Opinión

¿Pueden envejecer los héroes?

¿Pueden envejecer los héroes?

Un héroe viejo no se sostiene ya en su pedestal. ¿Quién podría imaginar a Ulises, a Paris o Aquiles; a Flash Gordon, al Llanero Solitario o a Batman como ancianos decrépitos, o como jubilados de sus proezas, recibiendo una pensión de beneficencia pública, sentados en la plaza o dando de comer a las palomas?

-Pero, ¿y Don Quijote?

-Él es el antihéroe por excelencia, el derrotado de antemano. Antes del desenlace de sus aventuras, sabemos que morderá el polvo, y si en alguna de ellas resultara victorioso por un instante, ello se deberá a circunstancias por completo ajenas a la posible consecución lógica de sus acciones. El heroísmo del Caballero de la Triste Figura es un sueño roto que se esparce por los caminos, y ni siquiera Sancho lo ve como un héroe real, sino como un padre menesteroso y senil, que se acostará para no levantarse, en el lecho de su mohosa hidalguía.

El primer héroe moderno es Odiseo, más conocido como Ulises. Su hábitat y ámbito de aventuras es el mar, a donde lo llevará el prurito de su desaforada ambición por conocer mundos nuevos, enfrentándose a peligros sobrehumanos y a monstruos colosales. Pero la intensa motivación del viaje irá siendo morigerada por la voluntad del regreso, por el desasosiego de la nostalgia de su pequeña patria de Ítaca, donde le aguardan su mujer y su hijo. Es lo que muchos siglos más tarde los gallegos nombrarán con la palabra ‘morriña’ y los irlandeses con el concepto heireth y los portugueses, otra de las grandes etnias marineras, como ‘saudade’, quizá el término más universal para definir la desazón de quien ha extraviado el paraíso perdido de su lar remoto.

La misión intrínseca del héroe es perseguir a Leviatán, no siempre en pos de la victoria, sino para desafiarlo, mirándose en el espejo de sus pupilas pavorosas. Freud nos enseñó que todo individuo lleva en sí al monstruo de los abismos. Quizá Ulises-Odiseo lo sabía y no fue capaz de conjurarlo en dos décadas de batallas y navegaciones desnortadas.

Odiseo regresa a Ítaca, después de veinte años de correrías sin cuento. Pero aún está joven y vigoroso para tensar el arco con que ha de aniquilar a sus enemigos, traidores que pugnaban por apoderarse de su mujer y de su casa. Penélope no es una heroína, pero sí la recompensa final del héroe paradigmático. Ha tejido y destejido las rutas del navegante. En el inevitable reposo final, el héroe buscará recomponer, sin éxito, los hilos de la memoria. (Esto lo suponemos).

Acabo de disfrutar el film Míster Holmes, con la magistral interpretación de Ian Mc Kellen, un actor de esos que te atrapan en todos los detalles de su desempeño estético. Ademanes, gestos, afirmaciones, titubeos, dudas, quebrantos, sonrisas, guiños y carcajadas postreras, todo transcurre a través de su desempeño vital… Nosotros, siendo adolescentes, conocimos a ese héroe sagaz, creado por Arthur Conan Doyle, en la figura emblemática de Sherlock Holmes, secundado por su amigo ayudante, el doctor Watson.

He aquí el despojo heroico del otrora invencible detective, transformado en un anciano de noventa y tres años, que se refugia en su granja de Sussex, para asistir, como patético espectador de sí mismo, al proceso de la decrepitud y la consiguiente pérdida de sus facultades en el extravío inexorable de la memoria, cuyas huellas marca, con pequeños círculos, en una libreta que su médico de cabecera le ha provisto para señalar cada una de esas pérdidas comprobadas por los recurrentes apagones del olvido… Y míster Holmes le pregunta, en medio del patetismo avizor de su drama: -¿Y qué haré cuando olvide la libreta?

Aunque ya estemos bien adentrados en el sendero irremediable de la vejez, no podemos asociar a este anciano, derrotado por el tiempo y no por sus enemigos delincuentes, con el héroe que nos impulsara, hace más de seis décadas, a procurarnos un parecido sombrero de cazador inglés y una pipa hecha de ramas de coligüe, para vivir las aventuras del notable investigador en ese espacio de los juegos que es la única realidad indesmentible del espíritu.

Pero es posible aún remontarnos a una figura otrora heroica, la de nuestro propio padre, mirado desde abajo, con los ojos del niño temeroso y admirativo, como si atisbase a un semidiós protector y vigilante, de ubicua presencia en medio de los anhelos y necesidades de la infancia. En él contemplamos, con alarma primero, y luego con resignada certeza, el deterioro que moldean, con paciencia inexorable, las manos diligentes y frías de Cronos para el derribo de los pedestales.

Entonces, el miedo aciago de perder la memoria también nos sobresalta. Después de todo, es una bendición que nunca hayamos vestido el disfraz equívoco del héroe. Así, nos será más leve la misericordia del recuerdo.

Edmundo Moure

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