Opinión

Una entelequia

Rafael del Naranco | 29 de julio de 2013

La Biblia le dice a los creyentes: Dios, al ser eterno, reúne en su misma divinidad sabiduría, entendimiento y conocimiento acerca de la totalidad de lo que existe, tanto lo material como lo espiritual, y por esa razón excelsa es justo, ecuánime e incorruptible.
El ser humano, al participar en la muerte ineludible y convertirse en polvo, se halla impedido de terminar un código imperecedero de leyes y con ellas ofrecer equidad. Es decir, estamos desguarnecidos de toda justicia, y así será hasta la consumición de los siglos.
Martín Lutero nos animó con sus palabras: “Aunque el fin del mundo fuera mañana, eso no me impediría plantar manzanas en mi huerto”.
Aún así no debemos permitir que la desilusión nos atrape y nos esquilme el anhelo de llegar a alcanzar los valores de la justicia verdadera, única tabla de medir, y hacer cumplir con ella la igualdad de los seres humanos ante la Ley.
Sabida es la influencia del barón de Montesquieu en este concepto de obligada necesidad para que una nación, cuya meta primera es ser fuerte y liberal, consiga un desenvolvimiento armonioso entre los tres pilares que sostienen las estructuras del estado moderno.
Si uno de esos mojones es minado, el edificio, en su aspecto moral y social, se viene abajo con las graves consecuencias que eso acarrea a la hora de sostener y valorar la independencia de un estado representativo como el que todos deseamos.
Los enfrentamientos institucionales vistos cada día con más frecuencia, nos están llevando inexorablemente a la lucha entre las placas telúricas donde se hallan el poder Ejecutivo, Judicial y Legislativo, es decir, un terremoto de consecuencias devastadoras.
No se tutela con el corazón, sino con los sentidos manejados por la cabeza. Recordamos las palabras de ex presidente Felipe González Márquez: “Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”.
Volvamos al barón de Montesquieu y recapacitemos ante su obra ‘El espíritu de las leyes’: “Hay dos clases de tiranía; una real, que consiste en la violencia del gobierno; y una de opinión, que se hace sentir cuando los que gobiernan establecen cosas que chocan con la forma de pensar de una nación”.
España hoy vive una entelequia judicial de graves consecuencias. La corrupción capea a sus anchas, y leer los titulares de los medios de comunicación, dependiendo de su ideología partidista o intereses financieros, es, a la hora buscar la verdad de los hechos, una marabunta de empinada cuesta muy difícil de llegar alcanzar el pináculo de la verdad.

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