Opinión

Parecidos

Edmundo Moure | 18 de septiembre de 2017

El primero que me lo dijo, hará un año atrás, fue el poeta y amigo Erick Polhammer, mientras caminábamos a nuestro aire por calle Príncipe de Gales.

-Edmundo, cada día te estás pareciendo más a Nicanor Parra.

Me detuve bruscamente y lo reté con la mirada. Los pequeños ojos chispeantes e irónicos de Erick parpadearon, mientras me sonreía, cazurro y complaciente.

-Bueno, rectifico: te pareces al Nicanor de hace cuarenta años, cuando aún encantaba a las féminas con su singular prestancia.

-Es que a mí no me hace ninguna gracia parecerme a don Nicanor.

-Hombre, bien puede valer como elogio.

-No me complace, ni el parecido físico ni el literario, porque nunca fui parriano ni menos sería hoy parrista, como tantos de su abundosa corte e imitadores a la violeta. Admiré la poesía de Parra hasta la Obra Gruesa. De ahí para delante, no me parece la suya una producción extraordinaria, menos todavía sus burdos “artefactos”… Vamos, Erick, sé que mis opiniones desagradarán a muchos de sus prosélitos o fans, pero es lo que pienso. (Tampoco lo encuentro buenmozo; si me apuras, soy más apuesto que él cuando tenía mi edad, pese a no haber tenido ni tener yo tanto éxito con las mujeres).

-Incurres en el tópico de la falsa modestia, Moure… Por lo demás, cualquiera se sentiría halagado de parecerse a Nicanor Parra.

-Dejémoslo hasta aquí… Saludo a Nicanor Parra en su cumpleaños ciento tres, porque esta es su más grande hazaña, que me gustaría muchísimo emular.

Bueno, paciente lector, sucede que al menos una decena de personas, no solo del ámbito literario, sino de diversas ocupaciones y aun estratos, me dicen que me voy pareciendo al hermano de Violeta. En realidad, soy parriano y parrista furibundo, pero de Violeta, a la que profeso un amor y una admiración sin límites, como poeta, cantora popular, genio musical, artesana insigne y luchadora social. Pero a ella, claro, no me parezco en nada… Ahora, esto de las semejanzas y los parecidos, sobre todo físicos, se acerca más a la arbitrariedad que al juicio estético.

-¿Y a quién le gustaría a usted parecerse?

-A nadie… Menos en este país de imitadores, al punto de pretender muchos de ellos “ser el personaje que imitan”, como en un bullado programa televisivo, publicitado a los cuatro vientos: “Yo soy… fulanito famoso tal”… Pero si me apura, le diría que a Fernando Pessoa, el gran poeta luso. Soy de su misma estatura, quizá yo de complexión algo más gruesa, pero si bajara unos cinco kilos de peso, coincidiríamos en el porte. En cuanto a los ojos, tendría yo que dejar caer un poco más los párpados y usar anteojos de montura circular. Lo de la pajarita o corbata de humita, como decimos en Chile, no sería problema, aunque yo proscribí las corbatas, de cualquier tipo, hace más de una década… Conseguir un buen abrigo resultaría más difícil, pero ya encargué dos sombreros de estilo; uno de ellos, bombín, como el que usa Joaquín Sabina.

-Pero, vamos más allá de la apariencia física. ¿A qué escritor en la excelencia de su escritura le gustaría semejarse?

-A Miguel de Cervantes.

-No se anda usted con chicas…

-Un escritor debe perseguir con denuedo parecerse a sí mismo, es decir, encontrar el espejo de su estilo singular en las páginas que escribe cada día. De modo que un lector sagaz (el único lector valedero posible) lea un par de párrafos suyos y advierta la filiación, como quien mira una fotografía o un retrato y exclama: “Sí, es Ramón del Valle-Inclán, qué duda cabe”… Eso pasa, por supuesto, con la escritura distintiva e inimitable de Don Ramón.

-Usted siempre menciona a Valle-Inclán. ¿Es acaso su modelo?

-Sí, en cierto sentido, sobre todo por el paradigma de su existencia, entregada por completo a la literatura, las veinticuatro horas del día.

-¿Y Fernando Pessoa, entonces?

-Me comparo con él porque era, como yo, “tenedor de libros” o contable, y debía ganarse la vida entre números y papeles de comercio. También por su estilo desencantado y su escepticismo a todo trance, amén de la incomparable lucidez de su escritura.

-Usted mismo es bastante escéptico y agnóstico, pero a menudo parece solazarse en lo dionisiaco.

-Es verdad. Debe ser la estirpe gallega, que sabe combinar la saudade o el desasosiego existencial con los placeres hedonísticos, en particular con los de la buena mesa. (No hay metafísica que resista un “pulpo a feira” acompañado de un buen vino ribeiro…).

-Insisto en que tiene usted un aire a Nicanor…

-Espero que alguien me diga: “Vaya, cada día se parece usted más a don Edmundo”. Pero, si bien es cierto que voy camino a la fama, aún no soy tan conocido como el bueno de Nicanor.

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