Opinión

El clarinetista Juan Carlos Bazán y el tango ‘La chiflada’

Isaac Otero | 29 de diciembre de 2014

“Aquí tenemos el genuino tango repentista, producto puro del primitivo ambiente e hijo directo de la espontánea mecánica instrumental de la época. Quien lo compuso era un hombre desbordante de físico y de temperamento, que tocaba un simplemente discreto y modesto clarinete. Pero ese hombre se encargaba de que desde la boquilla de lengüeta de caña al tuvo de madera dura se transmitiera el espíritu travieso que bullía dentro de su voluminoso cuerpo. Era Juan Carlos Bazán (1888-1936). El ‘gordo’ Bazán, clarinetista prócer del tango”, escribe Francisco García Jiménez, excelente poeta, letrista y tangólogo, en su imprescindible Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, 1ª edición, serie mayor, Buenos Aires, 1980, en el cual, con sintética visión cinematográfica, nos regala las “virtuales biografías” de sesenta y cinco tangos de perenne memoria y nostalgia.
Juan Carlos Bazán –el autor del tango La chiflada– nació en el porteñísimo barrio de la Concepción. A los quince años, aprendiz de tipógrafo en un señalado diario, queda en la calle debido a la huelga que el gremio realiza a fin de oponerse a la “temida entrada de los linotipos en los talleres”. ¡Siempre la alarma, mutatis mutandis, entre los seres humanos del trabajo frente a los avances del progreso! Con el modesto clarinete, el muchacho “gordito” se iba haciendo “gordo” y elevaba su estatura hasta el metro noventa. En las tarimas de la “milonga” brotó su figura entre los pescadores del barrio Norte. Para bailar el sitio se llamaba “La Red”. Era el dúo “Bazán y el guitarrista ‘chino’ Castillo”. Los contratos se cotizaban en “El Velódromo” y en el “restaurant Palermo”, comúnmente conocido por “lo de Hansen”. El “gordo Bazán” poseía unas habilidades muy singulares. Modulaba con su clarinete una “chiflada” que se convirtió en célebre merced a su poder de seducción musical, puesto que detenía a la gente divertida y simpática que enfilaba hacia “lo de Hansen” y, a la vez, la obsequiaba con gusto en la cercana de “El Velódromo”.
En 1903 –con Vicente Ponzio y su sobrino el pibe Ernesto en violines, y Tortorelli en arpa–, el “gordo Bazán” conforma un reconocido “cuarteto” que copa todas las canchas danzantes por el barrio de Palermo y el Bajo Belgrano. “En la hirviente ‘milonga de Pantalión’, de la calle Blandengues, estaba tocando su clarinete cuando se toparon dos ‘patotas’ bravas” –señala el ensayista Francisco García Jiménez–. Él acostumbraba a hacer inflexiones chuscas con el sonido de su tubo, que eran muy festejadas, y uno de los peleadores, creyendo que se burlaba de su facción, le disparó un tiro en una pierna. Estuvo a punto de perderla. La cura fue larga y penosa”.
En cuanto a “lo de Hansen”, hemos de recordar que su dueño no era ya el sueco del antiguo rubro, sino un italiano apellidado Giardini, que le había mudado el nombre por el más fino de “Restaurant Palermo”. Gracias a sus ideas prácticas, el italiano resolvió el problema de los músicos “atajadores”, birlándoselos a “El Velódromo”. De modo que los contrató para su restaurante con mayor paga: dos pesos por cabeza, las propinas… ¡ y la comida! Y modulando, modulando, Juan Carlos Bazán adicionó a su “floritura” con el clarinete una complementaria melodía –entre saltarina y quebrada– cuyo fruto feliz fue el tango La chiflada. Imaginativa elocuencia del “viborear de un silbido” del “tiempo guapo”, bajo la risa nochera del tango y la “verba del compadrito”.

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