Opinión

La cruzada y la disculpa

| 27 de mayo de 2013

En 2009, ante el empeño de EE UU por imponer y mantener su base militar en Ecuador, el presidente Rafael Correa envío una carta a Bush en la que reclamaba un terreno en Miami y todos los permisos pertinentes para instalar una base militar ecuatoriana en suelo estadounidense. Como a los norteamericanos les pareció disparatado semejante arranque de sentido común y soberanía nacional, sus militares tuvieron que abandonar el territorio de los ecuatorianos, y desde entonces los gobiernos de Bush y Obama no han dejado hacer campañas sucias contra Rafael Correa y su pueblo. Porque se limitó a denunciar unos hechos que en los países súbditos del imperio se consideran ‘normales’. Si abrimos los ojos con la misma objetividad veremos que lo que hace ‘nuestro bando’ contra el mundo musulmán (religión con la que comparto la misma distancia racional que con el cristianismo, aunque esta última es la que me bombardea con actos públicos de exaltación del dolor y la muerte) es aterrador. La historiografía actual empieza a publicar sin censuras las atrocidades y caprichos cometidos por los líderes cristianos en las Cruzadas, un capricho fanático en sí mismo, precisamente en un momento histórico en el que los reinos árabes estaban más avanzados y ‘civilizados’ que los cristianos. El cristianismo, con el tiempo, no se domesticó solo sino con el sacrificio de los ‘mártires’ que en Europa pusieron en duda el hecho religioso a través de la Razón y fueron perseguidos por su falta de fe. Ese empeño de la Razón ante lo sobrenatural es uno de los pocos logros que Europa dio al mundo sin sangre, como cuando el marqués de Pombal –en un momento hermoso de la historia universal– se impuso al fanatismo religioso para dar al pueblo de Lisboa y a la arquitectura mundial una ciudad nueva tras el terremoto del siglo XVIII. Lo que más nos ha costado a los humanos a lo largo de la historia –por eso despreciamos el cambio climático– es acudir a las causas profundas de sus problemas, comprender que muy pocos acontecimientos históricos –Darwin es una consecuencia de su abuelo Erasmus, pionero evolucionista– son espontáneos, son una consecuencia. Por eso debemos acudir a las raíces de las relaciones entre Oriente y Occidente, tomar perspectiva y ver qué hemos hecho a lo largo de la historia y qué seguimos haciendo hoy, invadiendo países con ejércitos o con mercenarios. A lo mejor, en lugar de una nueva cruzada reflexionamos sobre la necesidad de una disculpa y la reconciliación.

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