Opinión

Sonidos de vihuelas

| 27 de junio de 2011
Abro el pequeño cuadernillo ‘moleskine’ –legendaria libreta de hojas cuadriculadas de Hemingway, Picasso y Chatwin– y borroneo algunas notas sueltas en este último viaje a la heredad de mis mayores.
No es un diario al viejo uso, son meros recuerdos para que no se hagan olvido en la trastienda de la mente.
“Lunes. Hay ardor tras la ventana límpida del hotel. Cercana percibo la aguja de piedra de la catedral ovetense envuelta en tonos mohínos. En algún lugar se aletargan gorriones. Mañana –Dios mediante–, una vez cruzados los campos pajizos de las dos Castillas, iré al encuentro de la baja Andalucía. Intento disipar, oliendo naranjos y olivos, un furtivo desvelo oculto”.
Conozco la historia tantas veces repetida, pero jamás colmada, a pesar de ser tan mía. Al llegar, se expandirá una brisa chispeante y el aire sabrá a catuesa. En el mesón donde nos quedaremos en Linares, camino de Jaén, una vihuela arrancará a sus cuerdas suspiros de fosforescencia.
Veo, reflejado en el denso aire, mis pasos penetrando al colmado.
Cortos fandangos del sur profundo. Baile en tres por ocho y de ritmo claro. Al trasluz, ella estaba preciosa, era un clavel reventón; centelleaban sus ojos de cobre, y un calor apasionado subía por los pechos y se hacía espuma de sudor fermentado en lagrimones efusivos.
Las cuerdas de la guitarra no hablaban, gemían, mientras el vino en los cálices de barro goteaba hasta convertirse en sangre coagulada.
Ese día comencé a garabatear puñados de cartas con un viento extraño y huracanado en el alma ahuecada. Ella se había hecho mujer. Subiendo promontorios, entre las ramas del cidro que bajaban de la venta, su infancia/niña se perdía, se convertía en calina. A la noche, con los vientos besando su pelo brillante igual a fragua encendida, miraba las estrellas, y yo iba tejiendo hilos con sus senos redondos, sumisos, mientras mi casta, catequizada en leche, se fundía con la suya.
El cante, sempiterno y apacible, con sapiencia a mirtos y jazmines, se embelesó de tal forma que aquella tarde juré que sería mía para siempre. Vano anhelo. El amor, cual brisa neófita de primavera, dura poco.
Después llegaron otras brumas fogosas y bravas, pero ya no serían lo mismo, y aunque uno intenta con ansia aparentar la edad de la mujer que ama, ese anhelo es solamente un deseo furtivo.
Guardo la libretilla ‘moleskine’. La volveré a abrir, si tercia, a finales del verano, cuando comience a sentirse el flamear de los árboles desguarnecidos anunciadores del perdulario otoño de la vida.
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