Opinión

‘A cuncha de vieira’, símbolo del peregrino a Compostela

Isaac Otero | 01 de noviembre de 2021

“O bordón, a cabaza e a vieira”. He aquí los tres símbolos del peregrino por antonomasia. Uno solo, no obstante, identificaba al caminante quien –después de haber alcanzado su meta– regresaba a su lugar de procedencia. Nos referimos a la ‘cuncha’: un elemento que, andando y andando los siglos, se metamorfoseó en símbolo de generosidad. Una virtud que, desde el instante en que se llegaba al término del ‘Camiño’, debería acompañar al caminante el resto de sus días. Transcurridos siglos y siglos, la ‘cuncha de vieira’ se convirtió en un símbolo más de la ‘ruta xacobea’. Un hecho que inició su popularidad a partir del creciente auge de las peregrinaciones durante los siglos medievales del XI y XII.

Ahora bien, hagámonos la pregunta: ¿Por qué la ‘vieira’ es el símbolo del peregrino? No faltan, desde luego, muchas teorías, pero ninguna de ellas auténticamente aceptada y corroborada. Sabemos, eso sí, que su venta fue un pingüe beneficio económico, pues la Iglesia, al parecer, se quedaba con el 30% de los ingresos. Prohibió, además, su venta fuera de la población de Compostela bajo pena de excomunión. Formulémonos otra interrogación: ¿Qué convirtió a la ‘cuncha’ de este molusco en un símbolo del ‘Camiño de Santiago’? Tampoco están ausentes las diversas teorías acerca de su génesis, adornada por mitos y leyendas.

La hipótesis más asumida es que la ‘cuncha’ fue empleada como un excelente vaso natural. Los peregrinos que llegaban a Santiago las recogían para beber en los manantiales y ríos durante el camino de vuelta. Otras teorías –más simbólicas– ven en la ‘vieira’ una estilización de la pata de una oca: un símbolo, para no escasas tradiciones antiguas, del “reconocimiento iniciático”. Otras, asimismo, señalan a la ‘vieira’ como símbolo de la diosa Venus, que mitológicamente nació de las espumas del mar. ¿Cómo no evocar al pintor italiano Sandro Botticelli? Una representación del “renacer” de una persona, su resurrección y, por ende, de la superación de la muerte. E igualmente del “ego” –egoísmo y egocentrismo–, a fin de conceder el paso al auténtico “yo”: la sencillez y la humildad.

Ahora mismo estoy contemplando la ‘Cuncha de Vieira’ y el arca de piedra en la Catedral compostelana. ¿Leyendas entrelazadas a los milagros del Apóstol? La más difundida es aquella que cuenta cómo un ‘cabaleiro’, en tanto paseaba por la playa, vio acercarse una barca apunto del naufragio. Presto a ayudar a los que serían inexorablemente próximos a naufragar, el ‘cabaleiro’ se dispuso a cabalgar entre las aguas, cuando, de súbito, una gigantesca ola lo arrastró hasta el fondo del mar. Viéndose derrotado, invocó a Dios y, en ese momento, sintió una energía sobrenatural que lo enviaba a la superficie conduciéndolo hasta la ribera. Cuando se vio a salvo y en tierra, constató que la barca no era sino aquella que transportaba los restos del Apóstol. De tal manera que, tanto él como su caballo, estaban totalmente cubiertos de ‘cunchas de vieira’.

Símbolo del peregrino, la ‘cuncha de vieira’ reportó a la ciudad de Santiago una venta muy lucrativa. Sobre todo, en la ‘porta da Azabachería’, donde se asentaron los artesanos con el plomo, el hueso, marfil y metales preciosos.

 

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