Opinión

Dientes y cabellos

| 16 de agosto de 2010
En un ensayo agrupado en el volumen “América”, Norman Mailer narra cómo por vez primera en la historia de la civilización –tal vez única ocasión en la historia misma–, en una guerra, la Segunda Mundial, se hizo recuento estadístico de toneladas de dientes y cabellos arrancados a hombres, mujer y niños desamparados. Era la simbología que el escritor hacía del Holocausto.
El autor de “La canción del verdugo”, se había dado cuenta de que el humanismo europeo iba perdiendo la memoria de sus tragedias recientes.
Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz y errante de su propio pasado, exclamaba empujando la conjunción de cada palabra: “Yo formo parte de una raza –la judía– que es el pueblo de la memoria. He vivido un período que me exige fidelidad a la reminiscencia. Tenemos derecho a tener recuerdos, a ser fieles a ellos. Si no, desaparecen”.
Se daba cuenta de que comenzaba a ser el último de los guardianes del recuerdo más atroz del pasado siglo.
Han transcurrido 70 años, y es como si el dolor cuajado sobre seis millones de almas fuera un cuadro de Chagall visto al trasluz de una débil palmatoria.
El campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y el resto de los repartidos en la Europa central, no son una metáfora de cierto gas mortal, azulino y diáfano igual al aleteo incorpóreo de un ángel.
No olvidar es una vacuna contra el resentimiento. El Holocausto, esa tierra de los sepulcros, debe estar presente en nuestra mirada perennemente para que el sufrimiento producido impida el regreso del racismo y antisemitismo feroz. No será fácil dada la fragilidad humana y su predisposición al odio, pero habrá que intentarlo una y millones de veces. Siempre, hasta el fin de los tiempos.
La masacre no germinó partiendo de la idea malsana de un maniático: para que fuera posible, el rencor estuvo incubándose y creciendo ante la ceguera de muchos y la indiferencia de los más.
En “El olvido”, la oración de Elhanan, el anciano profesor implora: “Dios de Auschwitz, comprende que debo acordarme de Auschwitz. Y que debo recordártelo. Dios de Treblinka, haz que la evocación de ese nombre continúe haciéndome temblar. Dios de Belzec, déjame llorar sobre las víctimas de Belzec”.
El fanatismo es contagioso, va de una parte del cuerpo a otra, de un ser a otro. No nos damos cuenta del terrible peligro que encierra hasta no verlo desangrado ante nuestro ojos.
Debemos desear el no regreso de aquellos días en que se arrancaban dientes y cabellos a víctimas de holocaustos, barrios de expatriados o gulags.
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