Buenos Aires y las 8 patas del pulpo
Si transitamos por las calles de Buenos Aires, la ciudad, con sus puertas y balcones, se asemeja a la urbe que Juan Agustín García denominaba “Ciudad de comerciantes”. Hasta mediados del siglo XIX, se hallaban las “bandolas” –especie de ropavejerías portátiles– donde se mostraban de modo atrayente las baratijas. Simultáneamente, bajo la “recova” del Cabildo, en la que seres humanos aguardaban, a su lado un platillo, la limosna para el sepelio. Aquel Buenos Aires de los viajeros ingleses del inicio del siglo XX –como el de Hudson y Cunninghame Graham, Wilde y Bilbao– estaba algo más arriba de las cejas del transeúnte. El color del jalbegue y de las persianas, al igual que el estilo y clase de la forja de los balcones, eran, desde luego, de distinto gusto, además de viejos.
“Para tener idea cabal del progreso de la metrópoli, nada mejor que observar una fotografía antigua. Las estadísticas, los libros, las informaciones de testigos veraces: nada tiene el valor convincente de la fotografía. Convence, en primer término, a los ojos, que son los órganos casi exclusivos para interpretar a Buenos Aires”, escribe el ensayista argentino, nacido en 1895 en San José de Esquina, Ezequiel Martínez Estrada en su clarividente libro La cabeza de Goliat. Microscopia de Buenos Aires, Ediciones de la ‘Revista de Occidente’ (‘Cimas de América’, colección dirigida por Eduardo Caballero Calderón), Madrid, 1970.
Un nítido símbolo de la vida en Buenos Aires eran las estaciones ferroviarias. Flujo y reflujo de los ciudadanos en actividad permanente. “Los coches del ferrocarril Oeste, que llegan hasta la Plaza de Mayo –nos recuerda Martínez Estrada–, evidencian que los trenes locales son desprendimientos de la red urbana”. Porque, en efecto, sus 8 estaciones diríamos que constituyen los tentáculos de un pulpo, con doble fila de bocas de absorción por las cuales ingiere sus alimentos. Las vías férreas de Buenos Aires que arrancan de su abdomen de cefalópodo, también se alimentan e ingieren el pálpito ciudadano. Pues 8 son las estaciones de la metrópoli: Sud, Oeste, Central Argentino, Pacífico, Central Córdoba, Central de Buenos Aires, Midland y Compañía General de Buenos Aires. Exactamente por esas patas del pulpo todo es actividad de nutrición. Buenos Aires recibe combustibles y los metamorfosea en riqueza, parte de la cual devuelve, parte exporta y parte acumula. “Pero esas patas –señala el profesor Martínez Estrada– no le sirven para moverse, sino para vivir y crecer, porque tienden dos líneas de ventosas sobre la superficie del país, y en realidad no terminan en el cuerpo capital del pulpo, sino en las acciones y en los créditos de los especuladores de ultramar. La araña también tiene 8 patas”.
Hasta 1870 el caballo era el vehículo natural de la ciudad. Iniciando el siglo XX, los médicos hacían sus visitas a caballo. Guillermo E. Hudson alcanzó a ver los “palenques” y cuerdas, puestas en el borde de las aceras, para atar las cabalgaduras. Asimismo, en la novela Amalia del escritor José Mármol, desde las primeras páginas hasta las postreras, hay referencia a esa costumbre tan característica de una ciudad que, hasta hace más de un siglo, vivía de la industria del ganado. Después, el ciudadano “porteño” olvidó su afición al caballo, que sólo cultiva en los hipódromos. Los “caballeros” del automóvil se distinguen por la “marca” de los coches como antes por el pelaje de los caballos…