PILAR PIN ACUDIÓ A LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE EDMUNDO MOURE \'CHILOÉ Y GALICIA, CONFINES MÁGICOS\'
Un momento mágico
Así definió, en escuetas y lúcidas palabras, el cónsul de España en Chile, Víctor Fagilde, al encuentro de presentación del libro ‘Chiloé y Galicia, Confines Mágicos’, del escritor chileno-gallego Edmundo Moure, que tuvo lugar el viernes 7 de mayo en el Salón de los Reyes, Estadio Español de Las Condes, Santiago de Chile.
Así definió, en escuetas y lúcidas palabras, el cónsul de España en Chile, Víctor Fagilde, al encuentro de presentación del libro ‘Chiloé y Galicia, Confines Mágicos’, del escritor chileno-gallego Edmundo Moure, que tuvo lugar el viernes 7 de mayo en el Salón de los Reyes, Estadio Español de Las Condes, Santiago de Chile: “Un momento mágico en el que confluyen hechos poco habituales, como que el Consulado patrocine un acto cultural y literario, en esta casa donde se congregan y comparten todos los hispanos de Chile, con el honorable respaldo de la directora de Ciudadanía Española en el Exterior, Pilar Pin; además, que se trata de una obra inserta en la notable colección, recién presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires, ‘Crónicas de la Emigración’, que impulsa y desarrolla el ‘Grupo de Comunicación de Galicia en el Mundo’, cuyo director nos acompaña en la testera; y que sea un gallego, hijo y heredero de la diáspora, el creador del texto que hoy nos convoca”.
Pilar Pin, por su parte, agradeció la oportunidad de presidir el encuentro, destacando los alcances del libro y su logrado acercamiento de territorios en apariencia tan distantes, a través de la palabra y del imaginario popular, como son la Galicia atlántica y el Chiloé austral… Quien haya nacido y vivido en las comarcas que acunaron a Rosalía de Castro, a Ramón Otero y a Álvaro Cunqueiro, entenderá cómo los sonidos de la naturaleza pueden suscitar imágenes y aun aromas singulares… Una muestra más, agregó, de las huellas culturales y anímicas que la España plural y multifacética ha impreso en América.
Una nutrida concurrencia otorgó adecuado marco a la ceremonia, en el soleado mediodía de mayo. Conocidos escritores y miembros de la intelectualidad chilena, entre los que cabe mencionar a Reynaldo Lacámara, presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, a los poetas Theodoro Elssaca, Víctor Hugo Díaz, Benito Moreno y Edmundo Herrera; a los narradores Walter Garib y Diego Muñoz; a la poetisa Estela Socías; al cantautor Eduardo Peralta; al pintor y dibujante Gerardo Castillo; al ensayista e investigador Julio Gálvez… Parientes y amigos del autor, directivos de las colectividades españolas… El joven gaitero José María Moure Moreno, interpretando melodías gallegas y de Violeta Parra… Como bien destacara Luis Vaamonde, quien moderó la reunión: “El acto adquirió un alto nivel intelectual, refrendado por las intervenciones ya señaladas, a las que se agregaron los discursos de Renato Cárdenas y Edmundo Moure, ambos como representantes míticos y culturales, podríamos decir, de Chiloé y de Galicia, respectivamente”.
Reynaldo Lacámara abrió el acto con una breve presentación del autor y del libro. Destacó la acertada utilización de la crónica para lograr una obra que une la investigación y la analogía ensayísticas, junto a un lenguaje de sonoridades poéticas, para expresar un mundo en el que conviven realidad y fantasía, cotidianeidad y mitos, estableciendo un fascinante paralelo entre dos culturas que unieron su imaginario a través de los mares y de los montes colosales.
Edmundo Moure, en breve alocución, señaló: “Este libro comienza a gestarse hace veinticinco años, después de mi segundo viaje a Galicia, aún empapado por la emoción de aquel Congreso Rosalía de Castro e o seu Tempo, en el verano de 1985, en Compostela… A poco de regresar, viajé a la Nueva Galicia austral, a Chiloé o Chilhué, con su mágica y porfiada toponimia que podemos traducir como “lugar de gaviotas”, nombre que superó, como en muchos otros lugares, a la denominación española, imponiéndose en el ritual mágico de nominar el entorno para hacerlo nuestro… De la mano de mi caro amigo, Renato Cárdenas, descubrí una comarca maravillosa, de hondas y asombrosas semejanzas con esa Galicia profunda que nos develara nuestro padre Cándido… Al poner pie en el pueblo de Chacao, que es el portal de entrada a la Isla Grande, recordé las palabras del historiador chileno, Isidoro Vázquez de Acuña: ‘Martín Ruiz de Gamboa arribó a Chiloé en el verano de 1567, después de atravesar el canal de Chacao en dalcas –pequeña embarcación de madera y cuero que empleaban los indios Chono en sus navegaciones por los canales de Chiloé–, con los caballos a nado tirados de sus cabestros. Este traslado fue en verdad un portento (sólo obtenido gracias a la hábil ayuda de los canoeros chono), calculándose en doscientos los equinos que traspasaron aquella acuática llanura fría, ávida de naufragios… Al llegar Gamboa a la desembocadura del río que hoy lleva su nombre –la comarca más austral del mundo bajo la advocación del Apóstol de las Españas– fundó la ciudad de Santiago de Castro y bautizó toda la tierra como Nueva Galicia, en honor a su suegro y Gobernador de Chile, Rodrigo de Quiroga y Camba, natural de la aldea de Seteventos, tierras de Chantada, provincia de Lugo…”.
Hay sin duda otros testimonios valiosos de esta afinidad que Moure califica de “mágica”. Recordemos, al pasar, a nuestro querido cronista republicano, Ramón Suárez Picallo, en su vibrante pieza oratoria ‘Discurso a Chiloé, península gallega’. Asimismo, a Eduardo Blanco-Amor, quien canta su estremecido elogio a Chiloé en una de sus mejores crónicas, recogidas en el libro ‘Chile a la Vista’–Editorial Galaxia, año 2000; recolección y estudio filológico de Edmundo Moure–, cuando describe su abrupto despertar, en las riberas de Quellón, al sur de la Isla Grande de Chiloé, creyendo que había muerto en un naufragio y regresaba a Ortigueira, en el otro confín, en una especie de “transmuerte fabulosa”.
Pero lo que encomiamos aquí son los testimonios del autor –como lo destacara Reynaldo Lacámara– a través de su contacto directo con las gentes de Chiloé, para recabar sus relatos de esa curiosa realidad trasuntada en la cultura de bordemar, que une las experiencias pescadoras y marineras de los chilotes con su doble índole de pescadores vinculados al huerto y a las faenas agrarias, símil que conocemos en Galicia como “cultura de beiramar”, que hermana los mundos oceánicos con el trabajo ancestral de la tierra, otra semejanza notable entre ambos confines.
Renato Cárdenas, ese entrañable amigo de Moure, poeta, maestro de literatura, antropólogo y conocedor inmejorable del imaginario popular de Chiloé, deleitó a los asistentes con un relato donde cuenta la experiencia lúdica, de auténtico realismo mágico, de Micaela Souto con Antonio Cárdenas, personajes y entes reales a los que Moure convoca en los ‘Diálogos Caleños’, que cierran, de modo magistral, el libro. Nos cuenta Cárdenas:
“Micaela Souto cultivaba una maravillosa huerta, mientras vivió en Calen, Chiloé. Esa mañana, soñaba con sus arvejas y con el jardín que la rodeaba. Los zarcillos pretendían llegar a las nubes y se trenzaron con el arco iris. Las varas que sostenían la mata se quedaron cortas. Las vainas ya rompían el cascarón, como muchachas adolescentes.
Y ahí estaba Micaela, observando su paraíso lleno de luz, verdor y olores nutrientes. Pero una voz la sacó de su éxtasis:
-Micaela, le dijo, es muy bueno tu sueño, porque soñar con arvejas acarrea fortuna.
Micaela despierta bruscamente. La luz del patio entra por su alcoba. Se sienta en su cama y, levantándose, atraviesa la estancia, saliendo al patio donde queda su huerta, su maravillosa huerta, que la observa con sus ojos todavía turbios de sueño. Se da cuenta que es tan fragante y colorida como en el sueño… Ese extraño sueño. Entonces, advierte que algo anda mal. Vuelve la vista a la puerta que dejó entornada. Mira más allá del dintel de madera y pregunta, algo molesta:
-Y tú, ¿cómo sabías que yo soñaba con arvejas?
La voz, con humildad, desde muy adentro, le responde:
-Sucede, Micaela, que a veces los sueños se ven.
Y ella avanza un paso, se apoya en el umbral, entreabre más la puerta y, cerrando los ojos, le dice, casi clamando:
-Antonio, Antonio… ¡Cuándo irás a entender que ya estás muerto!”.
Pilar Pin, por su parte, agradeció la oportunidad de presidir el encuentro, destacando los alcances del libro y su logrado acercamiento de territorios en apariencia tan distantes, a través de la palabra y del imaginario popular, como son la Galicia atlántica y el Chiloé austral… Quien haya nacido y vivido en las comarcas que acunaron a Rosalía de Castro, a Ramón Otero y a Álvaro Cunqueiro, entenderá cómo los sonidos de la naturaleza pueden suscitar imágenes y aun aromas singulares… Una muestra más, agregó, de las huellas culturales y anímicas que la España plural y multifacética ha impreso en América.
Una nutrida concurrencia otorgó adecuado marco a la ceremonia, en el soleado mediodía de mayo. Conocidos escritores y miembros de la intelectualidad chilena, entre los que cabe mencionar a Reynaldo Lacámara, presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, a los poetas Theodoro Elssaca, Víctor Hugo Díaz, Benito Moreno y Edmundo Herrera; a los narradores Walter Garib y Diego Muñoz; a la poetisa Estela Socías; al cantautor Eduardo Peralta; al pintor y dibujante Gerardo Castillo; al ensayista e investigador Julio Gálvez… Parientes y amigos del autor, directivos de las colectividades españolas… El joven gaitero José María Moure Moreno, interpretando melodías gallegas y de Violeta Parra… Como bien destacara Luis Vaamonde, quien moderó la reunión: “El acto adquirió un alto nivel intelectual, refrendado por las intervenciones ya señaladas, a las que se agregaron los discursos de Renato Cárdenas y Edmundo Moure, ambos como representantes míticos y culturales, podríamos decir, de Chiloé y de Galicia, respectivamente”.
Reynaldo Lacámara abrió el acto con una breve presentación del autor y del libro. Destacó la acertada utilización de la crónica para lograr una obra que une la investigación y la analogía ensayísticas, junto a un lenguaje de sonoridades poéticas, para expresar un mundo en el que conviven realidad y fantasía, cotidianeidad y mitos, estableciendo un fascinante paralelo entre dos culturas que unieron su imaginario a través de los mares y de los montes colosales.
Edmundo Moure, en breve alocución, señaló: “Este libro comienza a gestarse hace veinticinco años, después de mi segundo viaje a Galicia, aún empapado por la emoción de aquel Congreso Rosalía de Castro e o seu Tempo, en el verano de 1985, en Compostela… A poco de regresar, viajé a la Nueva Galicia austral, a Chiloé o Chilhué, con su mágica y porfiada toponimia que podemos traducir como “lugar de gaviotas”, nombre que superó, como en muchos otros lugares, a la denominación española, imponiéndose en el ritual mágico de nominar el entorno para hacerlo nuestro… De la mano de mi caro amigo, Renato Cárdenas, descubrí una comarca maravillosa, de hondas y asombrosas semejanzas con esa Galicia profunda que nos develara nuestro padre Cándido… Al poner pie en el pueblo de Chacao, que es el portal de entrada a la Isla Grande, recordé las palabras del historiador chileno, Isidoro Vázquez de Acuña: ‘Martín Ruiz de Gamboa arribó a Chiloé en el verano de 1567, después de atravesar el canal de Chacao en dalcas –pequeña embarcación de madera y cuero que empleaban los indios Chono en sus navegaciones por los canales de Chiloé–, con los caballos a nado tirados de sus cabestros. Este traslado fue en verdad un portento (sólo obtenido gracias a la hábil ayuda de los canoeros chono), calculándose en doscientos los equinos que traspasaron aquella acuática llanura fría, ávida de naufragios… Al llegar Gamboa a la desembocadura del río que hoy lleva su nombre –la comarca más austral del mundo bajo la advocación del Apóstol de las Españas– fundó la ciudad de Santiago de Castro y bautizó toda la tierra como Nueva Galicia, en honor a su suegro y Gobernador de Chile, Rodrigo de Quiroga y Camba, natural de la aldea de Seteventos, tierras de Chantada, provincia de Lugo…”.
Hay sin duda otros testimonios valiosos de esta afinidad que Moure califica de “mágica”. Recordemos, al pasar, a nuestro querido cronista republicano, Ramón Suárez Picallo, en su vibrante pieza oratoria ‘Discurso a Chiloé, península gallega’. Asimismo, a Eduardo Blanco-Amor, quien canta su estremecido elogio a Chiloé en una de sus mejores crónicas, recogidas en el libro ‘Chile a la Vista’–Editorial Galaxia, año 2000; recolección y estudio filológico de Edmundo Moure–, cuando describe su abrupto despertar, en las riberas de Quellón, al sur de la Isla Grande de Chiloé, creyendo que había muerto en un naufragio y regresaba a Ortigueira, en el otro confín, en una especie de “transmuerte fabulosa”.
Pero lo que encomiamos aquí son los testimonios del autor –como lo destacara Reynaldo Lacámara– a través de su contacto directo con las gentes de Chiloé, para recabar sus relatos de esa curiosa realidad trasuntada en la cultura de bordemar, que une las experiencias pescadoras y marineras de los chilotes con su doble índole de pescadores vinculados al huerto y a las faenas agrarias, símil que conocemos en Galicia como “cultura de beiramar”, que hermana los mundos oceánicos con el trabajo ancestral de la tierra, otra semejanza notable entre ambos confines.
Renato Cárdenas, ese entrañable amigo de Moure, poeta, maestro de literatura, antropólogo y conocedor inmejorable del imaginario popular de Chiloé, deleitó a los asistentes con un relato donde cuenta la experiencia lúdica, de auténtico realismo mágico, de Micaela Souto con Antonio Cárdenas, personajes y entes reales a los que Moure convoca en los ‘Diálogos Caleños’, que cierran, de modo magistral, el libro. Nos cuenta Cárdenas:
“Micaela Souto cultivaba una maravillosa huerta, mientras vivió en Calen, Chiloé. Esa mañana, soñaba con sus arvejas y con el jardín que la rodeaba. Los zarcillos pretendían llegar a las nubes y se trenzaron con el arco iris. Las varas que sostenían la mata se quedaron cortas. Las vainas ya rompían el cascarón, como muchachas adolescentes.
Y ahí estaba Micaela, observando su paraíso lleno de luz, verdor y olores nutrientes. Pero una voz la sacó de su éxtasis:
-Micaela, le dijo, es muy bueno tu sueño, porque soñar con arvejas acarrea fortuna.
Micaela despierta bruscamente. La luz del patio entra por su alcoba. Se sienta en su cama y, levantándose, atraviesa la estancia, saliendo al patio donde queda su huerta, su maravillosa huerta, que la observa con sus ojos todavía turbios de sueño. Se da cuenta que es tan fragante y colorida como en el sueño… Ese extraño sueño. Entonces, advierte que algo anda mal. Vuelve la vista a la puerta que dejó entornada. Mira más allá del dintel de madera y pregunta, algo molesta:
-Y tú, ¿cómo sabías que yo soñaba con arvejas?
La voz, con humildad, desde muy adentro, le responde:
-Sucede, Micaela, que a veces los sueños se ven.
Y ella avanza un paso, se apoya en el umbral, entreabre más la puerta y, cerrando los ojos, le dice, casi clamando:
-Antonio, Antonio… ¡Cuándo irás a entender que ya estás muerto!”.