Opinión

Teatralidad: corte y adulones

Mis sueños no caben en tus urnas.París, mayo de 1968Sí, ya sé. Usted dirá: “Penelas no ve nada bien”. No querido lector, no. Hay cosas estupendas, islas, pequeñas islas con hombres íntegros, seres laboriosos, muchachos capaces, jóvenes con talento, creadores de verdad. Los hay, los hay. Siempre los hubo y los seguirá habiendo.
Teatralidad: corte y adulones
Mis sueños no caben en tus urnas.
París, mayo de 1968
Sí, ya sé. Usted dirá: “Penelas no ve nada bien”. No querido lector, no. Hay cosas estupendas, islas, pequeñas islas con hombres íntegros, seres laboriosos, muchachos capaces, jóvenes con talento, creadores de verdad. Los hay, los hay. Siempre los hubo y los seguirá habiendo. Mujeres libres, hombres sensuales, bellas hembras, jóvenes insurrectos. Pero pocos. La mayoría son subnormales. La mayoría son lameculos, chupamedias y obsecuentes. Todo junto. Votan, estudian, se reciben y son todo eso junto. Van a fábricas, son delegados, buenos maridos, padres con gafas. Y son todo eso. Un poco más. Escriben, leen poemas, hablan de Marx, de Lenin y de Mao y son eso. Y un poco peor: se llaman progresistas. Ni siquiera de izquierdas. La culpa, créame, no es mía. Y hay otros, los peores, que se dicen anarquistas y ante ciertas obscenidades miran para otro lado. La conducta de un hombre debe ser hasta el final. Hasta el final. Tengo cerca un ejemplo de vida: Luis Alberto Quesada. Hasta el final, siempre, en todo. Hay otros, pocos más, muy pocos.
No se los quiso escuchar. No se lo quiso escuchar a Herman Schiller ni a Diana Kordon. Importa el clima de obediencia, el entusiasmo, el tótem. Importan las efigies del desprecio y del sarcasmo, la mezquindad, la simbiosis, los monólogos constantes. Debemos aplaudir, debemos abuchear. Sin espina dorsal y revolucionarios, patriotas y progresistas, idealistas con chofer y country. Palermo Hollywood y militantes oficialistas. Aplaudir, abrazar, besar.  Por sobre todo el poder, la verdad, el pensamiento único. Revolución o muerte, venceremos. Y al final reprimen, al final torturan, al final matan.
La mediocridad nos abruma. La cultura de fachada y la cultura de contrafrente nos abruma. Lo cortesano, lo burocrático, termina fatigándonos sin piedad. Sin duda escribir es un privilegio, lo mismo que leer. Además están los burros con mucho dinero que jamás entenderán esto de la cultura o la educación. El gran capital ha transformado a la literatura en algo homogéneo. El gran capital ha comprado la industria editorial en todo el mundo, lo mismo que los medios. No es ninguna novedad. Hay alternativas precarias de todas maneras, válidas, insurgentes. Vivimos una sociedad donde todo se articula en forma de apelaciones, de presuntos prestigios. Y se babean, los lameculos se babean.
Las instituciones están definitivamente cristalizadas, caducas. En Turquía o en Trapalanda. Sobre todo en la República de Trapalanda. Las tribulaciones del sistema son más fáciles de ver, sospecho, que hace cincuenta años.
La masa está ligada al opresor. Es claro, es histórico, es hegeliano. No se ve, desde hace siglos que no se ve. Surge el entusiasmo y el fanatismo por las insignias, por los emblemas, por las banderas. Surgen los gritos a coro. Y altares, simbologías, mistificaciones. No creen en el sometimiento ni le interesa que se les abra los ojos. Prefieren el engaño, la mentira. Prefieren la veneración a la crítica. Detestan que les adviertan, que les tiren ídolos, que les señalen la corrupción, la hipocresía, la vulgaridad del mito. A la masificación nada le pertenece, pero prefiere vivir así, y luego, engañarse con otra cosa. El engaño siempre es un consuelo para la gente. El hombre que lee está siempre solo. Y a veces, para no estarlo busca la adhesión de la masa. Se desintegra en una insignia, en un coro, en el rinoceronte de Ionesco.
Es por esto, entre otras cosas, que la literatura de hoy no tiene cuerpo, no tiene sexo. Es una suerte de populismo, de coptar artistas y lectores, de unificar parcialidades, decadencia, snobismo. Una manera reaccionaria de imponer un discurso donde ya no hay identidad. Diría que son como fragmentos de actos de censura. Hay un criterio agudo de lucro y no se pueden volver atrás. La ambición de ganar dinero rápidamente desbarata o hecha por tierra cualquier cosa que sale de lo convencional.
He leído la Carta apostólica a los responsables de las comunicaciones sociales, firmada por Juan Pablo II el 24 de enero de 2005 y publicada en marzo del mismo año. Está fechada en el Vaticano y dedicada a la memoria de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
Recomiendo su lectura. El siervo de Dios Pablo VI el 4 de diciembre de 1963, en el Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II, Inter mirifica, hablaba ya de los nuevos caminos para comunicar todo tipo de noticias, ideas y doctrinas. Aquí se hablará de Internet, de la comunicación interactiva, del gobierno pastoral, de la importancia de la globalización. En el capítulo 12 expresará el fallecido Juan Pablo II: “Mi predecesor Pío XII, de feliz memoria, al encontrarse con los editores de los periódicos católicos, les decía que algo faltaría en la vida de la Iglesia si no existiese la opinión pública”. Estimado lector, interesante documento. Puede usted sacar conclusiones con los medios oficiales, con la publicidad oficial, con el pensamiento hegemónico, con lo bastardo y ensordecedor de  bombos enlutados. Una vez más, da asco. Y no lo tome a mal. Hay gente buena, hay gente noble. Es tan poca que no se la ve, es cierto.

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