Opinión

Estados Unidos y la ‘diplomacia callada’ de las políticas europeas

| 05 de agosto de 2008
“Jimmy Carter y sus aliados en el Congreso no inventaron los derechos humanos –a juicio del ensayista argentino Juan E. Méndez, miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA (2000-2003) y su Presidente en 2002–, pero encontraron una manera práctica de hacerlos parte de la política exterior”. Por aquellos años los otros actores del escenario internacional exhibieron reacciones polémicas. De una parte, Naciones Unidas y la OEA hallaron una senda más idónea a fin de que sus órganos especializados desplegasen sus decisiones más certeramente. Así podemos comprobarlo mediante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuya respetabilidad se acrecentó fehacientemente durante esa época, apoyando la entrada en vigor de la Convención Americana sobre Derechos Humanos al igual que la creación de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
De este modo los mecanismos de protección universales y regionales fueron susceptibles de desarrollarse con significados de independencia e imparcialidad, aumentando progresivamente en su poder relevante. No conviene olvidar, empero, que los países de la órbita capitalista manifestaron al principio una reacción precavida en cuanto a condicionalidad y sanciones, acerca de las cuales estimaron alejarse de Estados Unidos. “Sus intervenciones en materia de derechos humanos se inscribieron en general en la acuñada ‘diplomacia callada’ o, a lo sumo, en declaraciones tibias de preocupación por las violaciones de derechos humanos en otros países”, señala el profesor argentino Juan E. Méndez en la Revista ‘Res Diplomatica’ (RD), Buenos Aires, diciembre de 2007.
Los países de Europa –tiempo después, en los comienzos de Ronald Reagan al frente de su gobierno, en pro de lo que semejaba una revisión a ultranza de las políticas de derechos humanos– empezaron a desarrollar una “política propia de derechos humanos, canalizada en gran medida a través de los órganos de la Comunidad Europea, pero también con principios propios en el ámbito bilateral”. Transcurridos los años, tal política ha sido más coherente y estable, aun cuando, si hemos de ser fieles a la realidad, haya revelado no pocas contradicciones y ambigüedades: la venta de armas, digamos a título de ejemplo, continúa mostrándose como una sección destacada del comercio exterior de muchos países europeos.
Sería necesario indicar que la presencia militar europea en otros continentes es poca, parangonándola con la norteamericana, de manera que sus propuestas se hallan, por lo general, libres de la sospecha de que aniden objetivos más agresivos. Las denominadas “políticas europeas” buscan, en términos generales, la creación de una “cultura” de respeto a la dignidad humana. Expresan una querencia por fortalecer organizaciones independientes de la sociedad civil. Están carentes de eficacia, no obstante, a la hora de la resolución de cuestiones inmediatas de derechos humanos, tales como la persecución de activistas, la urgencia de impedir la tortura y las masacres y las ejecuciones extrajudiciales, contribuyendo así al aislamiento de un régimen de carácter tiránico.
“En lugar de despolitizar el tema de los derechos humanos –subraya el profesor Juan E. Méndez– los países socialistas lo redujeron a la esfera de la competencia ideológica”.
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