Opinión

Rosalía y Gabriela, poetas de la desolación

| 18 de marzo de 2008
“…Negra sombra que me asombra” (Rosalía)

“Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa…” (Gabriela)


Hasta ahora no hay indicios de que Gabriela Mistral haya accedido a la obra poética de Rosalía de Castro, aun cuando Juana de Ibarbouru y Alfonsina Storni –referentes directas de la hija de Elqui– conocieran su poesía esencial; también Victoria Ocampo, con quien Gabriela mantuvo asidua correspondencia… No obstante, hay similitudes notables en el estro vital y estético de las dos grandes creadoras, al punto que sus obras cotejadas nos aportan claves de acercamiento. El denominador común de ambas es la desolación, desamparo del ser ante el mundo, sin paliativos; me atrevería a decir, sin esperanza, salvo aquella fuerza interior que la sensibilidad estética y emocional canaliza en aras de la creatividad, en este caso, lingüística, en auténtico desgarramiento de la palabra, para que ésta quede temblando o fulgurando en sucesivas impotencias, cárcel patética del sentimiento que las desborda y que sólo el arte puede liberar, fugazmente, en el acierto estético.
Rosalía casó a temprana edad con el historiador gallego Manuel Murguía, con quien tuvo cinco hijos… Hay versiones encontradas de su matrimonio; para unos, la poetisa fue apoyada e incentivada por el marido en su actividad creadora; para otros, el esposo habría ejercido permanente actitud autoritaria y castradora, celoso quizá del genio poético de Rosalía que desnudaba sus propias carencias. Estas contradicciones no podrán ya ser desveladas, pero la obra rosaliana contiene signos que constituyen un desafío no resuelto para penetrar en su mundo afectivo, en sus amores truncados –que los tuvo, sin duda–, y le cerraron puertas y ventanas a una felicidad que anheló hasta el fin de sus días, cuando le pide a Gala, a punto de dar el paso postrero: “Abre la ventana que quiero ver el mar…”.
De la infancia de Gabriela se recogen testimonios contrapuestos y desvaídos en el tiempo. Habría sido abusada por su padrastro, hecho que influyó, definitivamente, en su comportamiento con los hombres. Se ha especulado, asimismo, sobre supuestas inclinaciones lesbianas con sus asistentas y secretarias… Del sobrino que adoptó, Yin Yin, se ha dicho que fue hijo suyo, fruto de un amorío secreto… Pero el morbo sensacionalista da para todo, menos para un análisis lúcido de su obra a la luz de una existencia atormentada, que iba a ensombrecerse aún más con el suicidio del sobrino adolescente… No olvidemos que su primer amor, Rogelio Ureta, se quitó la vida en el albor de su juventud, inspirando los primeros versos célebres de Gabriela.
Una década después del pasamento de Gabriela nos enteramos de sus encendidas cartas de amor con el poeta Manuel Magallanes Moure, en furtiva y clandestina relación que, según amigos y conocidos cercanos, no habría llegado a su culminación carnal, aunque el fuego de las palabras y de las imágenes epistolares sugiera una pasión desbocada de alma y cuerpo. La poeta escribió al respecto versos significativos:

Él pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.

¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

La muerte rondó como negra sombra la vida de Rosalía de Castro, arrebatándole a tres de sus hijos… A esas partidas prematuras se sumaron las de aquellos amores difusos –probablemente poetas– que la marcaron con esa espina que lacera más cuando se arranca del corazón que cuando se clava en él (tópico recogido y hecho verso por Antonio Machado)… La queja de Rosalía, no obstante, es menos directa, puesto que su condición civil, en la segunda mitad del siglo XIX, no le permitía certezas verbales ni alusiones específicas. Quizá por ello, su pena resuene más honda:

Sin amar, cal é negra esta vida
e perde o sol o seu brilo,
deixa que o sorbo postreiro
beba do celeste viño.
Din que dorme o privado no leito
ancho dos fondos olvidos;
ambos, pois, xuntos bebamos
deste bosque antre os espiños.

Dicen los psiquiatras que cuando los anhelos no se corporizan en el individuo, el inconsciente los lleva a la sublimación por otras de las múltiples vías del peregrinaje vivencial. Los poetas, las mujeres y los hombres del arte, harán cantar aquellas frustraciones viscerales, sea como elegías o dramas, o como cantigas de desexo e soidade, a la manera de Gómez Chariño o de Martín Codax… Es lo que hacen estas dos grandes poetas nuestras, Rosalía y Gabriela, con la fuerza y la profundidad del genio poético, que es intemporal… Porque la soledad, cuando se hace desolación no tiene rostro ni individualidad posibles:

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.

Rosalía lo expresará de manera muy semejante a Gabriela, separadas ambas por un espacio inalcanzable, como el periplo brumoso de su desesperanza:

Meus pensamentos, ¡cal voás tolos!...
¿A donde vás?
¿A donde? A donde, se eu non o digo,
naide o sabrá.

Meus pensamentos... ¿por que perenes
me atormentás?
¿Por que ís decote, ¡ai!, se a donde ides
naide o sabrá?

Aún es posible, quizá, obtener indicios o huellas concretas de la palabra poética de Rosalía en la obra de la Mistral. El último hallazgo de voluminosos escritos y documentos, recién llegados a Chile desde los Estados Unidos, y hoy en pleno proceso de investigación, renuevan nuestras ilusiones… Seguiremos, pues, indagando en los fascinantes universos poéticos de ambas mujeres, Rosalía y Gabriela, genios de la Tierra Madre…
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