Opinión

El profesor Bernardo Wiszniaki, la Ecología y el MERCOSUR

| 28 de enero de 2008
“El desconocimiento general y la complejidad del tema, obliga a aplicar la Ecología al ideario del MERCOSUR y, por extensión, a la integración sudamericana”, escribe Bernardo Wiszniaki, doctor en Química y experto en Ecología y Medio Ambiente, asesor nacional e internacional de la República Argentina, al inicio del capítulo VII del libro Cara y Cruz de América del Sur –ese enorme desafío ineludible de supervivencia que no es sino la integración iberoamericana–, bajo la dirección del Oficial Superior del Ejército Argentino y Oficial de Estado Mayor, profesor Luis Alberto Pedrazzini Gammalsson, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2006.
Al frente del epígrafe titulado ‘Ecología, recursos naturales, desastres ambientales y espacios vacíos’, el profesor Wiszniaki nos recuerda, mediante la oportuna cita, las palabras del príncipe Maquiavelo: “Cuando se prevén los peligros (y ése es el privilegio de los prudentes) pronto se conjuran, pero, desconociéndolos, se los deja crecer de tal manera, que nadie los advierte y son irremediables”. La Ecología –vocablo derivado de la lengua griega ‘oekos’ cuyo significado es “hogar, lugar” y de ‘logos’, esto es, “estudio”– fue un término empleado por vez primera en 1866 por Ernst Haeckel. Se trata de la más humana de las ciencias, toda vez que no hay especulación o rigor científico que le sea ajena… geografía y filosofía, química y meteorología, termodinámica y física, antropología y biología e historia. Ahora bien, ¿de qué modo podríamos definir la ciencia denominada ‘Ecología’? Aquella que estudia la relación entre los seres vivos de un determinado espacio llamado “hábitat”. En este caso, el propio de las tierras de Sudamérica.
Tal disciplina científica toma cuerpo cuando alrededor de cincuenta naturalistas británicos fundan el 12 de abril de 1913 la ‘British Ecological Society’. Ya en 1942 –merced a los ensayos previos de Vito Vulterra, Vladimir Vernadsky, Artur Tansley y Raymond Linderman– traspasamos el umbral de la Ecología Moderna, la cual curiosamente coincide con el lanzamiento del acuñado ‘Plan Manhattan’. Evoquemos cómo aquel 16 de julio de 1942, en el desierto de Nevada, explotó la primera bomba atómica y la atmósfera se contaminó con “estroncio 90”. Desde ese instante, el carácter irreversible de los daños genéticos inducidos, sin comparación posible con otras catástrofes de la Historia, tanto naturales como tecnológicas, adquirió un gravísimo impacto en la conciencia de la Humanidad. No se trataba de un “problema local” sino que por primera vez un hecho de tales características afectaba a la supervivencia humana.
“La utopía imaginada por Francis Bacon de la alianza entre ciencia y poder –asevera el profesor Wiszniaki– se convertía, de pronto, en el fantasma del holocausto nuclear. Hasta los años ‘60 no se hizo patente que la bomba atómica no era la única amenaza para la vida terrestre”. Recordemos, a título de ejemplo, que en el libro La primavera silenciosa de Rachel Carson se denuncia el efecto letal de los pesticidas, caso del ‘D.D.T.’. Sin olvidar cómo en 1968 el biólogo americano Paul Enrich asimisno desvelaba el peligro de la bomba ‘P’ de población: la proliferación humana –diez mil millones de habitantes para el año 2050– se transformaba, tras la proliferación nuclear, en uno de los motores dentro de la carrera de la Humanidad encaminada a su propia destrucción. Veinte años más tarde, el repertorio de desastres ecológicos, provocados por el hombre, se ha dilatado sin solución de continuidad como trágico marco de la industrialización.
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