Opinión

Hermenegildo Sábat

| 04 de junio de 2010
No es cosa de todos los días llegar a convertirse en un gran artista popular. Y mucho menos alcanzar a serlo sin dejar de ser un gran artista. Hace ya mucho tiempo que nuestras mañanas se han acostumbrado a despabilarse y a emocionarse con una muestra cotidiana de inteligencia, agudeza, buen gusto y sensibilidad. Porque, como es harti evidente, las caricaturas políticas que Hermenegildo ‘Menchi’ Sábat publica todos los días, desde hace muchos años, en el más difundido matutino de la Argentina, van mucho más allá de lo que es habitual en el género y, al mismo tiempo, se inscriben en una magnífica tradición, para muchos nunca imaginada, donde podrían mencionarse desde Daumier hasta Steinberg.
Que en estos tiempos de por lo general difundido silencio cuando no encarnizado menosprecio por las manifestaciones más altas del espíritu, un artista tan agudo y en gran medida inocente haya conseguido no sólo ser escuchado con tanta amplitud, sino también que haya logrado hacerlo sin traicionarse a sí mismo en lo más mínimo, resulta al mismo tiempo un paradigma y un orgullo.
Claro es que todo ello no resulta sorpresa alguna para los muchos que ya conocíamos no sólo la alta dignidad estética sino también humana de este artista ejemplar que, me consta, tanto se enorgullece de tratar de ser entera y cabalmente un ciudadano. Y un ciudadano y un artista que ha desarrollado al mismo tiempo, y con la misma integridad y exigencia en diferentes dominios una labor creadora, docente y de difusión que resultan por tantos motivos igualmente notables.
Es algo de lo cual no queríamos dejar de apropiarnos y, al mismo tiempo, de poner con la mayor amplitud posible al alcance de muchos, que ahora sí podrán estar en condiciones de saber, por experiencia propia, a qué se debe que ese señor serio y reconcentrado pero siempre amable y puntilloso con el cual pueden llegar a cruzarse en nuestras calles sea, por tantos motivos que saltan a la vista, nada menos que todo un artista. Y, como buen rioplatense, un antiguo vecino de Buenos Aires nacido en la otra orilla, nuestro hermano Uruguay.
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