Opinión

‘La cabeza de Goliat’, el Buenos Aires de Martínez Estrada

“Este libro no fue escrito para complacer a nadie ni para una posible reedición monumental a costa del municipio; ni para satisfacción personal de ninguna índole. Responde más bien a un deber. Es casi una meditación, al divagar por las calles de un hombre solitario que ni siquiera se ha propuesto un paseo agradable. Un libro, en fin, que pudo no haberse escrito sin que ello dejara ningún vacío en el alma del autor”, nos revela Ezequiel Martínez Estrada en el ‘Prólogo’ de su libro La cabeza de Goliat Microscopia de Buenos Aires, Ediciones de la Revista de Occidente, ‘Cimas de América’ (colección dirigida por Eduardo Caballero Calderón), Madrid, 1970.

‘La cabeza de Goliat’, el Buenos Aires de Martínez Estrada

Hemos de precisar que el autor agregó tres capítulos –‘Hipódromo’, ‘Estadios’ y ‘Regreso’– por hallar ciertos perfiles característicos de la ciudad que no habían sido atendidos. “Es que, en verdad, Radiografía de la Pampa –matiza Martínez Estrada– contiene una parte dedicada a estos mismos problemas y era casi cuestión de sintaxis evitar la reiteración. Sin embargo, fue necesario darle a esas adiciones y este ‘Prólogo’ a La cabeza de Goliat su autonomía completa de cabeza bien decapitada. El texto no ha sido modificado. De manera que el lector podrá seguir ignorando, sin menoscabo para nadie, la existencia de aquella otra obra”.

El texto de la obra –mayo de 1946– nos traslada a las palabras que el poeta Rainer María Rilke dirigiera por carta a Arthur Holitscher: “…¿Oye usted que París me es infinitamente extraño y hostil? Hay grandes ciudades que parecen desdichadas y tristes de ser grandes. Se extienden siempre, pero una secreta nostalgia las repliega sobre sí mismas. Sus ‘tumultos’ no ahogan la voz interior que les repite sin cesar: una gran ciudad es cosa ‘contra natura”. Evoquemos ahora aquella ciudad de don Pedro de Mendoza, identificada con la tierra, exhalando por momentos un vaho de espíritu geórgico. Décadas después, la que suele denominarse “segunda fundación de Buenos Aires”: la ciudad de Juan de Garay. He aquí su estatua con su gesto señalando con todo el brazo hasta el índice la tierra en que se ha de residir. Con el dedo nos indica dónde está el ancla. Es ya el Buenos Aires de 1580. Transcurridos los siglos, la ciudad de la ‘Emancipación’, para dar paso a la ciudad de 1880, que viene creciendo hasta alcanzar esa ciudad “de todos y de nadie”.

Reflexionemos, empero, en torno a la ciudad de 1810 –el acuñado “Primer grito de Libertad”–, cuando se respira la entusiástica voluntad, la notoria efervescencia en pro del ideal de la redención humana, anhelante de un supremo porvenir. La ciudad de los “Próceres”. No demorando en exceso, asimismo la ciudad de los ínclitos sueños del “terrateniente” y del “hacendado”, del “político” y del “agente de la banca internacional”: la ciudad que decide girar la espalda al interior y mirar hacia la vetusta Europa. Hemos de aceptar que Buenos Aires fue fundada con finalidad estratégica comercial, permaneciendo fiel a sus orígenes y designio. ¿Quién podría dudar de Brujas, Amberes o Manchester como fruto de idéntica raíz mercantil? Buenos Aires –visto desde la perspectiva de sus calles– podría asemejarse a un portento de extrema vitalidad. Claro es que, desde 1810, se plantea la situación: “España-Buenos Aires” y “América-Interior”. ¿Civilización? ¿Barbarie? La antitética pregunta polémica de Sarmiento.