Opinión

La naturaleza y la ley

Un ejercicio difícil es tratar de describir la experiencia de un terremoto a alguien que no lo ha vivido, por lo demás es lo que pasa, seguramente, con casi todas las experiencias límites. Sin embargo, hay muchos que han tratado y han realizado este ejercicio, entre otros Mary Graham y Charles Darwin han descrito el horror que fue para ellos vivir un terremoto en Chile.
La naturaleza y la ley
Un ejercicio difícil es tratar de describir la experiencia de un terremoto a alguien que no lo ha vivido, por lo demás es lo que pasa, seguramente, con casi todas las experiencias límites. Sin embargo, hay muchos que han tratado y han realizado este ejercicio, entre otros Mary Graham y Charles Darwin han descrito el horror que fue para ellos vivir un terremoto en Chile. Remito a esos escritores pues hacen mejor que cualquiera la descripción del fenómeno en cuestión.
Las fuerzas de la naturaleza absolutamente desatadas; la energía terrestre y subterránea a su arbitrio; las olas del mar monstruosas e ilimitadas, es decir, todo aquello que diríamos, según Kant, es lo contrario a lo sublime, pues la condición para poder apreciar lo sublime en la naturaleza es que estemos en un lugar seguro o que nos podamos sentir seguros para poder contemplar, por ejemplo, una tempestad. Este viso de racionalidad para la contemplación de lo enorme o inmenso, esta perspectiva es lo que está ausente en la experiencia de un terremoto y maremoto de grandes proporciones como el que hemos vivido: frente a esa situación no hay lugar seguro. Y ante nuestro horror, una especie de ilimitación se nos impone: nada obedece al orden ni voluntad ni racionalidad humanas. Es el caos. El lugar del monstruo. Lo desconocido.
Ya han pasado cinco días, se está y se estará un buen tiempo en lo inmediato. Así debe ser. Sin embargo, eso no impide y es inevitable que podamos pensar en mejorar como seres humanos. Por último, nos deja que pensar.
Einstein decía que había dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Si bien es cierto que vivimos en un país donde la naturaleza es extremadamente activa, por decirlo de alguna manera, y siempre está presente condicionándonos, y, querámoslo o no, nos “desordena”, esa no es razón para pensar, desear, o actuar olvidando las leyes humanas que tanto nos ha costado instaurar en los periodos de la historia. Pudiese pasar que una le encuentra algún sentido a la desesperación, el punto es que los primates que vimos robando y asaltando no eran precisamente los desesperados de la Isla Juan Fernández, por ejemplo. Hay aquí un fenómeno que no sólo da para pensar sino para acusar. Los que se veían por la tevé robando y asaltando son los mismos que uno ve atropellando en sus 4x4 en las calles a quien se ponga por delante, y, los mismos que en las oficinas, desde los ‘cuescos cabrera’ (1) ya olvidados, han sido capaces de pasar por arriba de sus madres (si es que aún no las habían vendido) con tal de obtener algo de “éxito” y escalar social y económicamente. Son los mismos que hicieron los edificios de departamentos de 60 a 100 millones de pesos que hoy se caen. Es un tipo humano chileno que esta sociedad creó y alimentó; no son los pobres, no son los ricos. Es el ‘picante’ (2) que llega bien vestido en su 4x4 y no respeta la cola, ni da los buenos días al guardia ni al cajero ni a nadie, porque pasó de un día para otro de una casa pareada a un condominio, lo que no tendría nada de malo si hubiese pasado por una familia o grupo social en donde le hubiesen inculcado ciertos compromisos y valores de decencia que no tienen que ver con tener o no tener plata. Es el ‘flaite’ (3) que de tanto andar con los pantalones mostrando el culo se sintió con el derecho a robar en compañía de su hijo, total entre que le veamos los calzoncillos, se tire un flato, ponga la radio a todo volumen o le pegue a sus compañeros o profesor en el colegio, no hay mucha o ninguna diferencia. No afirmo que toda la sociedad chilena esté compuesta ahora por este tipo humano… pero desgraciadamente hay que admitir que, sobre todo en Santiago, y en las grandes ciudades, hacen nata. Es el Frankestein nacido de la dictadura y la democracia.
Por otra parte, no sólo es ominoso el saqueo y robo que hemos visto en medio de la catástrofe y desolación sino también el que tengan que ser los militares, a punta de tanqueta y metralla, los que impongan un poco de orden. Si nos creemos los ingleses o suizos de América, la pregunta es por qué no pudimos hacer respetar la ley y resguardar el orden. (Tal vez por la misma razón por la que los padres delegan en los colegios y profesores la educación de sus hijos).
Me parece que uno de los aprendizajes que habría que hacer es que cada uno de nosotros es la ley, y que la ley es lo que nos permite ir siendo más humanos aún en nuestra condición de mamíferos, es decir, precisamente por eso es la ley tan valiosa e importante: cuando toda la naturaleza es caos y desorden ahí estamos nosotros para intentar el orden, la racionalidad, no para sumirnos junto con la naturaleza y hundirnos en la muerte y la destrucción.
Los chilenos somos volcanes, desierto, terremotos, maremotos, pero también somos parte de la gran comunidad de seres humanos que hemos inventado la ley como única forma responsable y racional de convivencia, como única forma de salir de la caverna, e ir asumiendo los acuerdos que nos permiten reprimir al primate que está en nuestros genes. Somos parte de la naturaleza, quien lo duda, pero también poseemos esa chispa de racionalidad que nos permite o debiera permitir actuar responsable y civilizadamente.

(1) ‘Cuescos Cabrera’: Denominación que se daba en Chile, en los años 80, a los ejecutivos de empresa jóvenes o ‘nuevos ricos’, vástagos del modelo neoliberal de la Escuela de Chicago.
(2) ‘Picante’: ordinario, zafio, maleducado.
(3) ‘Flaite’: individuo vulgar de la actual generación, entre 15 y 25 años de edad, característico por sus modales desaliñados y su indumentaria de mal gusto.

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