Opinión

‘El pañuelito’, ‘Caminito’ y Juan de Dios Filiberto

Isaac Otero | 01 de febrero de 2016

“Sólo está muerto lo que está olvidado. Si a la memoria de Juan de Dios Filiberto (1885-1964) no le bastara, para perdurar, su transmisible herencia de melodías populares, su muerte ya pertenece, por razón de fecha, al culto tradicional de las conmemoraciones”, nos recuerda el ilimitado poeta y tangófilo Francisco García Jiménez a través de su didáctico ensayo titulado Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980. Porque, en efecto, el inefable músico del ‘Riachuelo’ del barrio de La Boca, expiró un 11 de noviembre, onomástica de San Martín de Tours, aquel soldado que más tarde consagró su vida a la Iglesia. El mismo que mil doscientos años después habría de resultar “patrono de Buenos Aires” en sorteo llevado a término por Don Juan de Garay y sus huestes. Como curiosidad, conviene evocar que, tras dos veces electa y rechazada la cédula del santo francés, sale por tercera vez y es, al fin, aceptada. ¿Quién se atrevería a negar que el santo patrono sentó a su diestra –por derecho propio– al humilde artífice de la “canción porteña”, nuestro bienamado Juan de Dios?

Juan de Dios Filiberto, apenas iniciada su juventud, fue lustrabotas, mandadero, metalúrgico, estibador… Chiflando y tarareando motivos, hacia el final de la década de 1900, se decidió por la música, entre solfeos y violines y armonías de teclados. Una noche de 1914, con su violín, formó un trío con su bandoneonista y un pianista en un café de la esquina de Patricios y Olavarría. En 1915 compone su primer tango: Guaymallén. Y luego Cura segura.

Llegado 1916, Juan de Dios se siente seducido por el armonio y empieza a buscar aquellas hebras melódicas en el instrumento grave, solemne y sin énfasis. Su inspiración alcanzará esas suaves cadencias que concede al bandoneón del tango. Y por su querido barrio boquense y alrededor de ‘Vuelta de Rocha’, sale a regalar sus serenatas. Estamos en 1917. Su amigo Facio Hebequer escribe una letrilla con el título La planchadorcita. A Juan de Dios no le agrada ni letra ni título. Transcurridos tres años, se relaciona con el poeta Gabino Coria Peñaloza –nacido en 1889 y fallecido en 1975– y la pieza cristaliza, ay, en El pañuelito, con estrofas de perfumada melancolía amorosa; “El pañuelito blanco/ que te ofrecí, / bordado con mi pelo/ fue para ti;/ lo has despreciado,/ y en llanto empapado/ lo tengo ante mí…”.

De aquella primeriza idea tan sólo permaneció el grado “diminutivo” en “ito” del sustantivo “pañuelo”. Después, sería una característica de la producción de Filiberto: El besito, El ramito, el célebre Caminito, La cartita, La tacuarita… Pues bien, en 1920 se publicó El pañuelito, de insólita popularidad, el cual cruzó fronteras y surcó los mares. Con los acordes de este tango hizo el féretro de Filiberto –el jueves 12 de noviembre de 1964– el primer trecho del adiós a la ‘Vuelta de Rocha’, desde su casa de la calle Magallanes hasta la “cortada” de la calle Caminito: “Triste cantaba un ave,/ mi dulce bien,/ cuando me abandonaste/ no sé por quién…”.

A modo de anécdota, cuenta Francisco García Jiménez en su libro que tanta era la popularidad de Filiberto que, una vez en el ‘Teatro Avenida’ aparcó su flamante ‘Studebaker’ delante del edificio en plena Avenida de Mayo. El fornido vigilante, al reconocerlo, se volvió a su garita: “¡Pero… era usté máistro…!”.    

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