Opinión

La diosa Deméter, la risa y la vejez de las mujeres

| 03 de mayo de 2012
“En la risa compartida se percibe que las mujeres son fuertes y también vulnerables, cuando hacen comentarios procaces y reaccionan con la risa, reconocen su sexualidad y su experiencia sexual –escribe Elena Lasheras Pérez en La Agenda de las Mujeres. Viejas y libres, 2012–, Editorial ‘horas y Horas’, San Cristóbal, 17, Madrid, 2011–. También riendo revelan los hábitos, impaciencias y torpezas sexuales de los hombres. Ésta es una de las cosas que ellos más temen, la risa de las mujeres”.
¿Cómo era “La rica de Deméter”, la diosa de los campos y los frutos de la Madre Naturaleza? La diosa vagaba por la tierra disfrazada de anciana, profundamente doliente debido a la pérdida de su hija Perséfone que había sido raptada por Hades, el dios del Mundo de los Muertos. Ella, la diosa de las cosechas –abatida en la oscuridad y la amargura– despojó a la tierra de su fertilidad, de modo que la Humanidad se estaba muriendo de hambre. En su vagabundaje Deméter alcanzó los parajes del santuario de Eleusis, donde, rodeándola, las mujeres le ofrecieron un diván para reposar así como el más exquisito vino. Mas ella sólo aceptó una silla normal, conservando su atribulado silencio, hasta que Baubo, una vieja criada, a causa de sus picantes chistes, la hizo sonreir. Al percatarse de ello, Baubo danzó con locura, y, alzando sus faldas, exhibió su vulva a la diosa, quien empezó a reir con las demás, sujetándose el vientre hasta que se les humedecieron los ojos de tanto reir y reir. Y así renació la Primavera. Cuando Baubo se levantó la falda en son de burla –como nos narra el mito griego– su atrevido gesto provocó la risa. Existía, no obstante, algo más hondo: el recordatorio de una “era matriarcal” antiquísima en la que la región púbica de la diosa significaba “la puerta sagrada” de donde provenía la vida. El sacro símbolo del poder femenino: el “Yoni”.
Hélène Cixous, la escritora argelina, nacida en 1937, escribe en su libro Deseo de Escritura, Editorial ‘Reverso’, un texto sobrecogedor titulado ‘Mi madre, yo misma’, cuando tenía 64 años, en el año 1999. Amorosas y verdaderas palabras. “Cada año digo que ella envejece, me digo –leemos emocionadamente–. No sabemos cuándo comenzó todo eso, esa época, cuándo exactamente entramos en ella, si entramos juntas o por separado, pero, sin duda alguna, estamos ahí, estamos en la casa con la muerte. De vez en cuando empezamos por decir: no hay que hablar de eso, o no quiero hablar, y hablamos de eso inmediatamente después, hablamos de ella, y cada año, observaba, andamos con menos remilgos sobre todo mi madre, incluso yo misma”.
“Es un crimen contra nuestra naturaleza no vivir toda nuestra vida y, a veces, lo cometemos, dice mi madre –prosigue Hélène Cixous–. Confiesa: ayer por la mañana a las ocho tontamente casi me enterré a mí misma. Mi collar no se podía encontrar, que lo tengo desde hace cincuenta años era un agravante. No te lo dije cuando llamaste a las nueve, no alardearé de mi vejez por teléfono, me quedé sola con mi vergüenza. Removí todo el piso. Pasan las horas. La preocupación aumenta. La vejez empieza. Busco el collar entre mis ideas cada vez más mórbidas, completamente exóticas, las hay que pierden el collar, luego la cabeza”. Y agrega: “Encuentro ese collar estirado como una serpiente en el cuarto de baño. De mi cara sube la cara siguiente, mi cara de vejez para cuando la vieja ya no sea ella sino yo”.
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