Opinión

Amarelo de Castro conquista la Nueva Galicia

Amarelo de Castro conquista la Nueva Galicia

Recuerdo sus palabras, pronunciadas en la mañana del 29 de marzo de 1998, mirando desde la terraza de la cabaña donde alojábamos, hacia la extensa ría de Castro, entre las villas de Santiago de Castro y Chonchi:

-Mira, Moure, yo pensé que exagerabas en cuanto al parecido entre este Chiloé que llamas Nueva Galicia y la nuestra del noroeste, pero quedaste corto, en este caso… Hombre, si es como la vieja tierra de nuestros antergos, hace sesenta o setenta años. ¡Qué maravilla!

-Quizá la única diferencia visual sea que aquí las casas son todas de madera, porque no existe el granito en estas comarcas; y aunque lo hubiese, no serviría, porque las moradas de piedra se irían al suelo con los periódicos terremotos…

-Bien escribiste, según me ha dicho Cárdenas: “Si Galicia es una sinfonía a la piedra milenaria, Chiloé es un canto a la rústica madera”.

Cada vez que yo podía, en efecto, le encomiaba esta tierra donde aún se vive con plenitud la cultura de bordemar (beiramar, en Galicia). Es posible que mis palabras hayan cansado a Fernando y él, fino gallego, cambiaba con sutileza la conversación, mientras comíamos en el tercer piso de Casa Camilo, en el otro, en el primero de todos los Santiago… Hasta que un día, aunando esfuerzos con los amigos del Lar Gallego de Valparaíso, gracias a la inestimable colaboración de Sergio Pinto Fernández, hijo de madre coruñesa: Olga Fernández, emigrante porteña y galleguista de alma, es decir, un trozo vivo de Galicia alén mar. Fernando Amarelo viajó a Chile, portando una bella efigie del apóstol Peregrino, tallada en madera por artesanos gallegos. Y a fines de marzo de 1998, atravesamos los 1.250 kilómetros que separan Santiago de la Nueva Extremadura de Santiago de Castro, para cumplir el viejo rito de llevar aquella imagen a la iglesia monumental que hoy los franciscanos administran en la Isla Grande.

Al cruzar el canal que separa a la isla mayor del “archipiélago mágico” del continente, luego de media hora de travesía en el transbordador, recalamos en el villorrio de Chacao. Allí nos esperaba mi buen amigo, Renato Cárdenas Álvarez, poeta, investigador incansable, antropólogo, escritor y maestro de lenguas y botánica insular. Nada más presentarle a Fernando Amarelo, Renato le instó a “tomar posesión en propiedad de la Isla Grande de Chiloé”, lo que nuestro secretario de Emigración hizo como un legítimo adelantado y con la más ancha sonrisa de complacencia, provisto de un improvisado bordón de canelo, el árbol sagrado de la etnia huilliche (gente del Sur) que habitó las islas desplazando a los hábiles canoeros chono... Era, eso sí, un acto cordial, opuesto a cualquier símil de apropiación y despojo, como pudieran suponer algunos suspicaces que analizan la Historia de hace quinientos años con los presupuestos culturales del siglo XXI.

En la tarde del 28 de marzo tuvo lugar la ceremonia oficial de entrega de la efigie, en la plaza de Santiago de Castro, con el marco de más de dos mil chilotes celebrando ese encuentro de dos mundos, abrazo entre confines bajo la batuta de Amarelo, hijo ilustre de Chiloé, tanto por servicio afectuoso como por apellido de histórica prosapia. Las palabras de Fernando, pronunciadas con su voz gruesa y honda, de inconfundible acento gallego, vibraron en la hora vespertina, al compás de una suave brisa que aún no enfriaba el incipiente otoño. Sólo hubo un pequeño error de sintaxis, pues Fernando habló, reiteradamente, de los “chilotas”, alterando el gentilicio al uso, que es “chilote”, quizá como involuntaria reminiscencia o asociación con “chipriota” (natural de Chipre). Pero aquello no fue sino un aditivo para el sabor incomparable del cariñoso discurso. Primero, como apropiado colofón, estallaron los compases de las gaitas y panderetas del conjunto de gaitas y danzas de Lar Gallego de Chile; luego, una banda musical regaló las cadencias, también melancólicas y encendidas de saudade, propias de la música de Chiloé, con guitarras y acordeones, a la usanza de sus símiles de Vigo, como bien apuntara el paisano de Valparaíso, Eligio Rodríguez.

Luego disfrutamos, bajo los frescos soportales de la casa parroquial, un delicioso y aromático “curanto”, suerte de cazuela marinera o cocido que incorpora diversas carnes, pescados y mariscos, produciendo un caldo al que se asigna la probada virtud de “levantar muertos”. Es un plato digno del mejor larpeiro o tragaldabas gallego, sin duda. Los padres franciscanos, rubicundos y sanguíneos, no desmentían las estampas clásicas del clero bien mantenido bajo la máxima: “Que se haga la voluntad de Dios”.

Se sucedieron los brindis y a las doce en punto de la noche, César Cifuentes preparó una gloriosa queimada. (El cronista que esto describe ofició los conjuros en lengua gallega, como bien corresponde, incluyendo en la ígnea exhortación a entes míticos chilotes, como el Trauco la Fiura y la Pincoya).

Al día siguiente, muy temprano, viajamos a la isla de Quinchao –la segunda en tamaño del archipiélago–, para conocer las villas de Achao, Curaco de Vélez y Quinchao. En la localidad de Achao se alza la iglesia más antigua de la Nueva Galicia, levantada por los jesuitas, en 1750. La particularidad de este templo, construido enteramente con madera, es que no posee ningún tipo de clavos ni herrajes, sino sólo ensambles, utilizados con precisión y maestría por los carpinteros de ribera gallegos que vivían en la isla. Cabe recordar que esta iglesia, junto a otras quince de Chiloé, fue declarada Patrimonio de la Humanidad, por la UNESCO, en el año 2000, al igual que la muralla romana de Lugo. Entre estos templos, podemos mencionar: Jesús Nazareno, de Aldechildo; Natividad de María, de Ichuac; San Antonio de Padua, de Vilupulli; Nuestra Señora del Rosario, de Chonchi; Santa María, de Rilán…

Fernando comentó, entonces, la eufonía de los nombres huilliche y su pervivencia, después de casi cinco siglos, junto a los rotundos nombres castellanos. Así, Chiloé –o Chilhué (comarca de gaviotas)– se impuso al de Nueva Galicia. También los chilotes comparten con los gallegos el prurito de nominar lugares pequeños y diseminados, otorgándoles esa autonomía lingüística que acompaña sus identidades, asociada a un sentido de apropiación afectiva, amorosa, pudiéramos decir…

Por estos días en que Fernando Amarelo de Castro ha emprendido su viaje derradeiro, se suceden los homenajes y los encomios, más o menos oficiales, según sea el caso. Para mí, el mérito más importante de nuestro inolvidable amigo fue el de mantener vivo o lume da lareira (el fuego del corazón del hogar) en los territorios de la diáspora gallega, con generosidad y pertinacia, haciendo gala del hospitalario espíritu galaico, ese que mueve a sus hijos más que cualquier otro propósito pedestre (aunque los haya, vamos, entre los afanes de tantos emigrantes desperdigados por la rosa de los vientos), llevándoles a estrechar lazos, a conciliar mundos, a abrazar confines remotos donde las huellas de Galicia perviven, sea en el sueño, en la poesía, en el esfuerzo creador o en la palabra, a través de múltiples fundaciones, a menudo anónimas, pero siempre significativas.

Cuando regresamos de aquel viaje a Chiloé, mientras la enorme barcaza cruzaba las frías aguas del canal de Chacao, flanqueada por juguetones delfines, advertí dos lágrimas que rodaban por las mejillas del amplio y cordial rostro de Fernando Amarelo de Castro…

-Es este viento marino, que se te mete en los ojos –me dijo, sonriendo; su sonrisa tuvo entonces un chisco leve de complicidad.

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