Opinión

Signos y figuras de origen vasco en Balcarce

Marita di Marco –la rubia balcarceña de los perfumados tilos y de la Plaza Libertad, cerca del Museo ‘Juan Manuel Fangio’– está entusiasmada por la influencia de vascos e italianos en su amada tierra argentina: sus sagrados apellidos ‘Di Marco’ y ‘Beguiristain’.
Signos y figuras de origen vasco en Balcarce
Marita di Marco –la rubia balcarceña de los perfumados tilos y de la Plaza Libertad, cerca del Museo ‘Juan Manuel Fangio’– está entusiasmada por la influencia de vascos e italianos en su amada tierra argentina: sus sagrados apellidos ‘Di Marco’ y ‘Beguiristain’. “Al igual que otras colectividades que se acercaron a distintos puntos del sur de la provincia de Buenos Aires, los vascos también se hicieron presentes en la región en la búsqueda de nuevos horizontes, movidos por el espíritu casi aventurero de conocer, vislumbrar, encontrar otras posibilidades de un futuro mejor para sus vidas, a pesar de lo difícil que fue poder vencer todos los contratiempos que esta tierra les oponía”, leemos en el ‘Especial’ de ‘Historias de vida’, titulado ‘Los vascos en Balcarce’, perteneciente al diario balcarceño La Vanguardia (Periodismo de primera línea).
Los hombres pioneros de estos pagos conformaron familias al casarse con mujeres criollas, quienes esforzadamente contribuyeron a aquella dura labor en aras de la promesa de un más halagüeño porvenir. Según algunos historiadores, Juan de Garay llegó a estos verdes campos de la Pampa húmeda en 1581, el mismo siglo XVI en que tuvieron lugar las dos fundaciones de la ciudad de Buenos Aires. Otros precursores incorporaron a los aborígenes a las novísimas sociedades, tales como el padre jesuita José Cardiell, quien en 1746 fundó, en la geografía de la ‘Laguna de los Padres’, la misión de ‘Nuestra Señora del Pilar’. O bien el jesuita vasco Lorenzo Balda, el cual, en la margen del arroyo ‘Las Brusquitas’, fundó en 1748 la ‘Reducción de los Desamparados’, en la época en que el gobernador de la provincia, José de Andonaegui, era asimismo vasco. Sus anhelos eran frenar al aborigen. Las incursiones, no obstante, no cesaban, por lo que en 1839 el gobierno de Juan Manuel de Rosas creó el denominado ‘partido de Las Loberías’. Hasta allí alcanzaron sus pasos los vascos, o bien de apellidos vascos, con el propósito de instalarse en las nuevas tierras conquistadas. Con enorme ahínco, ya como agricultores, ya como hacendados, trabajaron las gentes de sangre de Euskadi.
Aquel gradual crecimiento de la población pudo verse en escaso tiempo, cuando las casas de material iban intercalándose con las conocidas como de ‘chorizo’, es decir, con techos de paja de junco. Excelentes personajes y notorios trabajos los de, por poner un ejemplo, Don Pablo Zaitegui, fundador en 1905 del diario El Heraldo, el cual causó un trascendental cambio en los mecanismos de impresión, puesto que la vieja minerva a palanca y por presión dio paso a una máquina plana volante. Tampoco convendría dejar de mencionar a Don Ramón Sorondo, quien otorgó una nueva perspectiva a la agricultura agregando técnicas diferentes: con renovadas maquinarias perfeccionó la molienda de trigo. Fue también intendente –esto es, alcalde, en España– municipal. “Todos hicieron algo y mucho. Los vascos de Balcarce dejaron para el futuro la necesidad de dignificar el trabajo, colaboraron con el crecimiento material del vecindario, dieron una sólida base a los aspectos social y moral de la población, imponiendo, de alguna manera, los principios que los caracterizaban”, seguimos leyendo en el diario La Vanguardia de Balcarce, del 22 y 23 de agosto de 2009.

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