Valparaíso, ciudad “vertical”, y sus “ascensores”
Siempre que aludimos a la ciudad chilena de Valparaíso, existen dos adverbios de lugar que nos persiguen: “arriba” y “abajo”. Porque, claro es, los “porteños” no conciben otro aspecto topográfico que el de consultar los horóscopos de los cerros. La mayoría conocemos la parte baja de la ciudad, mientras que ignoramos esa segunda mitad, mucho más extensa, que se dilata en las alturas. Así comprendemos que el pensamiento de los “porteños” ha sido, día y noche, “subir”. Porque los cerros son empinados, de modo que incluso los automóviles han de hacerse cruces para alcanzar los barrios altos. Al igual que en la populosa ciudad gallega de Vigo –también en las italianas de Génova y Nápoles– Valparaíso es una población “vertical”.
Y ¿cuál fue la solución? Desde luego, los “ascensores”. He aquí los largos rieles tendidos por los lomos de los cerros y quebradas. Paulatinamente ascienden las cabinas de los funiculares que enlazan esas dos partes de la urbe. De gran antigüedad, el ascensor “Artillería” –frente a la Escuela Naval– semeja una vieja “diligencia” que, por arte de birlibirloque, sale de la oscura estación de la “Plaza Wheelwright” y se eleva, en altura y en luz, hasta exhibir los rutilantes alrededores de la bahía.
Si vamos al “ascensor” de la “calle Prat”, en cambio, una parte del fondo de unos altos edificios parecieran echarse hacia atrás a medida que subimos, hasta ofrecernos el límpido paisaje sin tanta ventana y cañería interior. Es una angosta cabina: una auténtica jaula, cerrada por una puerta de hierro que pareciera destinada a no abrirse jamás. El “ascensor” denominado “Esmeralda” es un carro liviano –tres ventanas por un lado– que se extravía entre la niebla o que la lluvia o la ventisca azota durante los gélidos fríos del invierno. No hay más remedio, entonces, que cerrar las viejas ventanillas con su correa de cuero, esperando así, en el abismo, a que el carrito llegue arriba.
“Es pavoroso para los que no tienen la costumbre de semejantes ascensores. Los ‘porteños’ esperan de pie, leyendo el diario, hasta que una gorda matrona, indiferente, les abre la puerta por fuera, a fin de liberarlos de esta prisión inestable”, comenta el inefable geógrafo e historiador chileno Benjamín Subercaseaux en su indispensable libro Chile o una loca geografía, Editorial Universitaria, 6ª edición, Santiago de Chile, abril de 1988. Observamos que los “ascensores” de otros barrios más populares conducen a no pocas mujeres con “atados” de ropa, canastos, chiquillos que suben a los asientos y miran, extasiados, hacia afuera. No muy lejos de la “Avenida Argentina” –en el corazón del barrio del “Barón”– nos encontramos con el “ascensor” llamado “Almirante Simpson”, el más “exótico” de cuantos existen en el Puerto. Al final de una estrecha callejuela, con leve pendiente, se destaca el grueso letrero: “Ascensor”. El caso es que no se ve en parte alguna. Ni rieles, ni cabinas, ni nada. Sólo una entrada como de “Metro”. Luego, un largo corredor subterráneo que se interna por el cerro. Alumbrados por unas débiles bujías, la atmósfera se torna húmeda, fría, casi irrespirable. Al término de esta alargada “catacumba” nos espera un “ascensor vertical”, conducido por un espectral, inquietante “ángel de sombra”, ya mustio por las perennes tinieblas de este lugar. Luego de un trayecto “eterno”, así nos parece, llegamos a su término y salimos a una especie de “minarete”: un balcón circular, unido por un puente al cerro “Polanco”.