Opinión

El Inca Garcilaso, historia vivida en sus ‘Comentarios’

“Debo puntualizar el criterio que me ha guiado al hacer esta selección y aclarar, de paso, el subtítulo de ‘Antología vivida’. Al releer los Comentarios Reales he tratado de extraer todos los materiales que se pueden suponer respaldados por el vivir del Inca. O sea, todo aquello que, de manera directa o indirecta, se engarza en la médula de su biografía. Pero no olvidemos el coeficiente imaginativo de una obra escrita a tantos años de distancia de la experiencia misma. El Inca Garcilaso prodiga en sus obras las aseveraciones: ‘Yo lo vi’, ‘Yo lo hice’, ‘Yo lo oí”, escribe el eminente filólogo y profesor de Literatura Juan Bautista Avalle-Arce en la ‘Aclaración preliminar’ de su inigualable libro titulado El Inca Garcilaso en sus ‘Comentarios’ (Antología vivida), Editorial Gredos, Antología Hispánica, nº 21, Madrid, 1970.

El Inca Garcilaso, historia vivida en sus ‘Comentarios’

Evoquemos aquel 12 de abril de 1539, cuando nació en el Cuzco Gómez Suárez de Figueroa, quien, transcurridos los años, se haría célebre bajo el nombre de Inca Garcilaso de la Vega. Hijo ilegítimo del capitán Garcilaso de la Vega y de la princesa “palla”, esto es, india, llamada Isabel Chimpu Oello. Vio la luz, pues, en situación anómala por partida doble: mestizo y bastardo. El hecho es que lo primero se transformará para el Inca en sello de honor; lo segundo, no obstante, se silenciará con prudencia sintomática. Claro es que ello mostrará su influencia indirecta en el pensamiento del Inca, cuando menos en la oportunidad en que escribió la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas. ¿Y de quién se trataba? Del muy afamado adalid que contribuyó en gran manera a la conquista de Sevilla, y de quien descendía el padre del Inca. No sería descabellado pensar que esta obra escrita bien pudiera obedecer a la necesidad de idear formas de defensa, a fin de no exhibir su vulnerabilidad frente a los embates de aquella “bestia fiera”, término que en el vulgo de la época acuñó otro admirado hispanoamericano: Ruiz de Alarcón.

“Porque se debe entender –asevera el profesor Avalle-Arce–, si queremos acercarnos al hondón de la conciencia del Inca, que el ser ‘criollo’ constituía, en sí, una anomalía en su época”. Esencialmente, el “criollo” era un “híbrido”, nacido en una realidad geográfica con diferente historia y a miles de leguas de distancia. He aquí, desde luego, cómo el “criollo” se nos muestra como el primer ejemplo de ese tipo humano tan moderno que es el “desarraigado”, cuando menos ante la mirada de los españoles. Pudiéramos reflexionar, si esto era así, en cómo habría sido considerarse “cristiano, mestizo y bastardo”.

Ahora bien, en la historia de la Literatura el hombre “natural” es ese inédito tipo humano, tan añorado por la mentalidad del Renacimiento, de modo que ese estado inspirará toda la numerosa literatura denominada “pastoril”. Si meditamos en la historia de las Ideas, el “hombre natural” –desde los escritos de Cristóbal Colón y Américo Vespucio– había sido identificado con el “indio americano”. El caso es que, con aquel estado de “inocencia”, se había manifestado superior al hombre europeo. Así lo escribieron fray Antonio de Guevara en ‘El villano del Danubio’ y el ensayista francés Montaigne en ‘Des cannibales’, continuado hasta la época del galo Chateaubriand en ‘Atala’. El Inca Garcilaso se estrena con la traducción de los ‘Dialoghi d’amore’ del pensador León Hebreo.