Opinión

Nawal El Saadawi, la disidencia, y Marguerite Duras, la sensualidad

| 13 de abril de 2012
“La memoria, como el vino, madura con el tiempo. Las impurezas se sumergen en un profundo olvido. El cuerpo se transforma en mente transparente, y puedo ver cosas a las que antes era ciega”, escribe la activista y feminista egipcia Nawal El Saadawi, quien, nacida en 1931, escribió su autobiografía –titulada La hija de Isis, Ediciones de Bronce, Casa Árabe, Madrid, junio 2008– cuando tenía setenta años. En una conferencia pronunciada en Madrid en 2008 contaba su trabajo con sus alumnas y alumnos: “Tuve que vivir fuera de Egipto y trabajar como profesora invitada en diferentes universidades. Para ello creé un curso nuevo al que titulé ‘Creatividad y disidencia’, en el que dialogo con mis alumnos acerca de cómo descubrir su potencial creativo y de cómo mantenerse firmes frente a la opresión y a la represión”. Por más que su vida estaba amenazada de muerte, Nawal retornó de su exilio en EE UU a El Cairo hace tres años. Al ser preguntada por qué exponerse a semejante peligro, comentaba: “Prefiero que me maten en la calle y morir peleando que quedarme sentada en EE UU o Europa, y morir allí, pero, si muero de un disparo en las calles, al menos tendrá significado”.
“No quiero nada. No espero nada. No le temo a nada –confiesa Nawal El Saadawi–. Por lo tanto, soy libre. Durante nuestra vida, son los deseos, las esperanzas, los miedos los que nos esclavizan”. La anciana escritora egipcia, ante el continuo combate por la libertad de las gentes en su nación, afirma: “Asisto todos los días a las manifestaciones, tengo 80 años y… estoy tan feliz. He soñado con esto”. Así sale a la plaza Tahrir y con su pasión indesmayable, fecunda.
Marguerite Duras, quien naciera en Vietnam en 1914 y falleció en 1906 en París, la autora de la novela El amante había logrado la fama a los setenta años al concedérsele el reconocido Premio francés ‘Goncourt’. Obra literaria elaborada durante cuarenta años de dedicación: veinte novelas, dieciocho películas, catorce piezas teatrales, cuatro ensayos y numerosísimos artículos periodísticos. El país en que nació era en su época de colonia francesa Indochina, a la cual hoy denominamos Vietnam. Instalada en París, combatió en la ‘resistencia’ de su patria frente a la invasión de las tropas alemanas. Periodista en Les Temps Modernes, entró en aquel círculo intelectualmente combativo de esta revista de Simone de Beauvoir y el filósofo Jean-Paul Sartre.
En un ambiente de costumbres a veces tan desaforadas, Duras quedó atrapada por el alcohol, de tal manera que alcanzó graves fronteras patológicas. Durante aquel proceso de desintoxicación, en su compañía fielmente estuvo su amigo y colaborador: Yan Andréa, cuarenta años más joven que ella, quien la llevó al hospital y siguió pacientemente su itinerario de curación. Experiencia relatada por Yan en un bello libro desde su admiración por la narradora, a la que continuó con fidelidad hasta su muerte. Mientras vivía dramáticamente su enfermedad, Marguerite Duras escribió una de sus inolvidables obras: El mal de la muerte. Rozando los setenta años, escribió El amante, en la cual se pone en la piel de aquella adolescente de quince años, que no era sino ella misma. Una familia con una madre en la locura de la desesperación debido a la pobreza, la cólera del hermano mayor y el sacrificio del menor. Una joven –colmada de sensualidad y erotismo– que nos revela su incansable curiosidad y una historia de amor y afán por el placer estimulado por la caricia de la piel, como nos dice Elena Lasheras Pérez en La Agenda de las Mujeres / 2012, ‘horas y Horas’, Madrid, 2011.
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