Una española recibe la Medalla de la Defensoría del Pueblo de Perú
La española Pilar Coll recibió la pasada semana la Medalla de la Defensoría del Pueblo de Perú por su comprometida y desinteresada labor en defensa de los derechos humanos en las cárceles del país andino. En 1993, Coll, natural de Aragón, ya fue condecorada con la Orden de Isabel la Católica por el Rey Juan Carlos I, pero lo que más satisfacción le produce –medallas al margen– es observar que se ha conseguido una mayor conciencia social respecto a la existencia de derechos, lo que evita que se repitan los abusos del pasado.
Amparada en su fe católica, que, según confiesa, “es su identidad”, la misionera seglar Pilar Coll, activa y casi octogenaria, comenzó a trabajar con presos en 1978, convencida de que “si los Derechos Humanos se violan en todas partes, en las cárceles está el emporio de estas violaciones, a las que hay que añadir los abusos y arbitrariedades de la administración de justicia”.
Víctimas de conflictos internos, presos comunes y condenados por terrorismo han recibido desde entonces la ayuda y la atención de Coll, que llegó a Perú hace 41 años para dirigir una residencia universitaria que nunca existió. Sin embargo, decidió “dejar sus huesitos” en el país andino peleando por los Derechos Humanos. A cambio, sólo pide “el privilegio de poder estar donde se escucha el clamor de las víctimas”.
Su vocación en defensa de los derechos humanos se reforzó con el estallido del conflicto interno que asoló Perú entre 1980 y 2000, cuando se vivieron “momentos muy duros” y en los que se hubiera sentido “un poco desertora” de haber abandonado el país.
Por eso, decidió quedarse en Perú en un momento “muy difícil”, en el que se encontró con “muchos pleitos sin buscarlos” como secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de los Derechos Humanos, entre 1987 y 1992.
“Viajé mucho a las zonas de emergencia y era una figura bastante incómoda para todos: para Sendero Luminoso porque éramos defensores de unos derechos que consideraban burgueses, y para las fuerzas del orden y los gobiernos sucesivos, porque éramos una piedrecita en el zapato”, afirmó Coll.
Las motivaciones, sin embargo, estaban claras: “teníamos que decir lo que pasaba, había muchos desaparecidos, muchas ejecuciones extrajudiciales, y bueno, no se podía callar frente a eso”.
Aquellos años de violencia política, en la que Sendero y el Estado “cometieron mil atropellos” y en donde “se perdió todo respeto a la vida”, dieron paso a una situación en la que se advierten “algunos progresos, como una mayor conciencia de los derechos humanos, aunque hay que avanzar mucho más”.
A lo largo de todos estos años, Coll trabajó para mejorar la situación de los internos y lograr la salida de la cárcel de aquellos que se encontraban en prisión de manera injusta, un trabajo en el que logró, junto a otras personas “que también tiraron del carro”, el indulto a más de 700 presos injustamente condenados.
Esta labor constante ha hecho de Coll una figura reconocida incluso por los presos por terrorismo con las condenas más altas, y aún convencidos de sus acciones, como Elena Iparraguirre, esposa del fundador de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán.
En un gesto considerado muy alentador por la misionera, Iparraguirre le dedicó un cuadro por su cumpleaños con la frase “para Pilar, que nos muestra la unión en la adversidad y la divergencia como una posibilidad real en el camino a la reconciliación, vaya mucho de mi cariño agradecido y un poco de mi alma comprometida”.