgo Pequeno”, a la salida del Puente, equivalente a un anexo. Dentro de la “Villa” tal vez, debido a lo exiguo de su demarcación, empezó como una parroquia casi extramuros. El “Campiño” y “Martín Fervén” y la Judería y el solar de las Torres Arzobispales constituirían parte de su geografía, en la parte alta del conjunto urbano. A pesar de tal situación se estimó “iglesia matriz”, preponderando sobre la de San Bartolomé, la cual tuvo al principio una población de menestrales y burgueses, mercantil y de servicios, a la que se agregaron mucho más adelante no pocos nobles, durante la época en que les fue dado el permiso para construir sus torres y pazos en el interior del cerco de sus murallas.
Excepto un corto “ínterin” de realengo –durante el reinado de Felipe II–, la villa de Pontevedra perteneció al “señorío” del Arzobispado de Santiago, que tuvo acá su castillo, junto a esta iglesia, considerada como “propia” no sólo desde el punto de vista canónico sino también en el tributario y de patronato, si bien éstos compartidos. En cuanto a elogios se refiere, suelen resaltarse tres de entre los textos con anterioridad al siglo XIX: el de Ambrosio de Morales en su libro Viaje Santo de 1572; el de Gerónimo del Hoyo en sus Memorias del Arzobispado de Santiago, y el de Fray Martín Sarmiento, quien al mismo tiempo realizó una descripción de las más específicas y extensas de la erudición española del siglo XVIII.
¿Quién podría resistirse a evocar aquellos dibujos de Pérez Villamil y Gil Rey, Enrique Campo y Pradilla, Souto y Alcoberro, Sobrino y Portela? ¿O las alabanzas escritas por eruditos, viajeros y poetas como López Ferreiro y Manuel Murguía? Los Documentos de Casto Sampedro Folgar, no obstante, ponen la guinda –merced a la publicación de una serie de inscripciones que dan pretexto para un intenso y amoroso estudio del templo–  a aquel soberano tríptico de las brillantes odas, tan sabias, dedicadas a la Iglesia de Santa María.
Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca