Opinión

‘Montevideo antiguo’ y sus tradiciones, obra de Isidoro De María

“Hacia las últimas décadas del siglo XIX las naciones iberoamericanas, nacidas a la vida independiente al filo del primer cuarto de la centuria, se percataron de que ya eran dueñas de ‘un pasado’. De un pasado que, por natural encorpamiento, ya no era solo un pasado ‘colonial’ sino –y además– ‘nacional’, de un pasado urdido en los repositorios documentales todavía mal organizados y peor conservados, pero también sedimentados en la memoria de las gentes en ese entonces provectas, actores, comparsas, a veces meros testigos de los acontecimientos y procesos fundacionales”, escribe Carlos Real de Azúa en el pórtico del libro Montevideo antiguo, cuyo autor es el notorio Isidoro De María, publicado en la ‘Editorial Universitaria’, Buenos Aires, 1965.

‘Montevideo antiguo’ y sus tradiciones, obra de Isidoro De María

Se trata de una “selección” de la célebre obra que nos remite al pretérito de unas hermosas tierras del Sur de América y rioplatense. A tal dirección cronística y memorial se adscribe Tradiciones y recuerdos. Montevideo antiguo, que es el título original del libro de Isidro De María. Desde un principio se apuntó el incontrastable legado que para la labor de De María habían resultado las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma, propagadas en el Río de la Plata desde 1883, mediante su segunda edición limeña. Pivel Devoto ha registrado la relación personal entre los dos escritores americanos, poniéndose de relieve el acento con que De María dedicó, en 1892, a Palma, el libro IV de su obra. Por vez primera apareció en Montevideo y en cuatro libros, entre 1887 y 1895. En 1938, el doctor Armando D. Pirotto llevó a término una selección de ella para la “Sociedad de Amigos del Libro Rioplatense”, a la que sumó su ilustrativo prólogo. El texto completo fue reeditado sólo en 1957 y en dos volúmenes para la “Biblioteca Artigas” de la “Colección de clásicos uruguayos”, con significativo “proemio” de Juan Pivel Devoto en las páginas VII a la XXIII. La presente edición, pues, viene a ser la cuarta y la segunda antológica.

“No está de más decir que ella recoge una cuarta parte de la obra total –señala Carlos Real de Azúa–, tanto en magnitud como en número de capítulos (156). También pienso que están aquí sus partes más vivas e insustituibles”. Se nos evoca así aquel pequeño Montevideo en población, merced a un espíritu de “cronista” de tono y ritmo narrativo. Una ósmosis de humor y ternura, melancolía y discreción, además de sobriedad. Percibimos un “aura” de “conseja” desde la divagación de “abuelo” con sus temas de gozosa familiaridad, contados y recontados antes de pasar al papel.

El libro, empero, posee otras virtudes ya destacadas por Emir Rodríguez Monegal –en la revista ‘Marcha’, nº 896–: las características del lenguaje. Nos hallamos ante aquel Montevideo hispano-criollo de las primeras décadas del siglo XIX, en que reviven la abundancia y la naturalidad de todo el repertorio verbal de raíz peninsular de España. Testigo montevideano, por consiguiente, de casi un siglo, sólo un trecho de él –tres décadas, poco más o menos– recoge De María, a fin de extraer las sustancias históricas. Ante nosotros desfila el Montevideo, plaza fuerte, de tonalidad sobre todo hispánica, que fue hasta 1814. Y el de la “patria vieja”, muy curioso, de 1815 y 1816, con sus “fiestas mayas” y su Cabildo. Y además, el de la “Cisplatina”, que inaugura la solemne entrega de las llaves de la ciudad al iniciarse el año 1817.