Opinión

Ecología e integración en Sudamérica

| 11 de febrero de 2008
La integración sudamericana no ha de ser, a nuestro criterio, tan sólo un fenómeno económico sino también educativo y cultural, de aprovechamiento tecnológico y de reducción de la pobreza, de seguridad y defensa así como de conjuntado esmero del unánimemente rotulado “medio ambiente”. Remitiéndonos al epígrafe titulado ‘Ecología e integración’ –cuyo estudio corresponde a Jean P. Delèagn en su libro Historia de la Ecología, Edit. Nordam Comunidad, Montevideo, 1993–, aquella utopía imaginada por Francis Bacon, la de la alianza entre ciencia y poder, se transformaría de inmediato en el fantasma del holocausto nuclear. Así nos lo recuerda el doctor en Química, argentino, Bernardo Wiszniaki, en el capítulo VII de la magna obra dirigida por el ensayista y Oficial de Estado Mayor Luis Alberto Pedrazzini Gammalsson que responde al marbete de Cara y Cruz de América del Sur, Edit. Dunken, Buenos Aires, 2006.
No conviene olvidar que América del Sur alberga la mayor reserva de biodiversidad del mundo, la cual ha de ser dirigida, cuidada y aprovechada por los estados independizados de España y Portugal, demarcados por el denominado Uti Posidetis y por la incorporación de una inmigración que el Just Soli permitió asimilarlos, ofreciéndonos de este modo sus brazos e inteligencia debido a la unión con el nativo en el trabajo y la creatividad. Sudamérica o Iberoamérica es patrimonio de las naciones reunidas bajo el signo del idioma en el Continente, por lo que deberá protegerse de la voracidad mercantilista, política y económica, propia o ajena a los territorios. “América para la Humanidad”, señaló en su tiempo el ilustre argentino Roque Sáenz Peña. Innumerables bosques y ríos, lagos y mares, reservas acuíferas de enormes proporciones constituyen filones para empresas multinacionales, Organizaciones no Gubernamentales, grupos “fundamentalistas”, narcoterroristas y países carentes de tales riquezas. Digamos que el subdesarrollo ha sido una, por decirlo así, “deriva” del empobrecimiento de los “ecosistemas” y el comienzo en determinadas regiones de una llamada “Crisis de Tijera” duradera entre la disminución de los recursos naturales y la explosión demográfica.
Detengámonos, por ejemplo, en el crecimiento numérico de las etnias que llevan a término la agricultura itinerante en los bosques tropicales –denominados en Brasil “los sin tierra”–, que ha provocado el desequilibrio que origina ese modo de agricultura: donde otrora un barbecho duraba cincuenta años, hoy no sobrepasa los quince años, en tanto que la actividad de las empresas madereras en los bosques lluviosos de la zona intertropical proseguirá bajo un creciente y apocalíptico “ciclo de deforestación”. He ahí la realidad en sus puros huesos: Brasil ha perdido de hecho la mitad de su superficie forestal anterior a la colonización europea.
Resulta dramático constatar que a la degradación de la superficie forestal en Brasil –la de tipo antiguo– se le añaden las lacerantes entregas de la modernización al igual que el factor más activo de la “degradación ecológica”, que no es sino la extensión de la frontera agrícola-ganadera a costa de la frontera forestal. Y al cabo, ¿qué concluir, si a ello agregamos la proliferación del monocultivo y el despilfarro de la variabilidad genética? La expansión de la máxima pobreza enlaza con la creciente vulnerabilidad de los riesgos ecológicos.
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