Opinión

El tango ‘Nueve puntos’ de Francisco Canaro

Isaac Otero | 20 de julio de 2015

“Antes de tocar tangos con un violín de verdad –cuyo chirrido respondía a su módico precio de ocho pesos–, ‘Pirincho’ los había tocado con otro violín que él se fabricó en su casa con una lata de aceite vacía”, señala Francisco García Jiménez –el poeta y ensayista de la tangomanía– en su libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. E incluso antes de componer un tango titulado Nueve puntos –velocidad máxima de los tranvías eléctricos que constituyeron la admiración de los “porteños” al iniciarse el siglo XX–, Francisco Canaro, es decir, el propio ‘Pirincho’, quien había nacido en 1888 para fallecer en 1964, fue ‘canillita’, colgándose y descolgándose para vender los “diarios”, de aquellos épicos “tranways de tracción a sangre”, los cuales sólo se alimentaban de una velocidad regulada: el trote de su yunta de caballitos.

¿Y cómo olvidarnos de aquellos primitivos tranvías de Buenos Aires con “resabios de gran aldea”? Más de siglo y medio atrás, los señores Julio y Federico Lacroze imaginaron el futuro urbano de tales vehículos, si bien tuvieron que combatir por entonces la incomprensión y los intereses creados. Los dueños de casas del “trocén” de la ciudad aducían que la continua trepidación debida a los tranvías férreos se las echarían abajo, aunque lo cierto era que preveían su menos “valorización” en pro de las de barrios distantes, a causa de la facilidad del transporte de los ciudadanos de “la reina del Plata”. Del mismo modo, el público, propenso a los rumores alarmistas, protestaban con la bandera de probables accidentes.

Al fin, los hermanos Lacroze, junto con Don Mariano Billinghurst –pioneros del progreso y prosperidad de Buenos Aires, la “megápolis” de la América del Sud–, fueron capaces de inaugurar esas líneas de “tránguays”, como así, con lindeza, transformaron el vocablo inglés los “porteños” de 1870, tanto señorones y matronas como mucamas y changadores. ¡Ejes, ruedas, rieles! Al siguiente año, la epidemia de fiebre amarilla diezmaba la zona sur de la metrópoli, donde residían las más señaladas familias, las cuales, aprovechando la ventaja del tranvía, se fueron a vivir al punto cardinal opuesto. De ahí la célebre frase de “me mudo al norte…” para así satirizar los “delirios de grandeza” de algunos “nuevos ricos”. Evoquemos cómo Fray Mocho exhibió su talento en sus famosos “dialoguitos”.

Ahora bien, aparte del desarrollo de los sistemas de transportes, aquellos “tránguays” de caballitos “desparramaron albricias de la melodía porteña por calles, bocacalles y veredas; por Cinco Esquinas, por el Mercado Proveedor, por Constitución, por Palermo; en la rosa de los vientos de la urbe”, como escribe el historiador del tango, en su recordado ensayo, Francisco García Jiménez. El cochero, la plataforma-pescante, el “compadrito” de cuerpo entero. En la zurda, las riendas de la yunta overa. El tintineo de sus colleras de cascabeles. En la mano derecha, la corneta de guampa. ¡El heraldo del tango! En la centuria vigésima los mecheros de gas se rindieron a la bombita incandescente. Los cascos equinos dejaron paso al otro tranvía: el suspendido por un “trolley” desde un cable. Francisco Canaro –desde la carrindanga cornetera a la manija regulada por la energía eléctrica, con los “nueve puntos” en la caja de velocidades– bautizó su tango con aquel nombre, sinónimo de “estar preparado para cualquier evento” o de “estar de malas pulgas”…

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