Opinión

El ‘Caleuche’ o el mito de Chiloé

“Es el anuncio de su perdición. Otras veces, en las caletas tranquilas iluminadas por la luna, llega silencioso y como suspendido sobre las aguas. Los pescadores huyen y se refugian en sus casas.  Si alguno se ha dormido en la ribera o los botes, ya pueden buscarlo a la mañana siguiente, que no hallarán jamás. El ‘Caleuche’ recluta sus tripulantes entre los hombres que se entregan al sueño o al ensueño. Cada Barco de la Muerte” leemos en las hermosas páginas escritas por el geógrafo e historiador chileno Benjamín Subercaseaux en el ya clásico libro ‘Chile o una loca geografía’, Editorial Universitaria, 6º edición, Santiago de Chile, abril de 1988.

El ‘Caleuche’ o el mito de Chiloé

En verdad, los naufragios acontecen en estos borrascosos mares, entre los escollos que nunca perdonan. Claro que los mitos esconden no poco de la realidad, de modo que el ‘Caleuche’ –también la figura de ‘El Barco Fantasma’ –manifiesta lo necesario y lo inexorable. ¡Ambigua etimología de Chiloé! Ante este maravilloso encaje paraguayo de ‘ñanduty’ que es Chiloé evocamos a los indios de un marcado tipo polinésico: son bajos, robustos, elevados de pecho y cortos de cuello. De fino carácter, dóciles, muchos de ellos se mezclaron con españoles. Así, pues, podríamos referirnos a un ‘chilote’ simpático y amante de la paz. El caso es que Chiloé se ha transformado en el ‘finis terrae’ de Chile. El primer camino que unió Ancud y Castro fue labrado en aquella selva por el indio Caicumeo. Con la propiedad muy dividida, el ‘chilote’ es dueño de su parcela pintoresca de distintos colores, según los cultivos. Las heredades suelen estar en la costa, alternando su vida agrícola con la pesca. La aldea de Chonchi semeja una aglomeración lacustre, con sus casitas de madera –como palafitos– edificadas sobre pilotes, ya carcomidos por el salitre de las aguas.

Insólitos fenómenos ocurren en esta isla de Chiloé. Los nativos que habitan en algunas regiones pobres emigran al continente, donde realizan tareas agrícolas. Por otra parte, en cambio, se instalan colonos extranjeros en la isla con la intención de explotar aquellas tierras. Recordemos cómo en 1985 el Gobierno chileno condujo 620 familias que situó en heredades destinadas para ello. Ante la selva, muchos retrocedieron, volviendo a su tierra. M ás otros perseveraron, entre los que se encontraba una colonia escocesa, prosperando a costa del ímprobo coraje. Son las colonias en pleno centro de Chiloé, próximas al lago Huillinco o en la vecindad de Cucao.

Tan laberíntica era la selva y tan adversa la lucha de estos colonos –como nos refiere Mc Bride–, que con frecuencia se extraviaban en medio de sus trabajos. Se dio el caso de dos hombres, separados por una leve espesura, que tardaron dos días en reunirse, pese a que recíprocamente oían sus propias voces. Al igual que en los bosques del ‘País de los Espejos Azules’, sucede aquí, en Chiloé. Lo único que en estos territorios empapados de pertinaces lluvias, todo el boscaje resiste al fuego. He ahí los alerces, algunos de 50 metros de altura y hasta 8 metros de circunferencia. Los olmos –nombrados ‘muermos’–, los cipreses, robles y avellanos deben ser trabajados esforzadamente a golpes de hacha. Ancud es un histórico paisaje de la vieja San Carlos. La ciudad de Castro, al fondo de un risueño fiordo.